Alternativas al fracaso

2015-01-01 23.45.19

Regentar una pequeña tienda de mapas en Stirling o pasear una mañana -como pudiera ser esta misma- por un puente de Brujas, con una bolsa de papel marrón llena de vegetales que acabaría de comprar en la pequeña tienda de la Sra. Goederieck para dar de comer a los nuestros. Ser profesor de música de niños pequeños en el conservatorio municipal de Kendal, Cumbria, o alfareros con taller propio en Tívoli creando souvenirs de recuerdo para que Nelly se los vendiera a sus comensales post-porchetta.

Especializarnos en steak tartar en una tasca bohemia en el callejón del oro de Praga, viendo cada día la casa de Kafka o arreglar bicis en Bonn, sintiendo a Beethoven cerca en la sordera de tu insomnio de cada noche. Una tienda de discos usados en lo más usado de Reims, una pequeña galería de ilustradores emergentes en el Chelsea neoyorquino o un bar al estilo Vallecas en el corazón del Soho. Así, para tocar un poco las pelotas.

Vender vino español en una boutique de Height-Ashbury en San Francisco o montar un pequeño estudio de diseño en la frontera holandesa de Westfalia, digamos Venray. Arquitectos hipersoberbios en San Telmo, músicos callejeros en Copenhague, padres de cuatro niñas en un barrio residencial de Boston, traductores de español en Saint John’s Wood que además nos permitiera ser paseantes de fin de semana bajo la lluvia azul de Regent’s Park. No deseo una resaca más de domingo a la deriva en Bloomsbury. Mejor así.

Escribir relatos negros en Estocolmo, vender magdalenas muy pequeñas en Mont Martre en un local donde además habría dormido –diría la leyenda- Scott Fitzgerald en su noche más lúcida. Aprendices de Justo Algaba, areneros de la México, editores de cuentos infantiles en Breda, doctorandos de latín en Oxford, arreglar cámaras de fotos en el puerto de Saint Tropez, vigilar una sala de fotografía de gran formato en Venecia.

Aprendices de sombrereros en las afueras de Dublín, entre el verde de los montes y el negro Guiness de la noche o ayudantes en un establo del hipódromo de Montecarlo, susurrando a los caballos y a la luz blanco-ostra de la vida de la costa azul, de modo permanente. Enseñar arte en la escuela de Oslo, ser corresponsales de Le Figaro en Roma, con sede en Trastévere, cronistas del diario oficial de la lonja de Amberes o críticos culturales en el Manchester Evening News.

Lo que sea, pero fuera de una vez de la vulgaridad autoimpuesta, de la mediocridad que conlleva el miedo, del delirio global de la seguridad, de la soledad que trae consigo el caos y de la frustración como base sobre la que hemos decidido encarar la vida. No puedo soportarlo ni un día más. Y no tenemos porqué hacerlo.

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