Felisa y Eliseo

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Me los he encontrado de casualidad y me tienen hipnotizado. No puedo levantar la vista, no puedo cerrar la ventana por si los pierdo. Sólo puedo pensar en estos dos orejeros. Son dos orejeros feos. No es uno ni son tres. Son dos y están juntos, mirando a algún lugar que supongo una tele. Son verdaderamente feos, pero su fealdad no es repugnante sino melancólica. Ese terciopelo me hace llorar de pena, esa suavidad me produce ternura. Soy capaz de olerlos. Imagino la temperatura tibia de su superficie. Esos dos orejeros son el final de un cuento, el resultado de una historia.

Tanta fealdad y tan bien cuidada me lleva a pensar en las dos personas que lo han habitado, que los han vivido. Eran, seguro, ya dos ancianos. Pareja. Ella, digamos que Felisa. Se ha pasado media vida cuidando la tapicería, quitando manchas indeseadas de café, migas de pasta y restos de nueces. Eliminando polvo y pelusas de los flecos de la parte baja. Esos flecos están milagrosamente limpios, diría que antes de irse lo último que hizo fue atusarlos. Estoy casi seguro de que Felisa se sentaba en el de la derecha según miras; más cerca de la cocina, más cerca del mando a distancia. Así, al levantarse en los anuncios, no le despertaría a él, digamos que Eliseo. Un meticuloso ebanista que acabó sordo por el ruido de la sierra. De hecho creo que fue el propio Eliseo quien hizo los orejeros aprovechando un encargo que le dejaron sin pagar. Luego, un amigo se los tapizó como decidió Felisa. Mucho más barato. Mucho mejor.

Con lo que se ahorraron pusieron el suelo. Azulejo, que se limpia mejor y es más fresco. Esta casa es del sur, tiene que ser del sur. De hecho veo que es Villarta de San Juan, Ciudad Real. Tres mil habitantes a la orilla del río Manzanares, reza wikipedia. El azulejo es casi tan feo como los orejeros, pero se nota una cierta homogeneidad estilística, no hay evolución en los matices. Eliseo y Felisa eran dos personas coherentes, al pan pan y al vino vino. Él aprendió el oficio de su padre. Ella, de su madre. Ambos han sacado adelante a cuatro hijos, el mayor de ellos militar en Melilla. La pequeña profesora de música.

Miro los orejeros y veo mi infancia. Estos orejeros me han llegado a lo más hondo porque estos orejeros son una parte de España que se está yendo y que jamás volverá. Una parte de vida que se me había olvidado haber vivido. Me veo sentado en él, encima de mi abuelo, sobre el tembleque de su parkinson. Espero que Felisa esté bien en la residencia ahora que Eliseo ha fallecido. No tenía mucho sentido vender solo un orejero. «Mejor vendemos los dos y nos los quitamos de encima», piensa Gloria, la mayor de las chicas. «Lo ponemos en internet, que alguien lo querrá», según Alfonso, el hijo que faltaba, que es abogado en Jaen. «Y si no, para hacer leña».

En esos dos orejeros han pasado media vida dos buenas personas. Están muy juntos entre sí, porque Eliseo y Felisa se querían mucho. Siempre que veían la tele, ella le acariciaba a él con un dedo la palma de la mano, por debajo, sutilmente. En esos sillones laten dos corazones. Tres, con el mío. Están en buen estado, no tiene rotos ni manchas y son cómodos. Uno 30€, los dos por 50€.

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