¿Quienes son los tuyos?

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Un amigo argentino me dijo un día que mis abuelos –creo que se refería a mis antepasados en general- habían matado a los suyos. Yo le dije que mis abuelos estaban aquí, y mis bisabuelos también y que jamás salieron de España a nada y que no tenía ningún antepasado conquistador que hubiera estado en América, si es a eso a lo que se refería. Sin embargo, a la vista de sus rasgos -más europeos que los de Angela Merkel- sus abuelos sí que habían ido de España a América porque él no era precisamente un nativo americano. Así que quizá los “asesinos de indios” eran sus abuelos y no los míos. Era él el descendiente de los supuestos genocidas y no yo.

Funciona también al revés. Los libertadores de las indias, los hombres que “liberaron” a los países americanos de los españoles fueron…españoles. Bolívar pertenece a una familia vizcaína que llevaba en Caracas apenas siglo y medio. Parecido ocurre con San Martín en Argentina, en este caso más español si cabe. En todos los casos, por cierto, con resultado similar: una élite es expulsada por otra élite para ocupar su lugar. Lo único que cambia luego es el número de cuenta corriente a la que entra la pasta, el pueblo sigue igual de jodido. Ahora, la historia se repite: el nacionalismo catalán se sirve de gente del resto de España para montar riadas independentistas por la Diagonal. Los hijos de extremeños, de andaluces y de castellanos se hacen independentistas y claman contra España, contra ellos mismos, contra su sangre, contra su familia, contra la historia que sus ancestros construyeron junto a los ancestros de los catalanes. En este caso, las cuentas corrientes que buscamos están en Andorra, por cierto.

Otro amigo hablaba recientemente de “los moros” como de algo externo. “Cuando nos conquistaron los moros”, “(…) nosotros, los castellanos, reconquistamos la península”, y demás. Me causó asombro esa identificación que sentía alguien -con un físico similar al de Boabdil- con los reinos visigodos del centro de la península en el siglo VI, recién llegados del centro de Europa, preferiblemente del valle del Rhin por el mero hecho de ser él cristiano ahora. Mi amigo no se daba cuenta de varias cosas. A saber; primero, entonces había personas de diferentes credos, pero eran todos igual de españoles o igual de poco españoles (no existía España, deberíamos hablar más bien de las Coronas de Castilla, de Aragón, de Granada, etc. y de hecho según la fecha, ni si quiera eso).

Segundo; en cualquier caso, aunque muchos se quedaron, estuvieron aquí “oficialmente” ocho siglos, que es más tiempo del que ha pasado desde que les echaron hasta ahora, es decir, muchísimo tiempo. Estados Unidos, sin ir más lejos, tiene poco más de dos siglos como nación y si se plantearan echar a los que llevan menos de ocho siglos en Nueva York no se quedan ni los Arapahoes, que por cierto eran de la zona de Colorado, Wikipedia mediante. Si tuviéramos que echar de aquí a todos los descendientes de conversos, no quedábamos ni uno. Somos hijos de todos, somos hijos de la Historia.

Tercero; dudo que exista nadie en España que no tenga sangre árabe o judía. Y visigoda y francesa y romana y griega y etrusca y fenicia y celta y vete a saber. Cuando habla mi amigo de “los moros nos invadieron” no se da cuenta de que entre ellos estaban sus “tatarabuelos”, aquellos sin los cuales él no estaría vivo, aquellos a los que debe la existencia. Lo que debería decir entonces es “parte de nuestros antepasados entraron en la península durante el siglo VIII”. Cuando dice “los castellanos perdimos en La Janda” debe decir, “parte nuestros antepasados perdieron la batalla de Guadalete”. Y parte, la ganaron, añado yo.

Pasa con todo, así que no construyamos nuestra identidad sobre la base de la negación de las demás identidades, ni sobre la base de una supuesta genética o herencia histórica porque en tus venas corre todo tipo de sangre, de asesinos, de valientes, de cobardes, de Asia, de África y de América, de cristianos y de judíos, de buenos y de malos, de negros y de blancos. Así que no preguntes quienes son los tuyos en el campo de batalla porque a lo mejor te llevas una sorpresa y te das cuenta que los tuyos, querido amigo, los tienes enfrente.

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