Aviones

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Aunque todos los aeropuertos del mundo son en realidad el mismo, su aspecto suele cambiar varias veces en el mismo día. Un aeropuerto a las doce de la mañana es la high street de una ciudad del medio oeste americano, pero a las cuatro de la madrugada el ambiente es el de la calle mayor de una ciudad manchega en el amanecer de un domingo de resurrección, cuando el borracho sale del after, el pajarillo sale del nido, ambos se encuentran frente a frente y se miran como diciendo: “En esta escena sobramos uno de los dos”.

Esta hora es de nadie, es de todos, de la muerte y de la vida. Es el mundo desdoblado en uno de cuyos extremos están los vivos y en el otro los que duermen sin enterarse de que aquí hay un grupo de supervivientes debatiéndose entre el dolor de la noche y el olor de la mañana; ese olor a gente sin duchar, no necesariamente malo, pero definitivamente de bajo coste, como el vuelo, un calor de piel de ayer, aromas que se arrastran desde el pasado, esos tipos como de Seat León y patillas ultrafinas, ese look de turista, ese miedo al idioma, esas parejas que se abrazan porque se necesitan y se necesitan porque juntos superan el miedo que fingen no tener, esa textura de café malo, ese apretón de despedida, esa absurda e interminable cola para entrar en un vuelo con asientos numerados, esa España que suspendía inglés y que solo se fía del bocadillo de chorizo que tiene en el equipaje de mano y que impregna el aire de migas y no de promesas.

Tengo enfrente a una mujer, un ejemplar de esos que se hace notar. Tienen treinta y pocos, suenan a Uno de 50, huelen a Mac y saben a gafas de sol. La he visto ya cuatro veces desde que he llegado a la terminal, la primera saliendo del baño haciendo mucho ruido con los tacones, la segunda hablando por el móvil a gritos, riéndose de modo excesivo, riéndose con todo el cuerpo, parándose para hacer pausas dramáticas, gesticulando con la mano que no sostiene el móvil -con quién cojones hablará a las cuatro y media de la madrugada, bajo la luz diletante de su mala estrella-, la tercera preguntando por su maleta y la cuarta encontrándola cinco minutos después en el baño donde la escena empezó. Ese tipo de mujer que me tocará al lado en el vuelo, que me pedirá que le sostenga el lexatín, que se pondrá un antifaz para dormir, pedirá una manta, bajará la persiana, pedirá aire porque tiene calor y finalmente se quejará de la calidad de este vuelo de mierda, pero que jamás viajaría en otro.  ¿Quién no conoce a alguna mujer así? Es más, ¿quién no ha abandonado a alguna mujer así en objetos perdidos aprovechando su enésimo selfie? O sea.

Por ese motivo -por los instintos suicidas y homicidas- supongo que hay una capilla en la terminal, donde estará lo mas interesante de este aeropuerto Excalibur-Adolfo Suárez-Madrid-Barajas. ¿Quién podría ir a un aeropuerto a rezar? ¿Quien puede ser presa del pánico hasta el punto de tomarse la molestia de pedir a Dios desde la capilla de un aeropuerto? Solo el astrólogo de Andreas Lubitz o el marido de esta mujer pidiendo que el avión se estrelle y se vaya todo a la mierda. Sería para él un alivio, pero no va a pasar: hoy es el día nacional de Inglaterra y se nota la tensión que provoca la excesiva seguridad en un vuelo que une Madrid y Londres, es decir, la frontera de Al-Andalus por el norte con la frontera del diablo por el sur.

Hay pocas experiencias más complejas que los vuelos de corta duración; dos horas en un avión pueden hacer que cometas el error de encontrar la postura y dormirte. Del mismo modo pasa con los matrimonios de corta duración: puedes cometer el imperdonable error de tomártelos en serio y enamorarte.

(Continuará. Quizás…)

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