La conga de Pablito

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Ver a Pablo Iglesias bailar una conga es como leer la carta a los reyes magos de Simeone, un narco meciendo a un recién nacido, una punkie en El Rocío, yo que sé. Lo veo y pienso en la orquesta Clamores saludando a la Peña Los de Siempre en el bis de Chiquilla, cuando se presenta al bajista, que a esas alturas del bolo está hasta arriba de eme. Me recuerda a un plato de oreja, a cuarto y mitad de morcón, a un mercado medieval de esos que apestan a burro y a polvo y que llenan España de jabón contra la psoriasis y de artesanía contracapitalista, sección circense.

La coleta deslabazada, el surco Camacho de sus axilas, ese azul Oxford eclipsando al rojo Vallecas, el beige de los pantalones -ojalá que llueva café en Alcampo-, las manos a un lado y a otro, haciendo síncopas con sus pies, unos pies que apuntan a un cielo laico, no sé, no sé qué hace, está como bailando la chica Ye-Ye versión Frente Atlético, lanzando conjuros a los malos, como si hubiera dejado en el baño el Quimicefa, es todo tan España, tan normal, tan clase media, tan cuñado, tan pipero que me entran unas ganas terribles de unirme a esa conga, ponerme al frente y llevarla hacia un barril de sangría y torear a un colega con la palma de la mano.

De vez en cuando, Pablo se para y salta, como si estuviera en un concierto de David Guetta o con el Trooper de los Maiden, pero se arrepiente y se queda quieto para limitarse a aplaudir, no sé a quién, quizá a si mismo, quizá a Alaska, puede que a Carmona, cuya barriga keynesiana temblaba al ritmo del bajo distorsionado, atufando al personal de gravedad no solo sonora. Pablo sigue con la conga, parece Poti Poti lanzando rayos ultrademócratas, guiando al pueblo hacia un dos por cuatro que lo cambie todo, haciendo el robot, solo le faltaba apretarse medio cachi de calimocho del tirón y tirarse la otra mitad por encima antes de meter el morro a la primera que pase, en plan Chunguito, jugándose el bocado a rojo o negro. Luego levanta el puño, como mostrando su nudillo, el azote del poder, el oráculo de Orcasitas, el orgullo de clase, sin clase, el círculo rojo de bimbo lleno de mortadela.

En ocasiones simula los movimientos de un nadador de crawl estático y en otras ocasiones está como poseído por Juanito Navarro, le falta una faria y una estampita de la virgen del pueblo dentro de la bandera republicana. Canta la letra, se la sabe, la gesticula con sus labios con cara de enfadado, intensito, como echando la bronca al mundo por haber permitido durante tantos años que la gente se meta en la vida de los demás, hasta que llegó él, Él, el hombre que lo cambio todo, The Man Who Sold The World, que dirían Tania y el Duque Blanco. Ah, Tania. La echa de menos en días como estos. Estará llorando en casa, aguantando como puede la pena de no bailar esa conga mientras se abraza a una foto de Chendo y se merienda una salchicha que sobró ayer. Pero ya no está. La conga, como la vida, sigue. Pablo lanza un silbido como los cabreros, de esos que salen sin usar las manos y que nunca he sabido cómo hacer, y aplaude. Aplaude al orgullo, aplaude a Chueca, a la organización, a la vida, a si mismo. Es el aplauso final, ahora se irá al baño y entrarán en él de tres en tres, como marca la tradición juerguísitica de la Castellana hacia el cielo, con el cubata en la mano y el móvil en la otra. “Este un país multicolor, como el de la abeja Maya”, piensa, “pero aquí huele a casta que apesta. Pidete otra y tiramos pa Malasaña”. La revolución, seguramente, solo era esto.

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