Tocata y fuga

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En mitad de un Vía Crucis, mi madre se sintió mal, se mareó y finalmente cayó fulminada al suelo, desmayada. En la iglesia, entre la luz taciturna de un viernes santo de 1978, el epicentro entre la muerte de Franco -el blanco y negro- y el 23F – el color-. Imagínense el cuadro de Caravaggio, versión Delibes. Cuando se despertó, se enteró de que estaba embarazada. Esa fue mi aparición en escena, muy prudente y discreta. Yo me lo imagino con trompetas, un coro de Wagner y un relámpago cayendo en el campanario.

Me he enterado hoy de todo esto. Lo pienso, miro después a mi alrededor en esta España de Sálvame y tertulia de La Sexta y me doy cuenta de que estoy viejo; todo me parece demasiado raro. No tengo tatuajes, ni piercings, me gustan los toros, fui a un colegio de curas, vivo en el centro de la ciudad, no me gusta el sushi, no soy gay, no soy de izquierdas, no soy vegetariano, como carne cruda, Benedetti me parece una puta mierda, me gusta Gala, no soy artista, no soy Cultura, odio el crowdfunding, el coworking, el fundrising y la madre que los parió, no soy feminista, no estoy de acuerdo con el aborto, me gusta el whisky, el rock and roll, las mujeres, me gusta el arte, leo todo lo que puedo, no cruzo por el medio de las procesiones, no me drogo, tomo vino y me gusta pedir el peor en según qué sitios por el mismo motivo que pido el mejor cuando no toca. Para tocar los cojones.

No he viajado a Cuba, a China ni a Egipto, por principios; prefiero la civilización y el discreto sopor de las democracias occidentales que el hedor comunista o islamista, uno que es muy raro. No me quedo al vino de después, odio IKEA, los centros comerciales y las franquicias. Y El Hormiguero, claro. Me gustan los restaurantes caros, creo en Dios -sí, en Dios. No en algo tipo energía, no. En Dios-, no me atraen los deportes de riesgo, no me gustan los porros, no tengo perros, ni gatos ni ningún animal porque no puedo atenderlos. Por el mismo motivo, crío a mi hija. Porque soy su padre, no un visitador médico ni un cajero automático. Soy, por lo tanto, un ser despreciable, una mala persona, un ser en extinción. Un monstruo. No por ser así -somos legión- sino por admitirlo en público.

En diciembre de aquel mismo año, cuando nací, supongo que mis padres decidieron mantener el personaje en todo lo alto y por ello me pusieron directamente a hacer de niño Jesús en un Belén viviente tan del gusto de la época. Con todo, no les debió parecer suficiente: el veinticinco de diciembre, mientras interpretaba el papel en medio de la adoración de los vecinos, de las ofrendas, del oro, del incienso y de la mirra, fui bautizado. Ahí. In situ. En el mismo lugar en el que meses antes mi madre caía rodando entre las fieles beatas de finales de los setenta en el corazón del corazón de Castilla La Vieja. Solo sé que Umbral, con la mitad de este material, habría hecho una trilogía costumbrista. Yo, por el contrario, prefiero darme a la fuga.

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