Retrato de Adele Bloch-Bauer I

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—Piénselo, por favor, señor Klimt. Algo me dice que si lo medita profundamente, finalmente accederá a mis deseos por ser los más adecuados.

Gustav comenzaba a desesperar. En algún momento esa mujer debería dejar de hablar y mantener el silencio que necesitaba para poder seguir con el retrato. Posó lentamente la paleta en la mesa de apoyo, limpió el pincel con esmero, lo colocó en la caja de caoba y -manos entrelazadas por detrás de la espalda- comenzó a caminar con la lentitud exagerada que sólo un hombre a punto de perder los nervios puede mostrar. Así, llegó al fondo de aquel salón infinito, abrió el mueble-bar -hay ocasiones en las que cada mueble es un mueble-bar—, eligió uno de los frascos de whisky y se sirvió una cantidad excesiva para esa hora de la noche.

—Mire, señorita Bloch-Bauer, con todos los respetos he de recordarla que el maestro soy yo, que llevo meses estudiando su anatomía, que he escudriñado su mirada por completo, que conozco su osamenta mejor que mi propias manos, que cada rincón de su cuerpo está ya no sólo en mi memoria sino también en mi trazo. Todo ello para poder realizar un retrato como nunca antes se había visto, para pasar juntos a la historia con un retrato en oro que admire a la alta sociedad vienesa. Eso era lo acordado. ¿Y me dice ahora que quitemos el oro para pintarla desnuda en un estanque? ¿Precisamente el oro? ¿Precisamente el oro, que es la base de la obra? ¿El mismo oro de los collares y pulseras que lleva encima día y noche?

Bebió esperando una respuesta de Adele que, para su asombro, no llegaba, así que bebió más y después un poco más mirando de nuevo su obra. Quizá lo mejor fuera olvidarse de aquello, acceder a la petición de la modelo y no generarse un problema con su padre que -por otra parte- le obligara a huir a América. Los judíos son buenos amigos, pero como enemigos son los peores que uno puede encontrarse. Son capaces de sufrir eternamente sin ceder a la debilidad. Su carrera estaba en juego. No era buena idea enfrentarse a los banqueros más importantes de esta parte del mundo. Miró al ayudante e hizo un gesto.

—Dígale al señor Ferdinand que tiro la toalla. Gana la banca, nunca mejor dicho. Esto es al fin y al cabo sólo un encargo y si los judíos quieren estanques prerrafaelitas, los tendrán. Fingiré ser John Everett Millais y ella fingirá ser Ofelia. Copiaré a Monet si ella es capaz de reproducir el silencio de un nenúfar.

—Gracias, señor Klimt –dijo el ayudante. Su actitud es a todas luces inteligente. El señor y la señora sabrán agradecer su generosidad. 

— Perfecto. Dígales entonces que la “graaaaan obra maestra” tendrá que esperar para acceder a los caprichos de una adolescente adulterada por su reflejo en el mármol, lo que a todas luces es mucho más importante para el mundo de las artes y para la sociedad vienesa.

El ayudante de los Boch-Bauer salió sin dilación.

A Adele, en realidad, le daba igual el estanque, solo quería huir de la excesiva pomposidad, del oro puro, del mal gusto de la ostentación. Una cosa era que su padre quisiera regalarla un retrato y otra muy diferente que su cuerpo se convirtiera en un metal noble deslumbrante. Sólo quien ha visto oro en lingotes es conocedor del efecto hipnótico y obsesivo que produce en quien lo mira. Las ganas de poseerlo son capaces de sacar lo peor que hay en un ser humano porque su capacidad de atracción es algo atávico que está por encima y por delante de la razón. Que es previa a ella. Y Adele no quería eso. Ni Gustav era el profeta Aaron ni ella era el becerro de oro. Sin embargo, cuando vio por primera vez los apuntes y estudios de la obra, algo la paralizó. Sintió un escalofrío desde el primer acercamiento, aquello era totalmente diferente a todo lo que alguna vez había visto. El nudo en el estómago le duró tres meses y la estructura cuadrada de la tela marinera se instaló en su mirada. El cuadro capturaba una época, la disposición parecía un cartel, era algo nuevo, la suavidad le erizaba el alma, aquella dama era una Ofelia resucitada. Le impresionó tanto que se llegó a preguntar qué demonios hacía ella en esa obra de arte.

La idea era mágica, todos estaban de acuerdo, pero a medida que los meses pasaban y se acercaba la fase final, la de pasar del apunte al trazo definitivo y de la cota de carbón al oro de verdad, Adele se sentía cada vez más frágil y más segura de que no quería eso, de que no quería ser ella. Ese oro, esa referencia al Éxodo … ¿Nadie se daba cuenta del becerro de oro que estaban construyendo? ¿Nadie era consciente de que iba a convertirse en objeto de idolatría? ¿Acaso esa sala sería un nuevo Monte Sinaí? ¿Iba a ser ella uno de los dioses que marcharían delante del pueblo? Esa idea le estaba obsesionando. Se lo comentó a su padre, que sin duda estuvo de acuerdo con la idea del estanque, no por convicción sino por superstición. ¿Qué dirían los judíos de Viena si se dieran cuenta del paralelismo? Pero Gustav Klimt era un hombre difícil y no cedía. Adele sabía que su obstinación no era puramente estética, que había algo más, que algo que se le estaba escapando y que ese algo era quizá lo más importante del retrato. La Secesión Vienesa no era  precisamente un grupito de pintores menor. Y el simbolismo de Klimt escondía algo más en esa obsesión por el oro.

Algo no cuadraba. Habló con sus maestros de artes, que le hicieron ver que el oro había sido siempre utilizado en la creación artística; habló también con los rabinos, que le convencieron que el oro no era una alusión al libro del Éxodo; de hecho, en el libro de Reyes todo el pueblo adoraba también a un becerro -sin la excepción de los levitas, como sucede en el Éxodo- y el oro es al fin y al cabo tan obra de Dios como lo es el barro. El objeto del becerro era ser adorado, pero el objeto del cuadro no era el mismo, sino un avance en las artes, un progreso en el uso de los materiales en las artes plásticas, el esfuerzo del hijo por alabar al Padre a través de su trabajo, de dignificar su vida y dedicársela a Jehová. Se respetó el Sabbath escrupulosamente. Pero no. Eso tampoco le valió. La referencia era muy rebuscada y el oro no estaba desde el principio de la obra, fue algo posterior, no era la base de la creación sino un símbolo que la cabeza de Klimt trajo a última hora. No era eso.

Mientras tanto, el ayudante de los Boch-Bauer había vuelto de hablar con los señores. Estaban de acuerdo. Se quitaría la idea del oro y se sustituiría por un estanque si Adele así lo prefería. De hecho, ellos estaban encantados con la idea del estanque, mucho más natural, más pueril, pastoril, una referencia universalmente aceptable. Gustav Klimt, derrotado, se puso serio tras oír la noticia y le pidió al ayudante que le dejara a solas con Adele. A ella se le heló la sangre y la mirada.

La palabra, sea hablada o escrita, no es mi fuerte, y mucho menos si tengo que hablar sobre mí mismo o sobre mi trabajo. Hasta cuando me veo obligado a escribir una simple carta experimento angustia y sensación de mareo. Por estas razones, habrá que renunciar a un autorretrato artístico o literario de mi persona, cosa que tampoco es como para afligirse. Quien quiera saber algo sobre mí –como artista, que es lo único digno de atención– deberá contemplar atentamente mis cuadros e intentar inferir de ellos qué soy y qué quiero. No existe ningún autorretrato mío. No me interesa mi propia persona como “motivo del cuadro”, sino más bien otras personas, sobre todo femeninas; aunque me interesan más otros fenómenos. Estoy convencido de que como persona no soy especialmente interesante. Nada hay en mí de especial. Soy un pintor que pinta un día sí y otro también, de la mañana a la noche. Cuadros figurativos y paisajes, raramente retratos. Pero en su caso es diferente, señorita Adele. Con mi objetivo, que no es más que un agujero en un trozo de cartulina, miro los detalles de los paisajes y encuentro grandes cosas o nada. En su caso he encontrado la gran belleza, sus ojos. El oro salió de ellos, debido a ellos. El oro es suyo, no es mío. El oro está, no lo he puesto yo. El verdadero pecado sería quitarlo, quitar a la realidad lo que ella posee, quitar a la obra de Dios parte de su belleza.

Adele, con los ojos vidriosos, escuchaba.

– En mis primeros días aquí -prosiguió Klimt- no empecé a trabajar de inmediato. Tal y como estaba previsto, me lo tomé con calma durante algunos días hojeando libros, estudié un poco de arte japonés y me di cuenta de algo. Me di cuenta que el arte es una línea alrededor de mis pensamientos, y mis pensamientos son a su vez una línea alrededor del alma que retrato. Cuando pinto, uno de mis mayores sentimientos de placer es la conciencia de que estoy creando oro. Los jóvenes ya no me comprendéis. Es un poco temprano para que me suceda eso que, en general, es la suerte de todo artista. La juventud siempre quiere derribar lo ya hecho, pero no por eso voy a mostrarme malhumorado. Acepto la incomprensión de la juventud, pero no la del mecenas. Me voy, Adele, basta ya de censura. Si no hay oro, no hay nada. Me voy. No buscaré otra ayuda que la mía propia. Quiero salir de aquí. Quiero olvidar todas estas molestas tonterías que dificultan mi trabajo y volver a mi libertad. Rechazo cualquier ayuda estatal, renuncio la ayuda de su familia, renuncio a todo.

Dicho esto, Gustav recogió su abrigo y sin decir una palabra más, salió de aquel salón vienés ante la mirada hipnotizada de Adele. Ella se quedó en el mas absoluto silencio por primera vez. Se dio cuenta que a través de ella, Klimt se pintaba a si mismo. No es que el oro fuera un símbolo de ella, ni si quiera un símbolo de él. No era si quiera un símbolo; el oro era él, era su presencia eterna, el autorretrato del simbolista. Hizo llamar a su padre con urgencia. Por una vez, fue seca y autoritaria, hasta el punto que su mirada hizo temblar a toda la familia Boch-Bauer. Adele se colocó junto al lienzo y, muy lentamente, abrió la caja de caoba, sacó el pincel y se acercó al mueble-bar.

—¿Quitar el oro? –preguntó Adele, que se convertía en Ofelia mientras buscaba el whisky-. Por encima de mi cadáver.

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