Apología del fracaso aspiracional

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Onetti nos enseñó que perder es lo normal y que no pasa nada; que fracasar es algo inevitable ante lo cual sólo queda una salida que -por supuesto- es seguir fracasando una y otra vez hasta llegar al fracaso final. Lo que llamamos fracaso quizá sea sólo la vida normal, la vida con cartas malas, entornos vulgares, el talento justo. Y con esa vida, esos entornos y esas cartas hemos de seguir, sin demasiadas ilusiones, por otra parte. Buscar el éxito es negar la vida, creerse Dios, es algo herético. El éxito o se tiene o no, pero buscarlo es vulgar. Buscar el éxito es de pobres. Si buscas el éxito te encontrarás una puerta cerrada, en cambio, si buscas la verdad, te encontrarás -sorpresa, sorpresa- con el éxito.

Si perder es lo normal, no se puede esperar que la felicidad sea consecuencia del éxito, algo anexo a él, como cuando comprando un chorizo te regalan unas lentejas o cuando comprando lentejas te regalan un chorizo. La felicidad no viene de ahí, no viene del éxito sino de cumplir con un propósito vital, algo íntimo, alejado de cantos de sirena, chorizos y lentejas. El fracaso sí que viene de fuera, pero el éxito es endógeno. El fracaso es una comparación con la fábula en la que -claro- sales perdiendo. El éxito, sin embargo, es privado, habitualmente solo tú te enteras de estar triunfando mientras los demás miran con estupor cómo celebras la nada y brindas con champán caro tu propia existencia. El éxito, decía, no sólo es privado, sino que también es relativo porque dura poco, la insatisfacción es eterna, siempre queremos más. Todos somos unos fracasados en realidad, porque todos hemos sido felices y la felicidad es una fábrica de infelicidad al por mayor. La infelicidad sólo puede crecer desde la felicidad previa. Es paradójico, pero lo mismo pasa con el fracaso: allá donde veas un fracaso, encontrarás -si escarbas un par de centímetros- oculto un éxito. Solo hay que indagar un poco y lo acabarás encontrando. El fracasado siempre acaba por confesarlo todo.

Pero no todos los fracasos son iguales. El fracaso voluntario no es fracaso, es goce freudiano, catarsis autoinflingida, un castigo que purifica y da sentido -al que se lo de-. A mi no me interesa ese fracaso. Me interesa sólamente el fracaso no buscado, aquel que no crece en el fango, aquel que tiene más valor cuanto más profundo es y más profundo es cuanta más distancia recorre desde la cima a la sima. No puede fracasar sino quien haya tenido previamente un gran éxito, por eso no debes inquietarte cuando encuentres en la oscuridad a alguien que alguna vez brilló. Esa vida en esa oscuridad es precisamente lo que debemos admirar porque el éxito es como un brillo fluorescente que se queda impregnado en el estilo.

Lo primero debe ser fracasar. El fracaso te pone a prueba. El fracaso viene a quitarte el olor a nuevo y los brillos de la cara. El fracaso, ante todo, sirve para no hacer el ridículo por ahí diciendo tonterías acerca del éxito y de la felicidad. El éxito, me temo, es aquello que los fracasados creen que hay al otro lado del silencio, pero en realidad, al otro lado -y esto se aprende con el tiempo- está el mismo fracaso, pero envuelto con el nombre de la insatisfacción. Si aspiras a ocho y te quedas en seis, eres un fracasado, mucho más que el hombre de éxito que aspiraba al cuatro y consiguió alcanzar el cinco. Por eso conviene que los hombres y mujeres de éxito miren a los fracasados con respeto y admiración y no por encima del hombro. Estamos creando, estamos creyendo en nosotros mismos, hablando para sordomudos y cumpliendo con nuestra obligación. No molesten con éxitos tan baratos, que estamos muy ocupados en nuestros fracasos ejemplares. Somos fracasos, sí, pero fracasos aspiracionales. Nuestra manera de fracasar es tan bella que corremos el riesgo de quedarnos atrapados, como la mosca en el ámbar. Y mirado así, ¿quién querría otra cosa?

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