Las sensaciones fantasma

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Cuando una persona tiene un accidente y pierde una pierna, la sigue sintiendo durante un tiempo; el sistema nervioso no asume la pérdida y sigue mandando señales como si la extremidad estuviera presente. Se llama síndrome del miembro fantasma. El cerebro cuenta con la extremidad y además cuenta con ella al cien por cien. Como consecuencia, el cerebro sigue manteniendo un área dedicada a este miembro y ante la ausencia de pruebas que alteren su percepción da por hecho que el miembro amputado aún está ahí. Las sensaciones fantasma no sólo suceden cuando se pierde un miembro sino también con otras partes de tu cuerpo como un ojo, un diente, una mujer. El cerebro la sigue notando, huele su perfume en tu ropa y actúa como si en realidad nada hubiera sucedido. Así, el cerebro exige que el cuarto de baño siga ofreciendo  cada mañana flores, cremas extrañas y cajas con pendientes. Pasa tiempo hasta que desaparecen toallitas y horquillas. Ya puestos, debería ser obligatorio que se lo llevaran todo.

El cerebro tiene sus trucos. Por ejemplo, respeta el otro lado de la cama. Dice que ahí no, que esa mitad no se ocupa, que vaya Vd. a saber, no vayamos a espantar a los pájaros que dormían en su almohada. El cerebro -a través del síndrome de la amante amputada– piensa por ti, hace planes como si no se hubiera ido y te hace pedir ensaladas por defecto. Te sorprenderás tomando té o caminando por la parte más cercana a la carretera, para proteger bien a la nada del acuciante peligro de los automóviles adormecidos. El cerebro llega a tales niveles de simulación que te sisa dinero de la cartera para que todo esté en orden y no notes nada raro. Te hace jugarretas a la baja en la cuenta corriente, hasta tal punto que sé que lo que llaman comisiones son sólo duendes haciéndote sentir tan pobre como cuando estabas enamorado.

El cerebro te impulsa violentamente a ciertas floristerías, para que nadie sospeche nada. Las bellas floristeras, enteradas de todo -antes que tú- te miran con candidez, te siguen el juego, te miran con preocupación y lástima y te dan rosas blancas que lloran, para que -amarraditos los dos, espumas y terciopelo- las puedas pasear por la calle, asido solamente al aire. El síndrome se manifiesta también en la pulsión a la compra de vino blanco, a los cereales con fibra, a la querencia a solucionar cenas entre semana mediante visitas al supermercado de El Corte Inglés. Hasta cierto punto es lógico, ¿cómo vamos a olvidar todo tan deprisa? Es increíble la maestría que hemos logrado en el noble arte de actuar como si jamás hubiera pasado nada. Pero la negación es parte del síndrome; la pulsión sigue, la vida es lo que sucede entre “nunca más” y “otra vez”.

El síndrome causa dolores, pero los causa en ninguna parte, que es lo más increíble. Leo en internet que “en el síndrome de miembro fantasma, el cerebro reemplaza las señales inexistentes de una extremidad amputada y las sustituye erróneamente por dolor”, al menos eso opina el profesor Dr. Maier, de la Cínica Universitaria Profesional de Bergmannsheil, Bochum. Es maravilloso, señor Maier de Bergmannsheil, porque en el síndrome de la amante fantasma, pasa lo mismo: el cerebro reemplaza la ausencia -erróneamente- por dolor. En cualquier caso, los medicamentos indicados para tratar el dolor del miembro fantasma incluyen antidepresivos, anticonvulsivos, clorpromazina, opiáceos, clonidina o baclofeno porque estamos hablando de dolor físico. Frente a lo que muchos creían en el siglo pasado, esto no es psíquico. La amputación, bien sea de un brazo o de una amante, duele. Por supuesto, siempre tendremos la estimulación nerviosa eléctrica. Pero para el síndrome de la amante amputada, en cambio, no hay tratamiento, solo literatura y prótesis. En efecto, tal y como sospechábamos, la amante no es única; todas las amantes son la amante amputada, las de todos, las de siempre. El agujero que duele ya está hecho, es universal y en esa gran oquedad unas carencias se unen a otras formando un gran agujero negro de antimateria amorosa.

Se han ido muchas veces, otras veces te has ido tú; eres amputación y amputado. Todo fluye, solo el síndrome permanece, y lo hace agrandando su leyenda y ganando espacio libre en el tronco. No tiene explicación, pero cuando cierres los ojos y sientas en plenitud la falta de todas esas amantes amputadas, sentirás también que unas hablan para que tú calles y otras callan para que tú hables. Puede también que sea solo la respuesta al efecto llamada, los colores vivos en los plumajes que responden al baile del cortejo, de modo que al síndrome de la amante amputada se le oponga el síndrome del amante amputado, y vivamos sintiendo vacíos alternos, siempre cuando menos toca. Me lo sugiere la experiencia, hay callejones que terminan en ti mismo y la frivolidad de ayer es la nostalgia de hoy. El síndrome es crónico y eterna la sensación fantasma. Ayer me preguntaron que por qué escribo. Mi respuesta: “Yo siempre he estado enamorado”. ¿Acaso existe mayor sensación fantasma?

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