PATHETIC (III)

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Tenía unas cuantas ideas acerca de lo que quería escribir y necesitaba que Londres me diera el resto. Debía -por encima de todo- romper la distancia física entre la obra y Martha, la mujer que la causó. Siempre hay una mujer y una traición detrás de una obra. Detrás de esa mujer, sus amantes. Y detrás yo haciéndoles burla a todos. Necesitaba cercanía física, rellenar de letras el foso del castillo, necesitaba un contacto sensorial o al menos la posibilidad de ese contacto.

El manual de escritor se lo regalé la noche antes a un borderline en Camden. ¿O era Angel? Cuanto más vivo Londres, peor la conozco, porque todo cambia en una semana y todas las zonas acaban pareciendo la misma, una mezcla entre Oxford, Hong Kong y Calcuta, pero con la etiqueta de Made in USA asomando por los bajos y miles de turistas llenándolo todo de mentiras para suavizar la angustia de la verdad que aparece detrás del escenario.

Esa zona -Angel, decía- ya está casi libre de yonquis, y no estoy hablando de yonquis de los de hoy, sino de los buenos, de los que se picaban la luna en cada rayo. Ahora han cambiado yonquis por turistas, gimnasios por librerías y viejas putas por putas nuevas. Se ha vuelto una zona agradable para las chicas tontas y odiosa para los hombres que no soportamos a ese tipo de chicas, pero sobre todo, se ha vuelto una zona arrodillada ante la superioridad moral de los aprendices de artista que vienen a Londres a llenar de verde esperanza los bares negros.

Por entonces, quiero decir, Londres ya había muerto y el centro creativo se había movido a Berlín, pero en Europa no se habían dado cuenta. Londres aún simboliza la huida, pero la verdad es que en Londres la vanguardia ya se viste de incumbencia y esto sucede desde que se cayeron todos los muros y la libertad dejó de ser una aspiración para convertirse en lo estándar. Antes, el mal estaba localizado, jugaba los juegos olímpicos bajo las siglas CCCP y los de este lado no sólo estábamos en la parte buena sino que además sabíamos que lo estábamos. Había que aprovechar, había que crear, como si cada obra fuera un sacrificio a un Dios laico sediento de arte, pero algo sucedió -no sé exactamente cuándo, creo que más bien fue un proceso- y lo moderno se instauró como lo oficial, lo nuevo se convirtió en lo rancio; lo indie se hizo dogma y -por lo tanto- lo más recalcitrante. La contracultura ya era la doctrina oficial, llena de puritana blancura y analfabetismo vital. Como con Cezanne, allí murió de nuevo la tradición que aspiraba a la obra perfecta para dar paso a una era de artistas profesionales, hechos para trabajar, no para crear; hechos para comer tres veces al día y no para morirse de hambre y de gloria en cada obra. Muere la investigación, nace la exhibición. Nace el espejo, muere la belleza.

El borderline de Camden era uno de esos. Alguien le contó unos cuantos mensajes nihilistas para estudiantes de Bellas Artes y se los creyó de principio a fin. Siempre se los creen. A estas horas probablemente estaría terminando de plagiar lo que le dejé escrito a aquella azafata que, por cierto, no se lo merecía. Son un público facilón y previsible. Alguien les ha metido en la cabeza media docena de lugares comunes y se los han tragado hasta el fondo. La ciudad lamentablemente había sido tomada por ese tipo de artistas y -lo que es peor- por publicistas y por esos cientos de miles de personas que habían olvidado el Londres de Chesterton, el de Wilde, el Dickens, el del arte serio, el de esa lluvia que cala por dentro cuando te despiden en las estaciones.

Pero no, Londres ya no es eso y nadie se ha enterado. Ya nadie despide a nadie porque todo es una despedida. Tampoco nadie va a recibir a nadie, o al menos nadie va a recibirme a mi. Desde que Martha se fue, nadie me espera en ninguna parte, esa es la verdad. Soy la soledad paseando Londres a fondo perdido. Ojalá pudiera verme; estaría orgullosa de mi. (Sigue)

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