PATHETIC (V)

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Me senté a escribir en cuanto bajó el sol y la noche postvictoriana se me metió en el estilo. Yo quería triunfar con Pathetic, pero triunfar a mi manera, es decir, un triunfo que pareciera un fracaso. Tanto escribir y tanta soledad solo tendría sentido si finalmente conseguía una gran obra, pero sin fama, sin compañía y sin reconocimiento. Bien pensado, en realidad yo lo que quería era fracasar. Fracasar o triunfar de modo póstumo, que es mucho mejor y sin duda infinitamente más literario. Quería convertirme en algo parecido a un mito, en el malo oficial, que me solicitaran entrevistas para después decir que no, ser invitado a conferencias y -como Capote- caer borracho en la tarima, dejar en vergüenza a los anfitriones, vomitar encima de mis invitados, vivir maldito, retirado entre la ascética y la lírica, un poco Camarón y un poco Juan Ramón, vivir aquí en Portobello, apartado, no acudir a recoger los numerosos premios que me darían, rehusar amablemente las invitaciones a las fiestas, ser misterioso e inaccesible, como un fantasma pero con el smoking preparado para dejar de serlo en el momento en el que apareciera Martha.

Se me ocurría otra opción, que era vender miles de libros en un mercado remoto sin que se enterara nadie en Londres y así mis vecinos pudieran decir decepcionados que “parecía un tipo normal, nunca podríamos suponer que escribiera. ¡Qué escándalo!”. Y si no llegara eso, mucho mejor la nada, mucho mejor la dignidad que da silencio, que es el suicidio del escritor, borrarlo todo, condenar al olvido mis recuerdos, no dejar nada de mi obra -de mi vida-, no dejar vivo ni un solo texto, ni un rastro solo. Si no soy necesario, no soy escritor.  «Os va a divertir vuestra puta madre».

Esa noche escribí mucho, pero bebí mucho más, así que solo escribí basura, a pesar de que cuando me quedé dormido estaba seguro de haber reinventado la novela tras una sucesión interminable de genialidades. No fue así, nunca lo es. Cuando desperté leí lo escrito y se apoderó de mi una terrible vergüenza. Rompí todo menos una frase, me hice un té de hojas, me duché con esmero en el toilet que compartía con la otra habitación del primer piso del 299 de Portobello Road y salí en un infierno de párpados hinchados hacia la terrible belleza de este Londres sin ti. (Sigue)

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