PATHETIC (VIII)

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Me fui a Battersea a por Henry. Es un buen amigo y he aprendido mucho de él. Con su manera de ver las cosas me dio las pautas definitivas para entender a las personas, algo que jamas le podré perdonar. Lo conocí por Martha hace muchos años, eran amigos de la infancia y desde el primer momento nos entendimos bien. Henry es escritor, es músico, es filósofo y… bueno, en realidad, Henry es lo que quiera ser, excepto feliz. Es una persona extremadamente humilde siempre que su superioridad quede clara de un modo evidente, lo que suele suceder a la media hora de conocerle. Siempre dice a las chicas que está en Londres de paso, con ese wanderlust inglés, aunque en realidad yo siempre le conocí en Londres y sin ninguna intención de irse.

Tenía escrita toda su obra, pero no había publicado nada. Temía que el éxito que presuponía a su primera novela le cambiara el tono en las siguientes, y por ello decidió escribir todo de una vez y publicarlo poco a poco, para que ni el éxito ni el fracaso le cambiaran su estilo. Decía que en toda disciplina artística, la primera obra era la única obra y que el resto son o intentos de repetirla o intentos de olvidarla. Nadie más que él y yo conocíamos sus planes de soltar su obra poco a poco, como si cada lanzamiento fuera una novedad recién escrita. La segunda novela era premeditadamente mejor que la primera para que nadie pudiera decir eso de la primera era mejor, aunque la verdad es que la escribió antes, así que se mire como se mire, la primera era mejor. Cosas de ingleses. Medía casi dos metros y, a pesar de sus cuarenta recién cumplidos, tenía carisma de viejo, como Jesucristo en un after. Pero como en una matrioska, esa apariencia de Jesucristo contenía a otra figura igual que se hacía llamar H. Other, que a su vez contenía la presencia de un tal Niederstein embarazado de Henry. Era posible saber a cuál de los cuatro te ibas a encontrar por su forma de citarte, pero para saber con cuál de los cuatro ibas a acabar borracho hacía falta esperar hasta la decepción que marcara el rumbo de la noche. Siempre era igual, aunque nunca supe por qué. Hay muchas cosas de Henry que nunca pregunté, por si acaso me respondía.

A Henry le gustaba estar solo, pero no como vía para disfrutar de su solitud sino como modo de evitar la compañía. Así, cuando estaba solo, Henry en realidad disfrutaba de no estar con su madre, de no estar con sus compañeros de trabajo, de no estar con sus hijos, si es que los tenía, jamás le pude preguntar. No hacer nada, por ejemplo, era para él algo afirmativo porque la inactividad no es algo vacío, no es una abstracción; no hacer nada es algo concreto, es no-trabajar, no-estar-corriendo, no-estar-andando, no-estar-follandose-a-su-amante. Por eso, Henry construía desde el negativo, que para él no era destructivo sino totalmente constructivo. No era una negación estéril sino tremendamente fértil. Sin embargo, de vez en cuando buscaba compañía en el metro o en el tren. Una mujer, a su lado, durante media hora de viaje, era sinónimo de paz, de presencia femenina, de una extraña complicidad, de olor a crema y de miradas indirectas. Buscaba esa mirada para saber que estaba vivo, para cerciorarse del todo que él no era una ilusión más de su mente. Había días en los que realmente lo dudaba. Lo constataba así, sabiéndose mirado por otro, el sentimiento especular de los vivos. Es indudable que cuando viajas al lado de una persona a veces se crea una corriente energética, no solo sexual sino de transmisión plenamente humana, de compañía y de paz, treinta y siete grados de piel y tragedia.

Vivía en una casa diseñada por él, sin ventanas, como un cuadrado ciego solo abierto al cielo. Ese era su resumen: cerrado para fuera, abierto hacia arriba. Le comenté lo de la expo de Helen en Shoreditch y me dijo que sí, que ok, que iría conmigo a tirar cacahuetes a los asistentes, a realizar su desformance o a lo que fuera. Nos pasamos de ales. Goulden House, en Bullen Street, Project Orange en Kensington Church Street, siempre en Battersea, cruzando el río, donde los hijos de los ricos como Henry habían encontrado su paz bohemia. Los fines de semana, todos a Weybridge a jugar al golf, pero entre semana, los padres en Chelsea y los hijos a sus casas de Battersea.

Eligieron Battersea por dos motivos: porque en Chelsea estaban sus padres y había que estar lejos de ellos pero no de su pasta y porque un río entre medias parecía suficiente barrera y suficientemente sorteable. Y además porque los ingleses estaban siendo desplazados en Chelsea por árabes, chinos y rusos. A mi en el fondo me encantaba que fueran víctimas de sus propios procesos de segregación y que se jodieran un poco. Cuando todo es cuestión de pasta, también tú estás en venta. Yo amo Inglaterra y a los ingleses, pero esa pose de superioridad frente a todo se me atraganta y por eso celebro tanto sus victorias como sus derrotas, ambas con la misma vehemencia y por el mismo motivo. Supongo que serán reminiscencias del imperio, pero que un inglés mire a un castellano por encima del hombro es algo que me vuelve loco, eso saca lo peor de mi. Convoqué a Blas de Lezo mentalmente y me sentí ganador. También convoqué a Henry, que juró que me acompañaría a la expo de Helen. No me prometió un buen comportamiento, solo su asistencia. Me valía. Le dejé borracho en Battersea y me fui a Portobello a ver si el alcohol me daba algo de inspiración para Pathetic. En South Kensington alcancé el clímax y así estuve hasta el día siguiente. Gloucester Road-High Street Kesington-Notting Hill Gate y corriendo al 299 Portobello, donde pasé la noche embelesado con mi propia voz. (Sigue)

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