PATHETIC (X)

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En Londres amanece antes de la seis de la mañana, algo que nunca hemos sabido agradecer lo suficiente. Aquel día, ese primer rayo de sol me sirvió para salir del estudio en busca de uno de esos cafés literarios que tanto se prodigan por Paris y por Madrid y que pese a mi obstinación ni existen en Londres ni existirán jamás; a pesar de ello, no descarto seguir buscándolo el resto de mi vida. No hay nada similar a uno de esos cafés para seguir escribiendo, un lugar donde sumergirte en el ambiente, donde mirar y observar, donde ojear la decadencia y emborracharte sin remordimientos. En definitiva, un lugar donde no escribir, pero sin perder el tono. Londres no deja espacio para el disfraz colectivo. Nunca hubo una asociación de dandies.

Walter Thornburgh dijo que cada rebanada de pan es la trágica historia de un cereal que pudo haber sido cerveza y no lo fue. Del mismo modo, Londres es la trágica historia de una ciudad que, de haber tenido mar, habría sido convertida por sus propios habitantes en una vulgaridad extrema, como convierten todo lo que tocan en cuanto les dan una conexión aérea. Aún así, en Londres aún hay mañanas como esta, tranquila como una pequeña ciudad costera, con un cálido viento leve y húmedo y con un sol abrasador. Las fachadas de las casas se vuelven blanquísimas y las flores lo toman todo, haciendo de cada rincón una explosión de colores y de vida. Sé que no es la imagen que se suele tener de Londres, pero esta y no otra es la verdad de aquella mañana.  La verdad concisa y pertinente. Mentiría si la ocultara, porque Londres era aquel día un remanso de paz amable, una temperatura agradable al amanecer y al ocaso con picos de bochorno en el centro, como una campana de Gauss. Los habitantes de Portobello eran amables y hospitalarios. Cuando mi mirada se cruzaba con otra mirada, la dueña de los ojos me sonreía. Es cierto que seguía habiendo cuervos, ratas y zorros, pero se escondían para no arruinar la postal idílica. No vi más que belleza en esa mañana en la que me dio por pensar que Londres era femenino; preciosa y no precioso.

Los ingleses no entenderían nada de esto ni lo entenderán jamás, sin duda están más cerca de Drake que de Lorca. Yo lo pensaba caminando de Portobello en dirección a Bayswater para acabar en Hyde Park, que es una maravilla a esas horas de la mañana. De ahí -a falta de cafés literarios- a Artesian, el bar del Hotel Langham en Regent Street, el centro de la maravilla victoriana que es Marylebone. El problema de Marylebone es que es un decorado perfecto, pero lleno de actores secundarios; a los protagonistas no los ves, y los secundarios lo estropean todo, no saben interpretar el papel que les corresponde, es decir, el de sacrificarse al paisaje y hacer de ingleses, no de currantes. En el Artesian se escribe bien. Alex, el barman, dice ser el mejor del mundo y seguramente no le falte razón. Es terriblemente caro, pero a cambio produce los mejores relatos que he escrito en mi vida. Los más caros.

Allí sentí por primera vez que cuando Martha me dejó, no solo me dejó mi mujer. Me dejaron todas las mujeres, todas a la vez, todas por lo mismo y todas para siempre. Me dejó mi madre, me dejó mi hija, me dejó Julieta, Dulcinea, Beatriz, Catherine Dickens y la virgen María. Me dejó Penélope, me dejó Leonor, Gala y también Zelda. Me dejó el pasado, que dejé de entender en ese preciso momento y me dejó la esperanza del futuro. Es cierto que nunca fui tan feliz como sin ella, pero a cambio sé que jamás volví a ser yo mismo. Y ahora, seguía buscándola de modo inconsciente en Londres para encontrarme a mi mismo, aunque ambos sabíamos que la única manera de encontrar a Martha era huir de ella. Quizá por eso la mejor forma de conocerla fue perderla.

No hay otra manera de encontrar a Martha que no sea olvidarla para poder acordarte de cómo era cuando era solamente ella y conocerla, así, por primera vez de nuevo. Por eso no la buscaba: para no encontrarla, para no olvidarla. Para no olvidar que Martha te mata mientras te devora, que Martha te hace feliz mientras te mata. No se por qué me enamoré de ella. No encuentro un solo motivo, pero la verdad es que estuve enamorado hasta el tuétano y hasta hoy se me había olvidado. Mágica y salvaje, decidió arrasar con todo y también arrasó con su alma. Era tarde para uno de los dos y ese uno supongo que era yo, que ya soplaba el viento cargado de malos presagios. Con ella, el deseo se confundía con el amor, con la protección, con la responsabilidad de querer a un accidente, de amar la linea disyuntiva de una falla. Martha tuvo siempre la facultad de inspirar amor y simpatía en todo el mundo. Hacia perder la cabeza a los hombres mientras ella, conocedora de su destino y de su naturaleza asesina, hacia como que no se daba cuenta hasta que devolvía todo el amor en la forma contraria; no solamente olvidado sino vilipendiado, vejado, humillado, maltratado y escupido en la tumba del recuerdo, como una sádica psicopata y traidora, traidora como solo una mujer sabe serlo. Y ella era el súmmum del género, la traición perfecta, una artesana en el Artesian. (Sigue)

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