PATHETIC (XIII)

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La expo de Helen fue un éxito. La galería Redchurch se convirtió aquella noche en un concierto de los Pixies donde todo Shoreditch fingía no estar drogado, sobre todo los pocos que en realidad no lo estábamos. La artista era Allegra Pacheco, pero nadie la vio porque allí quien brillaba era Helen, que dominaba la estancia como un águila al sur de las Rocky Mountains. Tituló aquello como MICRO MACRO y centró la atención expositiva en una especie de obsesión geométrica por un mundo hecho de piezas de puzzle, una sucesión de motivos llevado a múltiples tramas y texturas: un tetris en 24 bits tejido en un jersey gigante, otro en una alfombra minúscula. Cuadros, óleos, piezas en 3D y miniaturas futuristas en un espacio enorme con fotos mínimas de geometría que yo suponía en edificios enormes, como si la obra ya estuviera hecha y solo Allegra la captara, creí comprender, pero no tengo la menor idea, no entendí bien nada excepto que esa noche Helen se inventó a Allegra Pacheco y yo me inventé a Helen. El arte contemporáneo es eso, una serie de suposiciones superpuestas. El arte es mirar, pero de cualquier modo, nadie en la sala miraba nada, solo yo, la galerista y un señor con pinta de importante que en realidad era Henry con frac. El resto, hombres rubios con trajes caros que bebía sin cesar y que no lloran porque no se acuerdan, no porque no tengan motivos. La sala olía a resaca, a aliento de collie y a pelo de inglés mojado.

Decidí que no hay nada mas maravilloso que emborracharse en otro idioma, sobre todo en este Londres tenso y recto, como una cuerda a diez metros del suelo en la que los funambulistas luchamos para vivir sin mirar hacia abajo y evitar confirmar que en realidad nunca hubo red. Londres es eso; la ilusion de la pena compartida, de fomar parte de algo tan grande y tan triste, de ser un héroe solitario en una noche eterna. La primera pérdida de la edad adulta es la idea del amor, por eso no hay mayor condena que enamorarse de un recuerdo y menos en Londres en esta noche de tetris, viviendo la soledad en el tumulto, en este escenario provisional donde nadie tiene pasado. Londres es cantar una nana a un narco, es visitar a la abuelita de Stalin, es lanzarse a la tumba vestido de buzo. El arte no es esto, Helen. El arte no está para hacernos sentir bien, no está para hacernos sentir vivos o mejores personas. El arte está para hacernos sentir mal, para hacernos sentir muertos y peores personas. Yo me siento una mierda cuando leo a Miller, a Celine, a Bukowski. Ellos no eran psicoterapeutas. Eran escritores infelices, infelices por decisión propia, como todo escritor, como nosotros, que además de escribir, teníamos dos cosas más en común con ellos; ninguno queríamos ser lo que éramos. Y también estábamos muertos.

Allí conocí a Cliff Adams. Antes de que me lo dijeran, supe que Cliff era escritor. Un escritor reconoce a otro a la legua. Estaba desesperado, igual que yo, igual que todos los escritores. Estábamos desesperados en paralelo, resulta imposible estar desesperados de dos en dos. Siempre hay uno más jodido que el otro y uno que escribe mejor, lo que es el gérmen de la envidia. Cliff aún no había alcanzado el éxito que alcanzaría años más tarde con Three In A Row, pero ya se le notaba, era una puta estrella llena de carisma.

Nos presentó la a su pareja la china.

– ¿Que si estoy enamorado?- preguntó Cliff-¿Acaso no se ha dado cuenta de que soy un escritor? Un escritor fracasado, para más detalles. La diferencia entre un escritor de éxito y un escritor fracasado es esa, amigo. El fracasado utiliza la mañana para trabajar, para conseguir dinero para tener una casa que en realidad solo sirve para seguir escribiendo por las tardes. Así que si usted ve a un escritor con mujer, sin duda alguna se trata o de un escritor de éxito que tiene tiempo para escribir y tiempo para su mujer o de un escritor que no escribe. Los fracasados no podemos permitirnos perder el tiempo y menos con mujeres.

Hablamos de toros casi todo el tiempo. Cliff no tenía ni idea de toros, pero había leído Fiesta, de Hemingway y tenía que dejarlo claro. Fue Henry quien le jodió la noche cuando le contó la corrida de toros surrealista de Dalí que había escuchado a Esplá. Dalí quería que dos helicópteros caracterizados como dos enormes seres alados se llevaran el toro muerto, chorreando sangre por encima del público, hasta Montserrat, donde finalmente se lo comerían los buitres. A Cliff se le cayó la ale de las manos. Notaba que se estaba poniendo enfermo con la idea. Si una corrida de toros puede parecer algo brutal, inhumano, cruel, esto era la guinda del pastel.

Decidí ir a por Helen, que estaba encantada con todo. Me hizo pasar al baño y mientras me daba las últimas instrucciones de protocolo sacó un prendedor del bolsillo, lo sujetó en los labios mientras echaba la cabeza hacia atrás y sujetó su cabello con ambas manos para hacerse una coleta. Helen sacó una goma del bolso, se la ató a la altura de su bíceps izquierdo y tiró fuerte de un extremo con los dientes. Posó una cuchara, saca el caballo y lo encuentra. Lo mezcla, la jeringa lo absorbe como un insecto absorbe su néctar. Me recuerda que mañana teníamos no se qué brunch y que no llegara tarde. Se miró en el espejo y en ese anochecer, en ese mismo escenario, sin ocultarse, se metió toda la heroína que pudo. Me dió un beso de niña inocente y acto seguido hizo la sesión de fotos, como una profesional, con esa sonrisa indecente de morfina que arrebataba a toda Inglaterra y la metieron en el taxi camino al West End, hacia un soho sin luces donde los turistas vomitaban por el calor y las suelas de goma se quedaban pegadas al asfalto de Charing Cross Road. Solo había sombras, voces en off suspirando, su cara en posters por todos los lados, olor al kebab de Tottenham Court Road, la vida en pause. Ella revisaba su bolso mientras su agente hacía la última llamada. Estaba todo: las gafas de sol, la coca, la pistola con la que se reventaría un día la cabeza y la foto de su hermano. Helen bailó como una loca, descoordinada, con los brazos arriba y la boca dibujando una u que no acaba de surgir. Parecía un chimpancé drogado con el vestido más caro de la fiesta. Era un vestido gris, largo, de noche. Gris, largo, noche…el vestido era como ella.

En mi taxi suena Summertime, de Ella Fitzgerald. En el 299 de Portobello Road, huele a Martha.

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