Las emociones salvajes

shell-shock

Durante la Gran Guerra, miles de soldados sufrieron una extraña enfermedad conocida como fatiga de combate o shell shock. Me gusta más shell shock, deja entrever con más rigor la realidad de la patología: un caparazón protector que separaba sus mentes del dolor que suponía la realidad tras haberse expuesto a bombardeos constantes, al ruido de la muerte, a la atrocidad de las trincheras expulsando sangre y bilis.

Este caparazón no era físico sino más bien un aislamiento mental que incluía “mutismo, parálisis mezclada con repentinas convulsiones musculares, falta de concentración, insomnio extremo y desinterés por todo”. Pero la sintomatología más increíble de este caparazón no era ninguna de las anteriores si no el hecho de que todos los enfermos desarrollaran “una extraña e inquietante sonrisa que -por alguna razón desconocida- hacía que el que les mirara desarrollara de modo automático un incontrolable sentimiento de amor, tristeza y compasión por ellos”.

Dice Sabina que lo peor del amor cuando termina son las habitaciones ventiladas, pero yo creo que hay cosas peores en el fin del amor. Es peor ver la carne quemada, es peor el abandono a tu suerte, olerte hacia dentro, hacerte reversible. Es peor el alzheimer emocional, la indigencia moral, la humedad podrida de los huesos, la pérdida de los tonos pastel, un old-fashioned antes de comer. Es peor la sonrisa que se te queda, esa sonrisa inquietante, ese caparazón emocional, esa cara de tonto aterrado. El exilio interior es lo que queda cuando se agotan los lugares a los que huir.

Los síntomas del shell shock también se manifiestan en personas que han estado expuestas a constantes peleas, ruidos y violencia verbal en el núcleo familiar, generalmente en niños, y yo creo que una persona abandonada no es más que un niño intentando trepar por el cordón umbilical de vuelta a un útero que te odia. Es el sufrimiento fetal de un intento de aborto que ha salido mal y finalmente tiene nombre y dos apellidos. Amar tiene consecuencias. No se ama por hobbie, no se va al amor como las viejas van al macramé, no se viene a la vida para pasar el tiempo. Amar deja cadáveres, generalmente el tuyo. Esto no es diversión, es un grito desesperado, es el llanto de un sordomudo.

Pero “¿saben cuál era el síntoma más inaudito, apasionante, mágico, hermoso y celestial de los soldados aquejados por el “shell shock”? Que cuando un soldado detectaba esta clase de psicopatología en otro soldado enemigo, ambos se miraban, paralizados, y no se atacaban el uno al otro”. Yo me imagino la escena y creo que ese encuentro no es muy diferente a vivir, y que combatir no es muy diferente a haber amado. La risa es el shell shock nuestro de cada día y mirarse al espejo es firmar la paz con el soldado de enfrente. Reír a lágrima viva, llorar a carcajada limpia.

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