Tren de corto recorrido

Compartimento C, coche 293 1938 r

No solo creo en el amor a primera vista; creo que es el único que existe.

Ella tenía cara de sueño y una bolsa de El Corte Inglés. Se sentó frente a mí, en una de esas mesas de cuatro que tienen ciertos vagones para nuestra alegría cuando la que se sienta es ella. Cada movimiento tenía clase. Segura de sí misma, veintipocos, media melena oscura, perlitas, gafas de pasta solo para leer, pulsera de UNOde50 en la muñeca que sostenía su cabeza dormida. Cuando despertaba, mostraba unos ojazos brillantes y oscuros, como de opositora cansada. Blusa clara, trench beige abierto con botas a juego, botella de agua rosa. Una mezcla entre Cindy Crawford y la Virgen María. Mi cabeza decidió que se parecía a su padre.

Durante las cuatro horas de viaje me dio tiempo a enamorarme, a imaginarme la vida a su lado y a recorrer Manhattan. Le enseñé mis salas preferidas del MOMA, tomamos café en la Terrace 5, prendimos la chimenea en los Pirineos y le pedí que no fuera tan seria mientras pasaba las horas muertas estudiando en mi casa, que ya era suya. Comimos en Ibai y tomamos te en Mayfair. La llevé al altar en los Jerónimos y vi cómo me sonreía cuando le insinué que me encantaba su manera de cantar.

Cuando estaba en lo mejor de esta historia, ya entrando en Castilla, llamó su novio. David, creo. La sacudida fue enorme. El amor de mi vida resultó ser una persona muy fría, dura, pragmática. Hablaba como resolviendo raíces cuadradas, miraba como Merkel y dudo que hubiera entendido jamás mis versos tristes de enamorado. “Cada vez se parece más a su padre”, pensé. Tuve que dejarla, a mi pesar, pero era necesario romper el sueño antes de cantarle la Salve.

Se lo tomó bien. En realidad no creo que le importara mucho. Creo que se lo esperaba. No solo creo en las rupturas a primera vista; la mayor parte de las veces son las únicas que existen.

 

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