El síndrome del tertuliano

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Hemos crecido en una sociedad debilucha y nos hemos adaptado a un zeitgeist que prima el espíritu crítico frente a cualquier cosa, frente a la humildad, frente a la conciencia de las propias limitaciones, incluso frente a la propia racionalidad que te dice cuál es tu lugar y –sobre todo- cuál no lo es. El espíritu crítico desbocado crea personas egocéntricas, soberbias y de una arrogancia insoportable. Hace pensar a las personas que todas se encuentran en el mismo nivel, que es todo cuestión de opiniones, que todas son igual de respetables, que para gustos los colores.

“A mi no me gusta nada Rothko”. No, lo que pasa es que no entiendes a Rothko, su contexto, sus influencias, su espiritualidad, su manera de entender lo sobrenatural en un espacio de posguerra, su manera de abstraerse para expresar emociones, qué sé yo. Por otra parte, a nadie le importa una mierda que no te guste Rothko, porque la realidad existe con independencia del punto de vista del observador y la realidad de Rothko es la que es aunque tú, querido taxista de Ciudad Real que pasaba por allí aquel día y te crees con derecho a ser crítico con Rothko, no lo veas. Rothko no está para gustarte a ti, ni tampoco para no gustarte. Entra a esa sala, aprende, acércate desde la humildad, no juzgues, esto no es un pasatiempo y pasar por una expo no es ir a Zara y pasar por cuadros como quien pasa por jerseys. “No me gusta, no me gusta, no me gusta. Mira, este sí”. No va de eso, no estás eligiendo cuadros para tu salón. Y no, eso no lo hace tu hijo.

“No me gusta la interpretación que del delito de rebelión hace el magistrado Pablo Llanera a través de su auto”. Claro, querido publicista con bigote, a todos nos interesa muchísimo tu visión particularísima de la rebelión porque, como todos sabemos, hay que ser críticos y al fin y al cabo, cada uno es cada uno y tiene su cadaunadas y si la función de la mesa del parlament es deliberativa o normativa es algo que no tiene misterios para ti, que para eso eres un ciudadano critico y sabes tanto como un magistrado del Supremo. O al menos tu manera de verlo es igual de respetable.

Mira, amigo, te diré algo. No te puedes acercar al arte para criticarlo. Al arte debes acercarte para buscar, no para encontrar. Al arte debes acercarte sin espíritu crítico, debes aprender de los que son mejores que tú, más sabios, más inteligentes, más sensibles, han visto más, han pensado más, han viajado más y han trabajado más que tú. Mete cosas en esa cabezota, intenta comprender, limítate a eso. Comprender es perdonar.

No puedes discutir de tú a tú acerca del delito de rebelión con un magistrado. Ni puedes discutir de fútbol con Lopetegui, de cáncer con un oncólogo ni de relaciones internacionales con un diplomático con info del CNI. De verdad te lo digo, ser crítico no está tan bien como te han contado. La humildad es saberse pequeño, insignificante, reconocerse perdido, y así acercarse al otro como quien se acerca a un maestro. Ponte de su parte, hazte invisible, escucha, intenta entender, intenta aprender algo y fíate, tío, que no eres mejor por hablar a gritos del 155, de lo rarito que es Francis Bacon o de que tu madre cocina mejor que Adrià. Hay que hablar menos, callar más, ser menos críticos, volver al mérito, respetar al que sabe más, relajarse un poco, ponerse en manos de Dios, echarle valor y mirar de frente la extraña belleza de esta mañana de otoño. Y nada más.

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