Caballeros

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Ser un caballero no es fácil. Se trata fundamentalmente de hacer lo contrario de lo que te apetece en cada momento. Que te apetece sentarte, tú de pie. Que te apetece ponerte pantalón corto, pues traje. Que te piden un vaso de agua desde la otra punta de la casa, pues lo llevas, pero con plato, bandeja y servilleta. En realidad, se trata de auto exigirse al máximo, sobre todo cuando no hay público o el público que hay no está entrenado para detectar ciertas cosas. Hay que hacer todo bien hasta que nadie te entienda o, mejor aún, hasta que solo te entienda el que vea tu actitud como lo normal y, por lo tanto, no tenga halagos que ofrecerte. En el fondo, ser un caballero es actuar regido por un código propio que ni si quiera tú eres capaz de explicar. Es una voz que te tira de las orejas. Un mandato autoimpuesto para escapar del olor a sardinas de la vida en la frontera.

No todos pueden serlo porque para ser un caballero se necesitan referentes. Es tan fácil como intentar copiar la manera de hacer de ciertas personas. A algunos les viene en los genes, de modo innato. A mi no. Yo me esfuerzo cada día en no ser yo mismo para poder, así, ser alguien digno de mi propio respeto. El truco es pensar qué haría tu padre, cómo se comportaría tu abuelo, que haría Albéniz o qué diría Azorín para, así, intentar plagiar sus actitudes, hasta que supongan en ti un movimiento mecánico. Esto se entrena cada día. La caballerosidad depende de Dios, pero también del barman. Más importante que donde trabajas o con quién duermes es tener un barman que te enseñe a beber como el señor que ya eres y aún no sabías. Solo se trata de darle plenos poderes para ese acceso a la elegancia de los excesos contenidos y no subtitulables al español vulgar. Es Dios quien llama, pero Juan el Bautista quien quita el pecado.

No todas las mujeres entienden a un caballero porque no todas son capaces de entender una censura autoimpuesta, un silencio auto inflingido, una renuncia voluntaria a la felicidad evidente. Dedicar tu vida a algo, a una cosa, es un error. Pero dedicar tu vida a alguien, a una persona, es un error sin solución. Si algo desprecio con todas mis fuerzas son las chicas que se emocionan con los poetas de la noche, con los artistas de la nada, con las piscinas fluviales, con la rumba popular, con el prosecco de Mercadona, con los hombres con escote, con el nihilismo cafre y con los dildos de polla de negro para su futuro oscuro. Pero desprecio aún más a los hombres obsesionados con agradar y dedicar su vida a ese tipo de chica. No saben que son insaciables, que nunca se logra, que la insatisfacción no se cura…Por ello, se trata justo de lo contrario. De no dar explicaciones, de desagradarlas, de no hacerse entender, de irse, de distanciarse, de sentarse en la otra punta, bendecir la mesa y de dejar que aten sus menguados talentos a sus menguadas esperanzas. Nunca va a funcionar porque la historia nunca ha ido de eso. No se enteran de nada.

Siempre he pensado que ser escritor es tener algo que decir y no tener a quién decírselo. Por ello, donde otros ven el mar yo veo un artículo: donde otros ven una galería de arte, yo veo un artículo. El problema es que donde otros ven amor, yo solo veo un artículo. Esa incapacidad para disfrutar de modo directo, esa necesidad de pasarlo todo por el velo de la experiencia para contarlo con estilo, con arrugas en el lenguaje, con el tamiz húmedo de la mirada malherida…es Dios dando sentido a tu dolor. Y por ello, el estilo es sagrado. Y solo a él nos debemos.

 

 

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