España

1879311

Nunca había tenido un especial orgullo de mi patria. Mi sentimiento español siempre se había mantenido en niveles muy bajos. He de decir que tampoco he sido nunca un anti español ni nada que se lo parezca; simplemente llevaba mi nacionalidad con naturalidad, como quien lleva un nombre compuesto, un signo del zodíaco o el color de pelo, como un hecho administrativo, como algo heredado, no elegido, como algo que no puede cambiarse, que no es decisión del individuo y que, por lo tanto, no merece ni mayor sentimiento ni de orgullo ni todo lo contrario.

Esto no era causado por un revisionismo histórico ni por una asunción total o parcial de la ya totalmente desacreditada leyenda negra contra mi país. Lo mío era fundamentalmente desprecio por muchos de mis compatriotas. No era España el problema en mi delirante cabeza adolescente -hija del tardofelipismo- sino mas bien los españoles. Me sentía rodeado de gente vulgar, maleducada, de gente débil, poco trabajadora, poco heroica; gente agresiva verbalmente, nihilista, muy lejos de lo espiritual, terriblemente alejada de esa virtud que reside en la cultura (la de verdad, no la mierda que os muestran), en las formas, en el arte, en cierta manera de entender la gastronomía y de estar en la vida. Dicho de otro modo: España era un país repleto de gente perdedora, que miraba al estado como yo miro a Dios. Ahora que escribo esto me doy cuenta que quizá todo ello ayuda a explicar la permanencia secular del felipismo, que no se puede entender sin el franquismo del que brota. Al igual que los visigodos asumen las instituciones romanas y las ocupan, el felipismo nace para canalizar en democracia las necesidades dejadas por un régimen paternalista. Pero el pueblo es el mismo y el estado ocupa el mismo lugar; se mira a Felipe como antes se miraba a Franco: como el polluelo de águila mira al águila o el capullo mira a la rosa. Pero esa es otra columna.

Lo que venía a decir hoy (intentaré ser breve que tengo que salir a la Dehesa de los Canónigos a disfrutar de mis amigos, del vino, de mi tierra y de la inabarcable obra de Luis Pérez) es que estaba equivocado. Este verano he estado con mi heredera en Breda (lo que hace uno para no salir de Castilla), viendo esa Spanjaardsgat o puerta de los españoles, por la que Spinola dejó salir con honores militares al pueblo de Breda tras un sitio de varios meses, tomándolo sin una sola baja en el bando flamenco, sin saqueo y sin humillaciones. Y hablamos con sus gentes. Recordemos que este es el epicentro de la leyenda negra, el núcleo de los Oranje-Nassau. Nos dijeron que hacia mucho tiempo que no veían a un castellano por allí. Para mi sorpresa, no solo nos trataron con mucho respeto sino con cierta fascinación y ni un ápice de odio o recelo. Un cierto honor, no tenemos tan mala prensa. Nos dejaron ver (por el hecho de ser españoles) una réplica de Las Lanzas que conservan en su ayuntamiento. Y a la vuelta fuimos al Prado a ver esa puerta de los Españoles, esa escena de Breda pero en su versión original, la de verdad.

Y allí sucedió todo. Mi primer Stendhal. La realidad es que allí, delante de Velázquez, de Spínola, de Felipe IV, de Alatriste… me dio por llorar. Fue un llanto incontenible, unas lágrimas de hombre contenido, unas lágrimas de la mano de una niña. Unas lágrimas de respeto a mi gente, a mis antepasados, a lo que mi pueblo ha sido; fue un recuerdo de la Breda que acababa de dejar y es que Flandes fue un infierno. Ganamos, claro (ganaron los Habsburgo), pero incluso los vencidos nos recuerdan con respeto. Y me dio por pensar en Lepanto, en América, en Filipinas, en Italia, en San Quintín, en las Navas de Tolosa, en Trafalgar y en todas y cada una de las batallas ganadas y perdidas que viven de modo latente en mi sangre, en nuestra sangre, en la de todos, porque si estamos vivos es porque toda nuestra cadena de antepasados salieron vivos de allí. Con que uno hubiera fallado hoy tú no estarías aquí. Dios mío.

Luego escuché un himno de España en un evento deportivo y sucedió la catarsis. No, amigos. Esa bandera y ese himno no son cosas de fachas ni representan como creía lo peor de un pueblo, esos parásitos ruidosos. No es el pollo, no es Rufián. No es Aznar, no es Franco, no es Fernando VII. Es un modo de ver el mundo, un modo de entender al hombre, una manera de ser y de estar. Por eso, cada vez que suene ese himno y vea esa bandera yo recordaré quienes son los míos, de quién soy heredero. Esa bandera significa nuestro pasado común pero también el pasado de cada familia. No es fracaso, es Velázquez, es Goya, es Lorca, es Cervantes, Ribera, Picasso. Es Unamuno, es Juan Ramón, Séneca, Quevedo, Lope, Calderón, Albéniz, Dalí, Juan de Austria y Ramón y Cajal. Es Gaudí, Falla, Machado, Miguel Hernández, Teresa de Jesús, Isabel I e Iñigo de Loyola.

Pero esa bandera son también tus abuelos, bisabuelos y los miles de ancestros que la han defendido en Cuba, en Manila, en el Sahara, en Flandes y en Turquía para que tú hoy puedas decir chorradas en twitter. Y para que puedas indignarte de modo impune por ver tu bandera y escuchar tu himno. Es una pena pero alguien tiene que decírtelo: no odias España. En el fondo quizá te odias a ti mismo. Y siento decir que te comprendo perfectamente.

Feliz día de la Hispanidad.

 

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