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(Esta columna fue publicada originalmente el 18 de diciembre de 2018 en El Norte de Castilla).

Jesús Nieto Jurado es el último de una raza de periodistas con más arte que Rafael de Paula en una tarde en el Puerto. Se rompe con el toro y con la pluma, y lo cuenta todo como quien pega verónicas, y mira que le dije que yo iba de incógnito a esa comida que relató el domingo en páginas de El Norte, pero por lo que veo solo faltaban los paparazzi. Nieto es como es, le queremos y yo quedo con él cuando me lo pide por si en una de estas se me pega algo al estilo. Él dice que hablamos del mundo frente a una parrillada, pero en realidad hablamos de la lotería frente a un plato de sushi, que es el nuevo melón con jamón. Todo surgió porque yo le dije que mucha gente es como es solamente porque no puede ser como realmente quiere ser. Es decir, que lo que vemos es solamente el “plan b” y que si pudieran serían como sueñan, convirtiendo el mundo en un lugar horrible lleno de calor, sandalias, pantalones cortos y cerveza con gaseosa. De la horterada del sushi ya ni hablamos.

La lotería -le decía- tiene ese punto mágico que el español necesita para cambiar su vida, un cambio que no dependería de él, de sus decisiones y de su esfuerzo, sino de un golpe de suerte. Así, escuchamos estos días “si me toca, dejo el trabajo” o “pago a mi hija la carrera en Estados Unidos”. Bueno, esto último poco, aquí somos mas de quitarnos las arrugas que los complejos. Querer cambiar tu vida sin hacer nada para que eso suceda, implica que no es deseo sino delirio, son solo ensoñaciones, no te lo tomas en serio. Y, sobre todo, dejar la responsabilidad de tu felicidad a lo que suceda este sábado es una manera genial de tirar balones fueras y de no asumir ni una responsabilidad. En el fondo, es eximirse de toda culpa en el devenir de los acontecimientos. Ponen a los hados al mando para que algo cambie, porque por si mismos se reconocen implícitamente incapaces. No han sido educados para entender que ellos son los responsables últimos de su situación actual y de la futura. No, tu vida no la va a cambiar un niño de San Ildefonso sino una decisión íntima y personal. No es el bombo sino el esfuerzo, la voluntad y el sacrificio, es decir, trabajar más y más inteligentemente que el resto. Hacer pensar a la gente que su vida solo puede cambiar a través del azar es el éxito absoluto del mal frente al bien, de la pereza frente al talento, es la victoria de la vulgaridad, de la mediocridad, del victimismo y es una carta de amor al fracaso.

Es curioso que la misma gente que se siente incapaz de coger al destino por los cuernos, es la misma que cuando ve a una persona que ha triunfado, achaca todo mérito a la suerte. Es decir, no infieren un juego de causas y consecuencias, sino de azar. Y esto es la base de todo mal. Hemos perdido el heroísmo para entregarnos a la vida plana, para tirarnos al barro. Yo me niego a aceptar que la vida es lo que va llegando. En toda vida hay situaciones difíciles, puntos de partida complicados, momentos trágicos y dificultades. Muchas no dependen de ti. Pero cómo reacciones ante ellas sí que depende de ti, y tú decides si quieres pagar la carrera a tu hija en Estados Unidos o si quieres dejar el trabajo para emprender un proyecto por tu cuenta. Solo depende de tu capacidad para aportar valor, para generar riqueza y para servir a los demás. Por cierto, que para ser lo que quieres ser no hace falta un décimo premiado. Puedes empezar hoy mismo, este economicismo con el que miran al mundo es tremendamente errático. Nuestros valores no dependen de nada, lo primero es ser y luego ya veremos si logramos tener. Pero por tus propios méritos, no por delegación de tus responsabilidades en la lotería.  Uno solo es quien quiere llegar a ser. Don Quijote en el capítulo V dice “Yo sé quien soy” y esa es la máxima aspiración, ya que decir “yo sé quien soy” implica decir “yo sé quien puedo llegar a ser”. Como ejemplo, Nieto Jurado es un castellano que nació en Málaga y que escribe como otros sueñan. Para ser quienes queremos, a algunos no nos hace falta lotería.