TRAZAR A RAFA VEGA

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(Este artículo fue publicado originalmente en El Norte de Castilla, el día 8 de enero de 2019).

Al salir de la exposición de Rafael Vega en el Patio Herreriano me atacaron las dudas y el hambre a partes iguales. Lo segundo lo pude atajar con una visita al restaurante donde lo conocí casualmente esta Navidad, aunque ambos íbamos disfrazados -él de Sansón, yo de Magnífico Margarito-. Lo de las dudas es más complicado porque a medida que escribo estas palabras –ya de Peláez a Vega- siguen creciendo, y es que ProLogos -que así se llama la expo- crece a medida que te alejas, como el recuerdo de la infancia, como el amor cuando termina. He tenido que reposar las sensaciones unas horas porque, en mi opinión, estamos ante una muestra brillante de un artista grande. Y aquí viene la primera duda. ¿Vega es artista o escritor? Dicho de otro modo, ¿es ProLogos invención plástica o idea literaria?

Decía Odilon Redon que la composición literaria no produce impresión alguna, que su efecto reside únicamente en las ideas que genera y que surgen mediante el recuerdo. Sin embargo, en la obra pictórica, esas ideas que las palabras pueden expresar quedan subordinadas a la impresión que produce lo plástico. Pues bien, Vega expresa ideas literarias acerca de la naturaleza y la vida -incluso acerca de la política- mediante una reflexión basada más en la memoria que en la observación y en el análisis, es decir, más en el recuerdo -como un poeta- que en lo plástico -como un pintor-. No es una forma de hablar, yo he visto una bandada de estorninos, un arañazo en tu espalda, un haiku de año nuevo, una pintura de Altamira, un junco erguido sobre el paisaje helado, un Apostolado de Giacometti y un intento de construcción caligráfica -esto es pictórica, esto es literaria-.

Hay recuerdos de Brossa o de Madoz en esa media sonrisa que surge cuando crees haber comprendido algo y es que Vega cree en la línea como yo creo en Dios y me parece lógico, puesto que -según Juan- en el principio existía el Verbo – del original griego Logos, que en esa cosmovisión se entendía como el puente entre el Dios trascendental y el universo material, es decir, una unidad de la realidad -acaso Lo real en si mismo-. Así, si no hay nada previo a Logos, ¿de qué va esto? ¿Estamos viendo lo más puro, la esencia en sí? ¿Es entonces Vega un paisajista? ¿Es un calígrafo creando representaciones simbólicas de conceptos abstractos?

Lo primero es el lenguaje, el concepto de esencia, de substancia, de la cosa en sí, que es lo que Rafael Vega traslada. Lo esencial es lo real y lo real está excluido del lenguaje, pero al transferirlo a lienzo, ya es lenguaje, ya es un intento de comprenderlo en lo simbólico. ProLogos sería así un intento de orden y Vega mitad Dios mitad hombre de las cavernas. Y un hacedor de vacíos, como Oteiza. Si el vasco hablaba de su escultura como un espacio desocupado del que ha desaparecido la masa, Vega quizá lo lleve a la pintura, que sería el vacío que había en el mundo antes del trazo, en el momento inmediatamente anterior a darnos cuenta de la belleza melancólica de la realidad de este año nuevo. Recordemos que un punto es lo que no tiene dimensiones y una recta es una sucesión de puntos. Un trazo de Vega, mucho me temo, es una sucesión de rectas que se quiebran en su descenso, y yo atisbo en ello una necesidad de salvación con la tinta que le sobra al humor. O quizá sean solo las ganas de que tengo de salvarme. No me hagan mucho caso.

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