Nieto: un profeta en su tierra

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Las sopas castellanas que nos pusieron después en el Café del Norte fueron antológicas. El caldo, trabajado cuidadosamente; las lascas de jamón, de textura perfecta, aportaban un toque salado mágico que impregnaba el paladar de referencias. El pan de Valladolid -como mandan los cánones; de ayer,  bien cortado, dimensión perfecta- se distribuía en un cuenco que -más que una tapa- era una oda al mediodía; supongo que por eso estuve a punto de rezar un ángelus mientras se remataba el concepto de plato con ese recuerdo de sofrito que asomaba en un segundo plano de modo discreto, leve, prácticamente pidiendo permiso.

Comento todo esto ahora para que Nieto me acuse con razón de apuntarme (sic) “a esa forma contemporánea de esnobismo columnil consistente en decir que se come muy bien en el restaurante tal, así, sin venir a cuento” que me espetó ayer y cuyo guante recojo pensado que la mejor manera de homenajearle es darle la razón de primeras para así, una vez relajada mi inevitable pulsion snob y domesticados mis irrefrenables instintos a las referencias culinarias, de paso a lo que importa, a lo que venía yo a contar, que no es otra cosa que el exitazo que ayer nuestro querido amigo recogió de su tierra, como los profetas de verdad, los que valen la pena.

Nieto inauguraba su exposición “Valladolid se dibuja con dos líneas” en la sala de exposiciones del Teatro Zorrilla. La expo es una gozada y la recomiendo fervientemente, como todo lo que hace Nieto. Cuando una estrella se pone, se pone y Nieto es una estrella que brilla en todo lo que hace, excepto quizá en la crítica culinaria a destiempo, rama despreciada por el mito. Porque quiero que sepan que Nieto es un mito, un mito con mayúsculas y no solo de la viñetas; no solo es una figura inabarcable del humor gráfico de este país. No. Nieto es mucho más que eso. Por ejemplo, quiero que sepan que Nieto también escribe mejor que cualquiera de nosotros. Su obituario de Tomás Hoyas aún resuena en muchos corazones y uno se pregunta dónde acaba su talento, de donde saca tanta razón, cual es el origen de su clarividencia y cual es su límite, porque creo sinceramente que no lo hay. Es posible ser sublime sin interrupción, y yo doy fe de ello, porque creo que hablar con Nieto es tal chute de inspiración que debe ser considerado dopping intelectual.

Yo le conocí en septiembre, creo. Nos presentó Guillermo Garabito en una de esas reuniones que organiza mejor que nadie y que une talento y leyenda negra a partes iguales. Y Nieto me asombró entonces como me sigue asombrando cada día. Su visión de las cosas, su ironía tan fina como su trazo, su íntimo conocimiento de lo castellano, su humanidad sin límite, su honestidad brutal, su realismo de carcajadas internas, casi sordas, tan sordas como las lágrimas que no acabaron de salir de sus ojos al terminar su discurso, y solo faltó un pelo. Menos mal, Nieto, porque yo tenía los ojos rojos y estaba apunto de coger a las ratitas y llevármelas a casa fingiendo una llamada cualquiera para disimular el llanto que asomaba a media sala y que no nos vieran. Tenemos una mala reputación de la que cuidar y es sabido que las ratas siempre seremos las ultimas en abandonar tu barco. Dios te bendiga, amigo.

 

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