1816

ASDASDASD

En 1816 no hubo verano y la avena no creció en nuestros campos, que parecían pintados por William Turner. Los caballos pasaban hambre, pero nosotros no, Elizabeth; tú hacías magia cada mañana, tú inventabas el alimento como inventaste todo lo demás. Aún puedo ver tu cabello negro y esa sonrisa inabarcable resplandeciendo en la puerta principal de nuestra casa en las llanuras de Colorado durante ese agosto gélido. Tu vestido blanco largo, tus ojos como una fábrica de colágeno, la dentadura perfecta, aquel sombrero colonial y nuestra mejor yegua. Las obras del ferrocarril a lo lejos, los girasoles buscando sol como yo buscaba patria, las ochenta vacas flacas y las niñas, que cada noche pasaban horas frente al fuego y el trozo de espejo, peinándose justo antes de dormir. No se descansa bien con el pelo enredado, decías. Te encantaba contarles las mismas historias inventadas. Las tres iguales a ti. Las cuatro decentes, honradas y trabajadoras. Todas igual de bellas y ninguna del mismo modo.

La pulcritud de la mesa, el mantel de aquel blanco imposible, las ofrendas en la iglesia los domingos, la familia junta para rezar cada tarde, los perros en el porche, el pan de centeno y la invitación a pollo asado al reverendo Robert Walker. El frío de las Rocosas congelando la nuca, el lago helado y dos malos poemas por terminar en el bolso derecho. En el izquierdo una tosca cruz de madera. Entre ambos, el revolver cargado, por si volvían los franceses. En tu lado de la cama, los mismos libros de Jane Austen y Thomas Shepard. En mi lado, las mismas ganas de siempre de elevarte a los cielos con mis propias manos. Nunca te vi otro gesto que la sonrisa. Nunca una mala palabra, nunca un reproche, nunca imaginé una compañera como tú. Yo solo pretendía estar a la altura y por ello callaba mucho, callaba siempre. El silencio oculta la incultura, los bolsillos las manos gastadas y el sombrero, la timidez, los acentos duros y las miradas blandas. Pasaba las tardes en el granero y cuando no estabas sacaba el banjo de entre el heno para terminar la canción que te prometí acabar. Jamás me dio tiempo y en realidad tampoco quise hacerlo. No conozco aún el final.

Cuando la mayor se enamoró del pequeño de los McKinsey pensamos que la vida seguía su curso. Cuando la mediana nos dijo que quería visitar el condado de Logan, terminé por entenderlo. La pequeña Maggie pinta cada día la belleza este paraíso terrenal de pobreza, frío y fe en lo sagrado. Los días de fiesta hay acordeones en el mercado. Todo pasa despacio, la vida sucede a cámara lenta en el agosto de 1816. Inventamos canciones y paseamos por las llanuras frías del agosto de Colorado. Jamás sentí tanta calidez como a tu lado en aquel año sin verano.

 

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