Pucela en llamas

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Acaba este puente en el que mi ciudad parece una distopía, como Mad Max, como Comala, como un paisaje lunar tras una bomba atómica que solo hubiera dejado este calor luminiscente. Pasan cosas raras, yo un año, para ver a alguien que conociera, tuve que ir a El Berlín a abrazarme con Rubén, que era mi único vínculo con la sociedad pre holocausto. Dentro de las cosas raras, sin ir mas lejos, ayer vi a un padre de familia, aparentemente normal, aseado, limpio, conduciendo el carrito de una niña que supuse su hija. No creo que tuviera más de 45 años, la escena era amable y todo fluía con una aparente sensación de normalidad si no fuera porque mis ojos atisbaron que ese señor, ese caballero, ese padre de familia que hasta entonces parecía normal, vestía con un pantalón corto, muy corto, extremadamente corto. Si un pantalón corto ya sería de por sí algo escandaloso en un varón de más de 12 años, no quiero contarles lo que pensé al ver un pantalón realmente corto en un padre de familia aparentemente socializado y civilizado. Pobre niño, pensé. Porque en realidad, la cosa no acaba ahí, es bastante peor: el hombre tenía las piernas totalmente depiladas, como un ciclista de la Française des Jeux subiendo el Tourmalet: brillantes, morenas, súper hidratadas y fundiéndose en unas chanclas que dejaban al aire su muy ibérico pinrel. Desde luego, las piernas del señor poco tenían que envidiar a las de una top model danesa. Y entonces vi el remate, la traca final: nuestro querido “piernas-largas” llevaba un tatuaje en el gemelo, uno de esos tatuajes pequeños, sencillos, discretos, con recuerdos arabescos y unas letras que formaban seguramente el nombre de su hija que, la verdad, no sé por qué tienen que apuntárselo, a mi me resultó relativamente sencillo aprenderme el nombre de la mía.

Pantalón corto, chanclas, depilación, tatuaje. ¿Qué será lo próximo? No obligaré yo a la manga larga -aunque sin duda hay motivos para ello- y admito que quizá la horca sea algo excesivo para este tipo de terrorismo, pero sí que les pediría un ejercicio de contención, un esfuerzo por mantener la dignidad del varón veraniego. No me imagino yo a John Wayne en pantalón corto. Ni a Pérez-Reverte ni mucho menos al mismo Jep Gambardella. Seamos serios, por favor, que hay niños mirando.

Quizá algo tenga que ver en mi delirio que la calle en la que me encontraba no era una calle más sino la calle López Gómez de Valladolid. Yo pienso que la vida es lo que te sucede mientras cruzas la calle López Gómez de Valladolid, que es como atravesar el Sinaí tras Moisés, con la diferencia de que al profeta al final se le abrieron las aguas y a mi lo máximo que se me va a abrir son las carnes buscando una sombra como un zahorí busca el agua tras la interminable presencia de Piernas Largas. Yo conozco a gente que se ha sacado notarías en el tramo que va desde Núñez de Arce a Fray Luis de León, calles que en realidad todo vallisoletano confunde, y es que esta calle a las tres de la tarde, en pleno mes de agosto me recuerda a El Llano en Llamas, de Juan Rulfo, o mejor aún, a Pedro Páramo, que también de eso tenemos por aquí, llanos, páramos, ánimas en pena, caballos desbocados, semáforos que lloran, piernazas interminables y psicodelia abrasiva. En un rato buscaré refugio y pediré asilo político en la misa de una de San Benito. Por supuesto, con pantalón largo y camisa. Quizá esa sea nuestra única patria.

(Esta columna fue publicada originalmente en la contraportada de El Norte de Castilla el 18 de agosto de 2019. Click aquí)

 

 

 

 

 

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