Fiesta

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Dejemos claro que uno lo ha dado todo en ferias durante su juventud y cuando digo todo, quiero decir todo, pero sucede que, de repente, un día, un día normal, un día como tantos otros, te ves así, como yo, despotricando de las ferias con el gesto torcido y ese punto de fariseísmo que la edad aporta al vicio, huyendo de los peñistas, evitando las casetas, bordeando la ciudad por una M30 imaginaria para que el blanco nuclear del vestido de tu hija no se vea perturbado con la mácula del olor a derrota que tiene el alcohol cuando no es tuyo.

La noche -como la tierra- de quien la trabaja y yo no tengo ni el cuerpo ni el alma ni el corazón para reggeaton y calimocho. Ahora veo de lejos a esos jóvenes vigoréxicos con peinados imposibles y tobillos infinitos y esas chicas con cara de llamarse Rosalía que te llaman ‘señor’ como quien lanza guadañas y soy consciente de que este es su momento como otro tiempo fue el mío. Luego, a cambio, la mañana, que es mía, tanto como lo es su recompensa en forma de superioridad moral. La soberbia que da pasear ‘El Norte’ y una barra de pan por las calles recién pintadas, con el frescor que trae consigo el tedio, buscando controles para alargar el muletazo del ‘cero-cero’, sabiendo que la chica que te llamaba señor aún no se ha acostado, que el chico de tobillos imposibles apura sus opciones y que las mangueras del servicio de limpieza expiarán un poco más tarde el pecado de todo Israel con su bautismo a presión.

Yo ya he vivido todo eso antes, pero con tobillos tapados, peinados justitos de glamour y chicas que entonces no se querían parecer a Rosalía sino a Kate Moss y a Liv Tyler y ahora veo las ferias como uno de esos libros de ‘Elige tu propia aventura’ en el que ya has vivido muchas veces todos los finales. Quedan otras ferias, es verdad, las de toros, teatro y restaurante; esas del ocio adulto, serio, sensato y responsable que no hay dios que soporte porque, en el fondo, lo que queremos es volver a mirar a la noche a la cara, sabiendo que no tiras con balas de fogueo sino con balas del calibre 300, como antes, y que cada noche no es, como ahora, la posibilidad de una resaca como la playa del Sardinero sino la posibilidad de un amor intenso e improbable que se hará inolvidable en octubre y terminará congelado con la primera cencellada. Hay lugares de los que no se vuelve y cada septiembre viene a recordarnos que no somos más que aquellos chavales con la vida por delante, que el desencanto es un disfraz, que todavía el corazón late y que mientras haya ferias volveremos a disolvernos en ese territorio de jóvenes con tobillos infinitos y chicas con cara de llamarse Rosalía. Y reclamaremos, por derecho, el cetro de poder y de la esperanza. Como dicta el instinto, como marca la vida.

(Esta columna fue publicada originalmente el 10 de septiembre de 2019 en El Norte de Castilla. Disponible aquí)

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