Me pides que te enseñe a escribir

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Me pides que te enseñe a escribir y te digo que te fijes en las manos del señor de la farmacia, en la pena que hay detrás de sus gafas de sol, en por qué a sus manos les están saliendo coraza como a una tortuga. Me pides que te enseñe a escribir y te digo que entiendas primero qué oculta el corazón de un hombre, a qué teme, desde hace cuánto no le besan, qué pasó para que su casa ya no sea un hogar, cuánto echa de menos a su madre.

Me pides que te enseñe a escribir y te pido que no describas lo que ves sino lo que sientes al verlo. Me pides que te enseñe a escribir y te digo que antes te sientes en silencio a observar por qué esa mujer está sola, si tiene o no un anillo en el dedo, a quién espera cuando mira el móvil compulsivamente mientras empuja ese columpio. Me pides que te enseñe a escribir y te pido que te fijes en si alguien es zurdo, con qué pie echa a andar cuando se levanta de la silla, qué mira en realidad cuando hace como que no mira nada. Me pides que te enseñe a escribir y te reto a que me digas con cuantas buenas personas nos hemos cruzado hoy, cómo crees que se llamaba el gato que tuvo un esa anciana cuando era niña y en cuyo recuerdo alimenta ahora a todos los gatos de la plaza.

Me pides que te enseñe a escribir y te digo que solo hace falta vivir mucho y leer un poco. Me dices que se te va a dar fatal porque solo tienes nueve y no has leído aun muchos libros ni vivido muchas cosas. No tienes ni idea, chica, lo has vivido todo porque lo has sentido todo. Me dices que te enseñe a escribir y te digo que ya lo estás haciendo, que se escribe sobre todo cuando no se escribe: es en la fase feliz, en la fase oculta, en la fase en la que no pasa nada cuando en realidad está sucediendo todo, y ahí permanecerá hasta que no pueda seguir oculto mucho más tiempo, hasta que algún día salga a la luz y lo haga en todas las direcciones, como un geiser, como el petróleo, como cuando aprietas la pasta de dientes con todas tus fuerzas apuntando al espejo.

Me pides que te enseñe a escribir y te digo que eso es absurdo, que nadie puede enseñar a escribir a nadie. Si lo tienes dentro, acabará saliendo. Y si no lo tienes, da igual lo que te esfuerces, simplemente no va a suceder. Yo no escribí una palabra hasta los 35, hasta que no recogí la suficiente sombra, la suficiente fe, el suficiente miedo y el suficiente amor al mundo, a la vida, a mi sangre. Tú vive, muchacha; ya estas escribiendo aunque no lo sepas. Estás recorriendo la parte más difícil, estás sembrando un corazón y te vas a pasar la vida entera intentando volver a lo que hoy sientes, a esta infancia que se empieza a acabar. Ya estás escribiendo, niña buena y yo solo deseo que, pase lo que pase, nunca jamás dejes de hacerlo.

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