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Esa chica con sombrero y paraguas es una estrella. Llega con la decisión de quien ha hecho lo mismo cien veces y se sabe invencible. Camina muy despacio con la mirada puesta en una pequeña mesa junto a la ventana en la que se sienta y observa sin inmutarse una ciudad mojada en la que parece que el sol no va a volver a salir jamás.

Su barbilla descansa en el brazo, que, a su vez, reposa sobre sus piernas cruzadas, unas piernas largas, como de encargo, puede que unas piernas tristes y, seguramente, unas piernas cansadas de esperar lo que se les viene encima. Viste de negro riguroso y desde mi posición la luz resalta un pómulo afilado, casi preparado para atacar. Algunos pómulos son armas blancas, como el karate, y pienso que, desde luego, los suyos pueden ser lo único blanco que haya hoy en esta ciudad. Está preocupada por algo. Mira una lluvia que no existe, pero da igual, hay momentos en que la lluvia es solo attrezzo y lo importante es la mirada, esa mirada ajena a lo atmosférico. Da igual si cae o no agua, lo que importa es que esa nube viene a recordarle que el sol hoy ha vuelto a perder el pulso y que ella está sola.

Podría estar mirándola toda la vida. Podría poner el fotograma en pausa y elevarla a estatua. Luego pienso que no es necesario, la belleza está ahí, no hace falta atraparla; no es necesario enmarcar el marco, como Hitchcock, como Rothko. La poesía ya está, nos rodea, repetirla es redundarse, escribirla es encerrarla. El mármol es el sueño de la foto y esa chica es el sueño de alguien, que no sé quien es, pero que definitivamente no llega a tiempo. Tiene que ser actriz. Tiene que estar actuando, actuando para mi. Miro alrededor buscando refuerzos. Daría la vida por un iluminador, por un director de foto, por alguien de vestuario, por el pianista del Toni2, pero estoy solo ante el peligro y ahí no pasa nada. Me acuerdo de Onetti; él nos enseñó que, cuando no pasa nada, es la vida lo que pasa y me convenzo de que lo mejor es irse antes de que suceda algo para lo que no esté preparado, un móvil sonando, el sol saliendo, hora y media de trama prescindible. Esa chica y yo tenemos una espiga de oro. Y ella ni se ha enterado.

(Esta columna fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2019 en el suplemento especial de SEMINCI de El Norte de Castilla, dentro de la serie “El Outsider”. Disponible aquí).