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Lo que pasó la noche anterior se omitirá por discreción. Dejémoslo en que venía de acompañar a nuestro Nieto Jurado en la presentación de su libro en Madrid. Allí estaban Aganzo, Petón, Carmona, Soto Ivars, el Tito Miguel, Camilo de Ory, Dani Ramírez, Madueño, Úbeda, Molina, Araluce, mi cuñado Juan Diego y un camarero que se llamaba Marcus y que hacía bajar el vino al mismo ritmo que nuestra reputación. Empezamos con las fieras del Retiro y acabamos como fieras en Malasaña, evangelizando millenials como misioneros, ya se sabe: “cambiar el mundo, hablar de más, enredar un poco, controlar cada baldosa del baño del Siroco”. Me despedí con media verónica en la calle de La Palma -homenaje a Borja Cardelús- que se pararon los relojes.

Escribo esto en el Gijón, como si fuera grande, haciendo como si nunca fuéramos a morir y recordando que cada minuto de vida es un regalo en este Madrid lleno de lluvia y traición. Salgo de ver una exposición llamada ‘Fuimos los primeros’. Trata de modo sensacional la primera vuelta al mundo, de la que celebramos un V centenario que, por supuesto, está pasando totalmente desapercibido en esta España con un aire cada vez más noventayochesco, cambiado a Unamuno por Lastra y Valle por Greta. A veces sueño con que la gesta la hubieran llevado a cabo Francia o Inglaterra ya que, así, al menos nos habríamos enterado y puede que hasta lo celebráramos. Ya es tradición que se me caigan las lágrimas en los museos. La última vez fue un poco más allá, en El Prado, ante ‘La rendición de Breda’. Esta vez la emoción ha sido silente e intensa, y es que uno no está acostumbrado a ver la bandera de Castilla atravesar el Pacífico. Hemos cambiado el heroico ‘Plus Ultra’ con aromas de salitre por un tsunami fascista que huele a fuet. Elcano bajaba del barco en Sanlúcar como un héroe, sin el tumbao que tienen los Narcisos al caminar, pero con mucha más dignidad.

Mi emoción es de orgullo y de respeto a mis ancestros y a mi tierra, incomprendida y olvidada. No hay una historia más grande que la nuestra y esta exposición devuelve el sentido de la épica a cualquier que tenga un corazón en el pecho, lo cual es mucho suponer. Lleven a sus hijos y contengan la respiración cuando se acuerden de estas palabras, y luego les miran la cara, si pueden, para aguantar la culpa de esta España que les estamos dejando. Haríamos bien en recordar que, de la humillación a la ira, solo hay un paso, el mismo que hay de un pueblo traicionado a un pueblo levantado. Estamos cerca de verlo, si se consuma este 155 inverso que pretende Sánchez y que consiste en entregar la llave del gobierno de España a un delincuente que quiere acabar con ella.

Solo le pediría a este error que vive en funciones en Moncloa que antes de negociar con quienes nos odian, se pasara por el Museo Naval para que sepa exactamente qué tiene entre manos y a quién representa. Lo de Via Laeitana puede ser un juego de niños comparado con un pueblo humillado y engañado por quienes pidieron el voto a cambio de no gobernar con comunistas e independentistas para, el día siguiente, venderlos haciendo justo lo contrario. Fuimos los primeros y muchos no nos lo perdonarán jamás. Por mi parte, no me perdonaría ser además los últimos en vivir libres y orgullosos, toreando la vida y la luna llena de mi pobre patria en noches como esta.

(Esta columna se publicó originalmente el 26 de noviembre de 2019 en El Norte de Castilla. Click aquí)