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La mayor diferencia entre una niña de Valladolid y una de Gerona es que la segunda tiene representantes tenaces y dispuestos a jugarse la vida por defender sus intereses, y, la primera, no. Ya está. Dejémonos de monsergas y de golpes de pecho. La culpa no es de la niña ni del padre que vota a Rufián y mucho menos del propio Rufián, que no hace otra cosa que utilizar todas sus armas -empezando por su inteligencia- para lograr los objetivos que persiguen sus votantes. La culpa es solo nuestra, por permitir que haya diputados con nombres y apellidos que ponen los votos de la gente de esta tierra en contra de los intereses de la misma sin que se les caiga la cara de vergüenza en el camino de Chamartín al Campo Grande.

Personalmente daría un brazo por tener un Rufián. Castilla y León debería estar ya en pie de guerra contra este gobierno, pero todos sabemos que da exactamente igual lo que nos hagan. Nadie va a mover un dedo y por eso, y solo por eso, somos carne de cañón. Somos ciudadanos de segunda y, no se engañen, no es por culpa de los catalanes. Nosotros mismos nos consideramos de segunda con nuestra actitud acobardada y con nuestro silencio, que recuerda más al de los corderos que al de Machado. Si realmente nos respetáramos, ya estaríamos en la calle con un adoquín en una mano y, en la otra, el manual de ‘Sedición For Dummies’.

Porque la distancia entre el éxito y el fracaso ya no se mide en la brillantez de la idea ni en su legitimidad, sino en su capacidad para la indecencia. Esto ya no va de horas de trabajo, sino de adoquines arrancados, de policías heridos, de contenedores quemados, de genuflexiones serviles. Ese, y no otro, es el lenguaje que entiende la desgracia que vive en Moncloa. Y ese, y no otro, es el motivo por el que nos roba 142 millones de euros, poniendo en riesgo el estado de bienestar, para dárselos a Torra sin que aquí pase absolutamente nada. Uno tiene la sensación de que, si se lo piden, Tudanca estaría dispuesto a recaudarlos personalmente y entregarlos en Pedralbes vestido de Robin Hood inverso.

Nos han ganado, nos han machacado, esto ha sido una goleada de escándalo y no hemos visto más que el principio. Ahora queda un concierto como el vasco para Cataluña, que solo es posible quitando dinero al resto de comunidades, es decir, a su hija y a la mía. Y no hay otra. Y como no hay otra, estoy contando las horas para ver cómo alguno de esos socialistas castellanos que aplaudían con fervor el discurso de Bildu en la sesión de investidura se rompen ahora las manos dando palmas al atraco final a la tierra que les ha dado el acta. No es la derecha quien pone en riesgo el sistema sino el populismo de Sánchez y su sección de coros y danzas. Los más débiles serán los más perjudicados. Con una izquierda así no hace falta temer a la extrema derecha; no será mucho peor que esto.

Confieso que durante un tiempo pensé que íbamos ganando, que el estado era algo serio. Pero no, es más débil de lo que pensábamos y basta un hombre resentido y un grupo de lacayos sin escrúpulos para verse sometido por un rebaño de delincuentes audaces. Hemos perdido. No, no habrá un Rufián. Como dice Víctor Cazurro tuvimos tres, pero los decapitaron. Y, para mayor ensañamiento, ahora les quitan también la Fundación. Propongo que, puestos a encumbrar a traidores enemigos de Castilla, pongamos un busto de Carlos V en la campa de Villalar. Y, acto seguido, una estatua ecuestre de Pedro Sánchez en cada cola del paro.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 11 de febrero de 2020. Disponible aquí)