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Para que el luto sea total, se nos muere Jiménez Lozano. Este no es un luto cualquiera: con don José muere la sutileza, la hermosura, la profundidad. Su exilio de la luz forjó un destino interior deslumbrante. Ciertamente, al observarle, se comprende que, quizá, lo único que una persona inteligente pueda hacer sea permanecer sentada en la equidistancia entre dos maneras de entender el mundo igual de necias, servirse un vino y observar cómo todo se va a la mierda.

José supo poner palos de ciego en las ruedas de su tiempo y pararlo todo para encontrar su ritmo, esa cadencia mística tan alejada de la velocidad del sonido como cercana a la del silencio. Nuestra obligación moral ahora es poner una bomba en el contexto que nos deja y dejar claro que aún hay esperanza, que nunca toleraremos la oscuridad que tenemos enfrente, sino acaso la que llevamos dentro. Para ello, hemos de aferrarnos cada tarde a la cultura, a la ciencia, al arte. Y también a la cuaresma, que es la cuarentena de los elegidos.

Para todo misántropo, confinarse en casa a leer es un sueño que solo el virus podrá hacer realidad. A él no le hizo falta más virus que el del amor y su llamada. Su aislamiento, así, será entendido como la última reserva apache castellana tras la caída de la razón a la que asistimos. No se me ocurre mayor homenaje que el dandismo de encerrarse con sus libros en la mesa, tirar la llave al mar, ponerse un batín y entregarse a observar la decadencia de un país enfermo de ineptitud y sortilegios de hechiceros.

Él entendió mejor que nadie la distancia como hacedora de libertad, la reclusión como encuentro con uno mismo, la soledad como única posibilidad de conservar la lucidez, esa que dice que el único dandismo que en realidad interesa es el espiritual. No es frivolidad, sino exquisitez en todos los sentidos. Es un compromiso con el individuo, una apuesta por la libertad, una defensa que no ha de verse como algo estético sino, sobre todo, como algo ético, si es que ambas cosas no fueran en realidad una sola.

Hay que mirar con desprecio a la tribu y sus tambores y elevar la mirada hacia el conocimiento y la Verdad. Antes en la aridez del camino propio que en el olor a rebaño de la cañada. Antes en la incomprensión de lo egregio que en la palmadita de aprobación gregaria. José supo confinarse voluntariamente en la dignidad de saberse fuera, de no tener nada que ver con ellos.

Yo no soy tan bueno y no pretendo un silencio calmo. Yo quiero hacerme molesto a ciertos oídos, incómodo ante ciertos ojos. Fuera del centro de gravedad, esto es, excéntrico. El resto es vivir de ellos, es decir, vivir para ellos. Y eso es haber muerto. El presente huele a bata de churrero. La vulgaridad del mundo que deja es de tal calibre y la mediocridad de tal magnitud que uno reza para comenzar a desandar lo andado hasta llegar a un punto del pasado en el que recoger de su mano el verdadero concepto de progreso: belleza, conocimiento, libertad, Dios, un grano de maíz rojo, «historias y relatos, pinturas y una talla. Y todo esto hay que pagarlo con la muerte. Quizás no sea tan caro».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de marzo de 2020. Disponible haciendo click aquí)