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Viernes 13 de marzo.

Comienza el teletrabajo. Esperamos que suspendan el colegio de un momento a otro y nos recluyan en casa. Efectivamente, todo sucede como estaba previsto. Este país es el menos indicado para exigir disciplina y sumisión. Somos rebeldes, indisciplinados, díscolos. Supongo que es la herencia loca de un pasado glorioso, como si todos fuéramos Panero.

 

Sábado 14, domingo 15 de marzo. 

Fin de semana encerrado con Lucía. Absoluta falta de disciplina tolerada por mi parte. Yo no he vivido esto en mi infancia y no sé cómo puede afectarles. Creo que pedir a una niña que esté los próximos meses en casa, sin salir, sin jugar con otros niños, ya es demasiada disciplina como para intensificarla con prohibiciones absurdas. El fin de semana es libre para todos. Ella lo entiende, lo acepta y muestra responsabilidad. No me despego de las noticias y el movil, no puedo concentrarme bien. No puedo leer. Es más, no quiero.

 

Lunes, 16 de marzo. 

Dejo a la niña con su madre, paso el día trabajando. Pierdo la conciencia del tiempo y las llamadas se suceden. El teléfono suena como la sirena de un barco.

 

Martes, 17 de marzo.

I

Mis horarios de comida ya son totalmente difusos. La columna de El Norte funciona bien.

II

No me acuerdo muy bien de lo que hice ayer. Tengo lagunas. No diferencio los límites de los días.

 

Miércoles, 18 de marzo.

I

Hoy viene mi hija hasta el viernes por la tarde. Este finde lo pasará con su madre. Me siento muy contento. Voy a hacer lentejas. Voy a intentar desconectar redes y whatsapp a partir de las 19.00. Estar siempre conectado y trabajando es extenuante. Intentaré leer. La columna se viraliza muchísimo, recibo felicitaciones. El tema acompaña, pero el estilo es mejorable, lo escribí enfadado y así no se escriben columnas sino discursos. Mis mejores columnas, en cambio, pasan desapercibidas. Es descorazonador.

II

Con la niña, trabajo con más dificultad. Pierdo tiempo en cocinar, pelar frutas, hacer deberes. Tiene miedo, se meterá a mi cama. La cama de los padres es el único lugar libre de miedo y de angustia. Esa sensación de seguridad es la que va a perseguir el resto de su vida. Desgraciadamente, de modo inútil. 

III

Tras los aplausos, una cacerola suena a lo lejos, ridícula. En mi barrio las cazuelas están llenas de lentejas, no de hoces y martillos. Al sonido de cencerro de la cazuela lejana se suceden voces femeninas cantando -lo, lo, lo, lo- el himno de España. Cruce de desprecios desde ventanas que hablan como ventrílocuos.

 

Jueves, 19 de marzo.

I

Día del Padre. El teletrabajo dignifica al telehombre. Las mañanas son normales, no echo en falta la calle. El atardecer, sin embargo, es apocalíptico, aterrador. Cada crepúsculo es como el último crepúsculo. Hay silencios que huelen a adrenalina.

II

Por debajo de mi casa pasan con frecuencia ambulancias con un cartel donde se puede leer: “Traslado Coronavirus”. El sonido ya no da miedo. Solo nos hace recordar que aún estamos vivos.

III

Estoy empezando a recibir llamadas de gente de la que hacía meses que no sabía nada. La lejanía nos acerca, el aislamiento nos protege. En situaciones como esta, el corazón habla con cartas bomba.

IV

Frente a mi ventana veo a un hombre que se parece a Mauricio Colmenero con el chandal de Arconada. No ha cambiado de outfit en toda la semana. Desde que comenzó este encierro -que es como uno de Cebada Gago con papel higiénico por periódico-, le veo varias veces al día. En un rincón de su terraza, bajo telas gruesas, tiene escondido tabaco, papelillos, liadora, chicles y toallitas. Coge uno, lo fuma, lo tira, se limpia las manos, masca un chicle. Deja uno preparado para cuando vuelva. Su mujer hace como que no lo sabe. Yo hago como que no me río.

 

Viernes, 20 de marzo.

I

Un bruma cargada de salitre viene a recordarnos que existe el mar. Es una bruma de otro tiempo, como sacada del cottage de un lord en el corazón de los Cotswolds justo antes de la Gran Guerra. Empieza otra primavera. Olvidaremos la lírica para entregarnos a la matemática de una curva sin claveles reventones.

II

Es viernes pero podría ser perfectamente un domingo de infancia.

III

Los que necesitaban descansar, se quejan hoy del excesivo descanso. Aquellos que envidiaban la vida del jubilado, envidian hoy la vida del crápula. El ser humano anhela lo que le falta y desprecia lo que tiene. Sobre todo, sí lo que tiene es felicidad mansa.

IV

La luna hoy no tiene público.

 

Sábado, 21 de marzo

I

Me avisan de que me ha llegado una carta al bar. He tocado techo.

II

La gran virtud de aquella generación de mayo del 68 fue tomar consciencia de que habían fracasado. Me pregunto qué pasará cuando esta generación enclaustrada salga, se tope con la vida real y tome conciencia de su gran fracaso. El despertar, si es que llega, va a ser duro.

III

Cuando salgo a la ventana, veo literatura en cada persona que camina sola en esta ciudad vacía. La vida se ha convertido en un cuadro de Luis Perez. La realidad, una vez más, imita al arte.

IV

Elegir marido no es elegir padre de tu hijo sino elegir como va a ser tu hijo.

V

En estos momentos se confirma que un buen mueble-bar no es algo accesorio, sino estratégico, de tanta importancia como un botiquín, una mujer, un crucifijo. Vivir como un dandy de puertas para fuera no tiene sentido si en casa vives como un franciscano. Se exige compensación en todos los niveles. No se puede pasar del Negroni al clarete sin apeadero a mitad del camino. No tiene sentido el confinamiento sin refinamiento. En necesaria la armonía. Sobre todo, en la mundanidad.

VI

Lo mejor del confinamiento es que, por arte de magia, hay un culpable para la soledad y no soy yo: es el mundo el que está en pausa. Esto me libera del gigantesco sentimiento de culpa. Ahora hay un motivo. Por fin Dios da sentido al dolor.

VII

Hoy, Día Mundial de la Poesía, conviene que nos miremos al espejo y recordemos que ningunos somos José Hierro. Esos poemas están bien en el cajón.

 

Domingo, 22 de marzo

I

Al calificar de ‘héroes’ a todos los que se limitan a cumplir con su obligación, quitamos épica al término. Me recuerda a aquella película en la que un general iba repartiendo medallas a todo aquel que encontraba en la vanguardia. Los héroes, pienso, son otra cosa. Cumplir con tu obligación no te convierte en un héroe. Muy al contrario, no cumplir con ella te convierte en un ser indigno. La base de la formación de una persona es hacerla saber que debe hacer lo que debe hacer, bien hecho y sin que nadie se lo mande. Eso es el mínimo, no el máximo. No hace falta estar motivado para cumplir tu obligación y hacerlo no te convierte en héroe. Hacer lo que quieres queda en segundo plano. Si no, te puede pasar como al maquinista ese de RENFE que abandonó el tren porque había acabado su turno. Elbert Hubbard decía que las gentes que nunca hacen más que aquello que por lo que se les paga, nunca obtienen pago por más de lo que hacen. Me parece demasiado.

II

Mueren cientos de personas al día, esto es una guerra. Lo único que cambia es el enemigo: si fueran los franceses, estaríamos unidos y centraríamos el objeto de nuestra ira en algo concreto. El problema de esta guerra es que el que te puede matar es tu padre, tu hermano, el panadero, el vecino. Y no necesita un rifle, lo hace del modo más rastrero: con un beso por fusil, que diría Aute. Todos somos Judas en potencia.

III

El confinamiento es el sueño del vagabundo.

IV

Yo soy feliz en el orden total, en los horarios fijos, en la sensación de estar haciendo lo correcto en cada momento, en el autocontrol. Soy feliz sin compromisos, sin tener que quedar con nadie, me siento pleno evitando esa transferencia humano-humano que te hace fingir ser quien no eres para interpretar el papel de ti mismo. Soy un anacoreta, como Onofre. Y en el confinamiento me encuentro en un pequeño paraíso.

V

Hay un clima extraño. No es un gris normal, esta lluvia cae en diagonal y no surge de ninguna nube, sino de un gris puro y lejano que se lleva el viento en este marzo castellano. Pareciera que lloviera de abajo a arriba. El fin del mundo llegará en un día parecido a este. Hace frío por dentro. Ningún abrigo puede aislarte de ti mismo.

VI

La columna del martes sigue siendo la más leída de mi periódico y ya estamos a domingo. Me doy cuenta de que he hecho una columna viral en plena crisis vírica y sonrío. Antes lírico que vírico. Me felicita David Summers. Tengo ganas de que sea mañana para enviar la pieza de esta semana y salir del bucle viral.  Un columnista vive de columna en columna. Lo que pasa entre medias no cuenta.  Sucede lo mismo entre mujer y mujer.

 

Lunes, 23 de marzo

He enviado la columna a El Norte de Castilla. Sale mañana. Es imposible eludir el tema del coronavirus, pese a mis enormes esfuerzos para hacerlo. Pero creo que, al menos, me he acercado al tema desde un ángulo diferente. Dice Enrique García Maíquez que hay dos premisas para una buena columna: no hablar de lo que todo el mundo habla o, al menos, no hacerlo desde el mismo prisma. Enrique es un gran columnista, sin duda, de los de más calidad del país. Escribe en el Diario de Cádiz, aunque podría hacerlo donde quisiera. De cualquier modo, es el tipo de columnista que se entiende mejor desde el terruño y que es universal desde el localismo, como Delibes, como Pla. Su estilo no es el de estos dos, sino más bien una prosa lírica de enorme calidad y fuertes convicciones morales. Me siento cercano a su manera de entender el oficio, aunque Enrique es fundalmente un poeta, y eso es un plus enorme para escribir columnas. Aunque esto no se sepa, mis inicios fueron en la poesía, y eso crea escuela. Un buen columnista tiene su base, en muchas ocasiones, en un mal poeta, como Ruano, como Umbral. De cualquier modo, mi acercamiento a una columna es el mismo que a un poema, porque es mi escuela. Intento ganar a los puntos pero también me guardo el K.O., como en un poema. Enrique me envió su poemario ‘Mal que bien’, que es, sin duda, lo mejor que he leído en el año. No es fácil encontrar a grandes poetas contemporáneos, y menos aún si evitamos a la corte de progres que utilizan la poesía para follar. Y al final, ni lo uno ni lo otro. Leer buena poesía es cultivar constantemente el estilo, es entrenar el cerebro a pensar belleza y esa es la diferencia con un periodista o un politólogo. El fondo es importante, pero la forma no lo es menos. Todo va junto, no se pueden pensar cosas grandes si son cosas feas. La medida de la grandeza es la medida de la belleza. En cualquier caso, creo que cumplo con la enseñanza de Enrique: si bien el tema no es novedoso, el punto de vista de la columna es diferente. Cuando se acaba de escribir una columna se siente una sensación de éxito que incapacita para hacer nada más en el día. Es un éxito privado, te conviertes en un triunfador en secreto, en un torero huérfano que sale a hombros de La Maestranza el Domingo de Resurrección, pero sin que se entere nadie. En fin, con mi éxito a cuestas, vuelvo a la realidad, tengo mucho trabajo y me temo que tendré que bajar los humos mirando las previsiones del año. Después de eso, dedicaré el resto del día a llorar.

 

Martes, 24 de marzo

I

Segundo día seguido con Lucía en casa. Hemos hecho turnos de 2-3 días para que todo sea más fácil para ella. Mañana se va con su madre hasta el fin de semana, que lo pasaremos de nuevo juntos y confinados. La situación es realmente estresante y lo resuelvo como puedo. Barro, limpio, pongo una lavadora, me invento un motivo para castigarla y que cuelgue ella la colada, cocino, hago de profesor de matemáticas, pongo una excusa para no admitir que no recuerdo hacer una raíz cuadra, voy a llevar tabaco a un amigo confinado junto a un bebé e intento escribir, todo ello con un móvil en una oreja y un pitido constante en la otra. La columna de ‘El Norte de Castilla’ ha salido sin incidentes. Felicitaciones, parece que ha gustado. Nadie me insulta, lo que me resulta preocupante. Me llaman para entrar en directo en COPE a nivel nacional, con Fernando de Haro y Pilar Cisneros, interesados en mis columnas. Lo acepto gustoso. Fernando me felicita, no estoy acostumbrado y escurro el bulto, como un portero juvenil tras parar un penalti por azar. Aun no me he oído pero cuelgo con la sensación de haber hablado como un opositor a sociólogo cantando el temario en un lunes de resaca. Yo quería meterme con la izquierda postmoderna y creo que he resultado el catecismo apócrifo de un politólogo suplente. Para la siguiente, prometo hablar menos y generar una conversación sugerente. En cualquier caso, pienso que hacer hablar a un escritor es un error imperdonable; nunca estás a la altura de tus textos porque no se puede corregir y borrar sobre la marcha. Así, donde dije “hemos tocado techo” quería decir “hemos tocado el techo de nuestra propia estupidez”, pero me pareció pedante y dudé. Ahora lo he pensado y definitivamente me gusta. Añádase pues al ‘Diario de Sesiones’.

II

Me voy a la cama cada día antes. Óptimamente, a las 22:00. No consumo televisión convencional y rara vez veo una serie. Me quedan 150 paginas de ‘Hotel Tierra’, de Sabino Méndez, que espero rematar antes del fin de semana. Sabino es una voz imprescindible y este libro es una joya. Se confirman mis sospechas de que todo artista es, antes de nada, un poeta. La llamada lírica es previa a todo, y luego se encuentra la manera concreta a través de la cual canalizarla. Sabino componía canciones como podía erigir catedrales o pegar verónicas ajustadas, pero siempre fue un escritor. No recuerdo que una voz me impresionara tanto desde, qué sé yo, quizá Léon Bloy. Es voz muy personal, extemporánea, que nos recuerda lo que pudo ser España antes de que la izquierda se convirtiera en este nido de gilipollas. No creo que este diario pudiera ser escrito ni publicado hoy en día, habría autos de fe y quema de libros en la sede de Anagrama. Su lectura es realmente interesante y su escritura ágil, brillante, de gran talento. Tiene el talento de encontrar la sensibilidad en cualquier cosa para abordarlo, después, de un modo insensible, duro, aparentemente sin involucrarse. Aprendo de él a huir de la afectación para escribir con calidad. El problema es que yo lo aprendo con 41 y él lo sabía con 23. Si Sabino pilla en los ochenta a un chaval de 23 de los de hoy en día, se lo come. Probablemente de modo literal.

 

Miércoles, 25 de marzo

I

La muerte de una persona es un drama desolador. En ocasiones, devastador. La sola muerte de un individuo es capaz de sumergirnos en un dolor inconcebible, en un pozo negro de angustia insoportable, en sentimientos de despersonalización, miedo y soledad de una intensidad indescriptible. Hay quien no llega jamás a levantar cabeza por la pérdida de un ser querido. La muerte nos recuerda que no somos nada y que cada latido de corazón es un regalo de una trascendencia definitiva, que la existencia pende de un hilo. Sin embargo, la muerte de tres mil personas es un dato frío que, al no ser capaces de asumir, nos pasa de largo, sin apenas tocarnos. El ser humano no es capaz de abarcar tres mil emociones de tragedia a la vez. Multiplicar la cifra divide el dolor. La vida es un tango ridículo.

II

Hay quien critica que los textos de este diario sean sensiblemente más cortos que una columna. Me piden que deje fluir la escritura, que el toro tiene más muletazos. Es probable que tengan razón, pero cada vez me atrae más la brevedad, el pensamiento concentrado, el haiku, la frase corta, contenida y perfecta. Recuerdo una faena de Morante en Valladolid en la que el genio cortó dos orejas bajo la oscuridad inolvidable del diluvio universal. El diestro seguía toreando y toreando sobre el primer aviso y sobre el segundo. No podía parar de torear, pero eran pocos muletazos, muy pocos. Y muy perfectos. Cada pase costaba un mundo, era un esfuerzo sobre humano. Dejar distancia, dejarle respirar, colocarle, colocarse, ponerse en el sitio, bajar la mano, hundir el mentón, rezar un padrenuestro y ver pasar el toro como si pasara la vida misma con toda su belleza y esplendor. Con todo el misterio y toda la elevación de emoción y trascendencia. Muy pocos pases, pero perfectos. Sufriendo, como un escultor con su cincel. Una cosa es torear y otra pegar pases. De igual modo, una cosa es escribir y otra juntar frases. Sirva esta ‘excusatio non petita’ como ‘accusatio manifesta’.

III

Otro que hizo un diario durante una plaga fue Samuel Pepys. Gracias a ello, hoy podemos conocer lo que sucedió en Londres durante la peste bubónica que asoló la ciudad desde 1664 hasta 1666. Dos añitos. Nosotros llevamos menos de dos semanas. Se estima que la plaga acabó con uno de cada cinco londinenses que, si bien puede parecer mucho, es una cifra ridícula comparada con la ‘peste negra’ de trescientos años antes y que acabó con uno de cada tres. Su letalidad era tal que acababa en apenas catorce horas con individuos totalmente sanos. Leyendo las notas de Pepys, creo que no hemos cambiado tanto. Entonces, las campañas tañían cada poco a muerto. Hoy no son campanas sino ambulancias las que cortan el silencio de mi ciudad como una navaja oxidada. Entonces murieron hasta diez mil personas por semana en un interminable concierto tétrico. Por lo demás, escasez de recursos, médicos que morían infectados, familias deshechas, ciudades abandonadas, la misma distancia social, el mismo miedo, la misma soledad. Cuando la epidemia comenzó a remitir, un incendio consumió casi por completo la ciudad. John Evelyn nos cuenta que era el 2 de septiembre cuando cerca de la calle Fish, en Pudding Lane, el fuego acababa con la casa de Farryner, el panadero del rey. La extremada cercanía de las casas – no cabía un carro en ciertas calles- hizo que ardieran trece mil casas a la vez, haciendo de aquella noche un aterrador resplandor de horno ardiente. Se destruyó la catedral de San Pablo, casi cien iglesias, el ayuntamiento, la Bolsa y cincuenta sedes de colegios profesionales. A todos los efectos, el Londres medieval se desvaneció esa noche entre humo y cenizas. El día siguiente, sin tiempo ni para coger aire, comenzaron a reconstruir la ciudad, empezando, por supuesto, por San Pablo. Al caer la tarde, ya nadie recordaba una palabra de la plaga.

 

Jueves 26 de marzo

I

Jesús bajó a los infiernos. Era necesario que pasara así, era imprescindible bajar para vencer allí al diablo y, de este modo, liberar a toda la humanidad para siempre a través de la resurrección. La muerte, así, solo fue un trámite para lo verdaderamente importante: descender al infierno y ganar al diablo en la batalla definitiva. Eso era lo necesario, por eso no opuso resistencia a su pasión. Por algún motivo que desconozco, tuvo que pasar así: vida, muerte y resurrección ocurren en planos/dimensiones diferentes. No son dos (vida-muerte) sino tres espacios. Esto implica que si Dios tuvo que hacerse hombre fue precisamente para morir físicamente y poder entrar de este modo en el plano en el cual poder vencer al diablo, ya que desde su plano natural no podía. Un escritor es lo contrario de un coach. Un escritor baja a sus infiernos cada día para mirar sus traumas a los ojos y luchar allí cuerpo a cuerpo con ellos, con sus miedos, sus soledades. Solo escribiéndolos se pueden comprender y ya se ha dicho que comprender es perdonar. Por lo tanto nos perdonamos y perdonamos al resto a través de la búsqueda en nuestros infiernos particulares. El hombre tuvo que hacerse escritor para entrar en el plano en el cual poder vencer. Escribir, así, es un medio y no un fin. Escribir es sangrar por la herida, por eso, cuando venzamos, ya no habrá escritura. Solo amor y silencio. Desconozco si lo que planteo es una evidencia por todos conocida o, en cambio, es una herejía, pero hoy mientras me duchaba, súbitamente, todo ha cobrado sentido.

II

Releyéndome descubro que hay tres formas (Padre-Hijo-Espíritu Santo) y tres planos. Quizá cada forma sea la misma entidad pero en un plano diferente. Como el agua: sólido, líquido, gaseoso. No sé si he entendido de golpe el misterio de la Santísima Trinidad, pero no voy al frigorífico a brindar porque son las 10:08 de la mañana y me parece excesivo.

 

Viernes, 27 de marzo

Iba a comprar un atril de mesa para poder sostener un par de obras mientras trabajo y he acabado comprando uno de pie, para leer desde un púlpito, como en misa, dos libros, Cinzano, Campari, un medidor, seis vasos ‘old-fashioned’, una cafetera italiana, seis botellas de vino tinto y un participación en una cata solidaria. Me habría salido más económico mudarme directamente a un bar.

 

Sábado, 28 de marzo

Terminé la semana exhausto. Tengo que hacer esfuerzos para recordar una semana tan dura en lo laboral: mucha carga de trabajo, grave tensión en varios niveles, decisiones complejas. El teletrabajo no nos aleja: en todo caso nos acerca hasta el punto del bizqueo emocional. Tengo decenas de llamadas, de reuniones telemáticas, de chats interminables, la ansiedad remota de tantos correos sin leer. Todo ello me impide trabajar al ritmo habitual, por lo que he de encontrar espacios en la noche para hacer lo que la luz del día me niega. Finalmente he dormido once horas con mi hija a un lado y media tortilla de patata en el estómago, lo cual ha resultado una cura a todos los niveles. La tortilla es un santuario, la gran redención carbohidrática que convierte tu casa de nuevo en un hogar y aleja el olor a adrenalina de una oficina chusquera. Tener a mi hija al lado es lo que me queda del sueño familiar, la sensación de triunfo, de honradez, de estar cumpliendo con mi obligación y recorriendo el camino que me ha sido dado sin atajos ni circunvalaciones. Hay una sensación mamífera que surge exclusivamente al tener cerca a tu prole, y no me refiero a una cercanía metafórica sino física: tenerlos al alcance de la mano, bajo tu protección directa, el macho alfa que convierte los pectorales en un tambor de hormonas, piel y huesos. Me he despertado descansado, contento, feliz, con la impagable sensación de que todo tiene sentido y de estar en orden con la vida. Creo que este confinamiento va a servir a muchos para darse cuenta de que el verdadero problema de sus vidas es la culpa, y que esta no es metafísica sino exclusivamente física, el alcohol como depresor, las noches, las amistades no recomendables, la huida como norma, la biología dando un golpe de estado, la demencia de la neurastenia, el intento de escapismo de uno mismo, las costumbres perniciosas, la rutina nihilista, el vacío existencial rellenado de lo que sea para que no se note el fracaso en las ojeras. Soy un antihedonista, y no busco placeres sensoriales sino, en todo caso, paz. Rara vez consigo entusiasmos físicos y tiendo a la reclusión como modo de encontrarme, de respetarme en todos los niveles, estudiar, leer, escribir, pensar, rezar, si es que acaso no todo fuera lo mismo. Por eso este confinamiento no me afecta en absoluto, me siento un hombre privilegiado al que le ha llegado el momento. Disfruto al máximo de lo que nos está tocando vivir, es una oportunidad para escribir, para crecer, para leer, para no aguantar a pelmazos. Nieto Jurado dice que todo esto son gilipolleces de ‘psicomagia’, doctrina en la que cual él incluye todo lo que le repugna: los coach, la socialdemocracia, el pensamiento positivo, la alegría, el ‘joie de vivre’, la felicidad, las gotas de rocío sobre las flores blancas, los tonos sepia, la rima asonante, la paz, las lágrimas, las sonrisas, la ausencia de expresión, el exceso de expresión, la propia expresión y, en realidad, cualquier cosa que sirva para recordarnos que está ahí, que está jodido y que necesita que le queramos. Ahora le ha dado por colgar en todas las redes sociales fotos de los últimos diez años. Creo que está tratando de recordar, de ordenar recuerdos, de conformar una linea de puntos suspensivos. Mientras tanto, graba una serie dogma que me he atrevido a titular como ‘Los bajos de Argüelles’ y que si quedara un solo productor de televisión en España con talento, ya se estaría rifando como germen de un Late Show post apocalíptico. Un Broncano canalla, un Coronas pendenciero, el anti Wyoming, un híbrido entre Quintero y Sardá. Dios le guarde muchos años. Decía que la lectura me hace respetarme. He terminado ‘Hotel Tierra’, de Sabino Méndez, lectura que me recomendaron el propio Jesús Nieto y Santi Molina, el pequeño amigo, genio de la intelectualidad de nuevo cuño, malagueño afracensado en los arrabales de Atenas y que dará mucho que hablar en cuanto esté preparado para salir de si mismo. La lectura ha sido grata, sorprendente. Me he encariñado con el autor, cuyas columnas desde hoy leeré también en La Razón. Incluso, a raiz de ello, me estoy reconciliando con Arcadi Espada, personaje que no me resulta atractivo desde un punto de vista ético, con el que no comparto casi ningún punto de vista a pesar de no perderme ninguna de sus columnas, a las que no se puede discutir la calidad y, sobre todo, el acierto a la hora de elegir puntos de vista. Aún así, me resulta en ocasiones de una pedantería vacía, llena de fuegos de artificio y retruécanos de profesor de instituto con las fans adolescentes en primera fila. Erudito, sin duda. Pero de talento de fondo, incierto. Pero tras leer a Méndez, comienzo a comprender a Arcadi. Hay que entender al hombre que hay detrás del flequillo y, si yo viviera en ese lodazal de estupidez llamado Cataluña, también dedicaría mi jornada al completo a resultar desagradable a los ojos del ganado borderliner y sus eructos de butifarra. En cualquier caso, estoy decidiendo nueva lectura, quizá prosiga los ‘Diarios’ de Iñaki Uriarte, que comencé y dejé en pausa. La decisión de elegir un libro es una de las decisiones clave en la vida de una persona. Esa lectura te acompañará un par de semanas, influirá en tu manera de ver el mundo y, con suerte, mejorará tu estilo mediante ósmosis. Además, no soporto verme vencido por un libro, por lo que me veo obligado a terminar todo lo que comienzo. Me pasa lo mismo con las mujeres.

 

Domingo, 29 de marzo

I

El mayor placer es no hacer nada. El mayor castigo, no tener nada que hacer. El matiz es definitivo. Nada tiene que ver la extrema dureza de otro día sin sentido con el goce inabarcable de tener que hacer y no hacerlo. No varía nada, excepto la predisposición con la que se afronta la misma quietud, idéntico sofá. Quien no tiene nada que hacer, en realidad no tiene a nadie a quien hacérselo y ese es el problema que se oculta tras la agenda en blanco. No tener nada que hacer implica carencia de motivos, falta de estímulos, ausencia de planes. Sin embargo, no hacer nada cuando sí tienes que hacerlo te predispone a la calma, al descanso, al silencio como plenitud sonora. Ya no es ausencia de sentido sino jerarquía, cúspide de la pirámide, un hombre parando las riendas del caballo que monta antes de que se desboque y se tire al paso del tren. Este fin de semana ha sido una oda a lo segundo; parar, pararlo todo, parar del todo. Pocos goces tan profundos. Cuando esto termine, si eso llega a suceder, lo voy a echar de menos. Aunque aún hay quien piensa que, dentro de algunas semanas, volveremos a febrero, al momento previo a esta debacle cambiando el sol del final del invierno por el ambiente febril del abril de los poetas. Nada mas lejos de la realidad: cuando salgamos a la calle no seremos los mismos, pero la calle tampoco. El mundo ha cambiado y algunos no se están enterando. El despertar va a ser terrible, porque el virus ya es lo de menos: lo realmente importante es que está sirviendo de causa para un desastre político y económico de una magnitud desconocida. En el futuro no se estudiará la crisis del coronavirus; se estudiará la debacle de los años 20, el derrumbe de la economía mundial, el fin de la Union Europea, la tercera guerra mundial, los nuevos bloques. El coronavirus y este breve confinamiento serán apenas parte de las causas que los bachilleres del futuro enumerarán para explicar lo que estaba por venir. No me costará mucho adaptarme para lo que venga. A lo que nunca podría adaptarme es a otro verano con terrazas, mojitos y piscinas. Antes confinado que dominguero. En realidad, mis veranos han implicado un confinamiento casi total, por lo que no me da miedo afrontar otro encierro estival. Al menos, por una vez, tendrá cierto sentido.

II

Llevo más de cien páginas de los diarios de Iñaki Uriarte. Son interesantes, entretenidos, están bien escritos, pero los veo deslavazados, inconexos, algo faltos de criterio, a no ser que el criterio sea precisamente recoger en un solo volumen un collage de notas y reflexiones más o menos acertadas e inspiradas. En los últimos meses he leído diarios de Millás, Uriarte, Bloy, Méndez, Ruano, Pessoa. Más allá de otras consideraciones, es complicado leer los diarios de alguien que no te resulte interesante o que, a lo largo del camino que te traza, no genere en ti cierta complicidad, simpatía, o, peor aún, que directamente te caiga mal. La postura política de Uriarte es de tal cobardía, tal equidistancia y tal ausencia de absolutos morales que, lejos de hacer de él un cínico interesante, te va echando poco a poco de la lectura. Si al menos lo vendiera como respuesta a los dogmatismos o con la sinceridad y humildad del que se sabe un anti héroe, se entendería. Pero ni eso. No obstante, por supuesto, seguiré con la lectura, es posible que mi opinión evolucione. En paralelo, comienzo ‘Los detectives salvajes’, obra culmen de Roberto Bolaño, que tenía pendiente desde hace mucho. Hago zapping literario. Cuando me canso, escribo. No enciendo la televisión en días. Mañana entrego columna para ‘El Norte de Castilla’ y no tengo tema. Me encomiendo a mi suerte, que es el nombre con el que otros conocen al Espíritu Santo.

 

Lunes, 30 de marzo

I

Bolaño gana la partida claramente a Uriarte, que queda desplazado al bidet. El bidet es la segunda posición de lectura, pero también tiene su importancia. De hecho, el concepto de ‘orden natural’ se entiende bien observando el golpe de estado que la biblioteca da en cada cuarto de baño. El lugar del libro principal no está en el servicio sino en la mesita junto al sofá. El tercer libro lo suelo tener en la cama y son lecturas de otro tipo: toros, arte, historia. Ensayo, en definitiva. El cuarto puesto, en caso de haberlo, descansa en la cartera en la que llevo el portátil cuando me voy a Madrid. Echo de menos Madrid. Cada semana iba por motivos laborales y buscaba la manera de complicar las cosas para tener que hacer noche e interpretar así un rato mi personaje, a veces con más luz, a veces con más sombra. Solía quedarme en la Plaza de las Cortes, conozco bien la zona y me resulta sencillo moverme desde allí. Me asusta hablar de esto en pasado, solo han pasado tres semanas. El cerebro olvida rápido. Ahora que me fijo, ha salido una pequeña mancha de moho con forma de península ibérica justo encima de la ducha. Necesito lija, masa, una espátula, una brocha y también pintura, pero las tiendas de este tipo están cerradas. Y aunque estuvieran abiertas, me resultaría más sencillo cambiarme de casa que intentar poner remedio sin ayuda. Tampoco puedo llamar a Picón ni a Tomé, que en condiciones normales me arreglarían el estropicio a cambio de tres o cuatro cervezas. Pienso largo y tendido en cómo resolver este incidente, pero no encuentro solución. Supongo que veré la mancha crecer durante este confinamiento y observaré con atención si España finalmente se rompe.

II

Entrego la columna de mañana para El Norte de Castilla. Un punto de vista no manido y creo que novedoso. Es posible que reciba críticas y en cierto modo se generará polémica. Si tu opinión honesta, de modo natural, genera polémica, bienvenido sea. En cambio, si te limitas a escribir para provocar polémicas, es probable que lo que suceda es que no tengas opinión.

III

El valor de un periódico no se mide por su número de lectores sino por la dignidad de sus esquelas. La actualidad tiene las horas contadas y solo la esquela es capaz de proyectarse en la eternidad. Mi concepto del descanso eterno no es un camposanto con larguísimos cipreses sino saberme vivo entre larguísimos apellidos compuestos. Lo verdaderamente importante quizá no sea junto a quién vives sino con quien compartes tu página final. Yo siempre he imaginado el infinito como una espera eterna en el mostrador de un funcionario y la misma incapacidad genética para comprender el infinito se manifiesta detrás del intento de comprensión de la actualidad, por lo que cualquier persona intelectualmente sana debe renunciar a entender, bajo amenaza de ver sus pretensiones satisfechas y concluir que todo es en un sainete mediocre. Lo importante para ser feliz no es descifrar la realidad sino olvidarse de ella, autoexiliarse a este diario, al mundo literario y escuchar así solamente a autores que no hayan coincidido en el eje espacio tiempo con según qué gente. Si Cervantes fuera columnista se habría visto obligado a opinar de vulgaridades atroces durante esta cuarentena. Yo no soy Cervantes, pero tengo corazón. Me niego a escribir pro-pane, pero más aún pro-cane. Lo bonito en realidad sería escribir hasta el final, de modo que mi última columna fuese mi obituario. El otro día, en el notario, le dije que se la entregaría como anexo al testamento. Su título, el mismo que el epitafio: “Descansad en paz”.

 

Martes, 31 de marzo

Hoy he salido de nuevo a las calles, vacías y fantasmales. De algún modo, me he convertido en un espectro que atraviesa este paisaje delirante intentando no hacer ruido, caminando rápido, con rostro serio, moviéndome en los márgenes. Si me hubiera visto un policía, no habría tenido otra opción que pararme y pedirme la documentación, tenía toda la pinta de estar disimulando mis intenciones, como si estuviera a punto de hacer algo malo. Había ensayado diferentes respuestas falsas y tenía varias coartadas porque la verdad, como suele pasar, era la baza menos creíble. Temía terminar el día en un calabozo, aunque pensándolo bien, no cambiaría demasiado las cosas. En la más estricta soledad, no he llegado a sentirme libre. En algunas fases se percibe que el vacío es un trampantojo, un pequeño delirio, que las ventanas están en realidad llenas, que todas ellas ocultan ojos y que te están mirando. Cada hueco esconde una vida paralizada, la ciudad está jugando al escondite. Nunca me he sentido menos anónimo que caminando en la completa soledad de una ciudad gélida.

Durante un momento, en el centro exacto de la Plaza de Santa Cruz, he mirado hacia todos los lados buscando un encuentro visual que confirmara que estaba vivo y me he asustado sintiendo por primera vez en mi vida que ni si quiera Dios estaba. El viento se ha levantado, el frío se ha hecho intenso y entonces he comenzado a acelerar el paso huyendo de la nada, mirando hacia atrás de modo compulsivo, pero eso no ha mejorado las cosas. En la plaza de la Universidad cuatro personas se rehuían como los imanes de idéntica carga. La distancia de seguridad ha pasado de dos a seis metros. Todos sospechábamos de todos, nos mirábamos como animales, como rivales, desconfiando de cada posible paso en falso. Y luego he rodeado la Antigua para ver si sentía allí algo de vida, pero nada, la iglesia parecía una copia, una réplica para un parque de atracciones yanqui. Luego, dos militares, una cola interminable en un supermercado con gente en completo silencio, como queriendo obviar que estamos todos acojonados. Perros ladrando, un gato asustado en una esquina, fumadores saliendo del estanco con mascarilla, sonidos de puertas con sordina, un mundo sin niños, autobuses vacíos, el frío metido en los huesos, un dolor sordomudo, las lágrimas pospuestas. Las ambulancias pasean como pavos reales y a lo lejos suenan palmas huecas como extremaunciones. Los féretros no se ven y hemos cambiado curvas por funerales, como si así termináramos una guerra que no acabó en su día. Vuelvo a casa despavorido, ocultándome de las miradas invisibles y con ganas inmensas de lavarme las manos y el alma. Lo primero ha resultado sencillo. En cuanto a lo otro, aún sigo en ello.

Miércoles, 1 de abril

I

No veo bien. Cuando escribo en el ordenador o leo ciertos libros -no me pasa con todos-, noto que me vista se está deteriorando. No es que vea borroso, mas bien que las pestañas se me enredan y veo con un velo que tampoco se va si abro los ojos al máximo, como poniendo cara de sorpresa. Me aseguro de que no es de las pestañas antes de seguir haciendo el idiota, pero no, definitivamente es algo diferente. Cada vez va a más, sobre todo si estoy cansado. La vejez se está apoderando de mi. Nunca he tenido demasiada preocupación por envejecer, podría decir incluso que es algo deseado. No me gustan los fines de semana ni las vacaciones. Creo que envejecer es vivir una rutina de martes eterno y eso me hace sentir paz. Yo quiero vivir como un anciano, detesto la intensidad emocional. Me hace llorar.

II

La columna del martes pasa sin pena ni gloria, aunque es muy valorada en privado por políticos de primerísimo nivel en España y de distinto signo. Comienzan a respetarme.

III

Leyendo ‘Los Detectives Salvajes’ se me viene a la cabeza una escena de modo incesante y siento la necesidad de parar para escribirla. Como a todo escritor, simplemente algo te empuja a hacerlo. Eso es todo: observamos la realidad, la digerimos, la interpretamos en función de unos códigos -mejores o peores, pero propios- y la expulsamos transformada. Entre medias, un proceso intelectual que, de algún modo, cambia esa realidad, la llena de adjetivos. Es un oficio absurdo, desde luego. Esto de tener que parar de leer para escribir sucede con frecuencia. Hay autores que despiertan la creatividad y por ello es complicado leerlos. Bolaño es uno de ellos. La poesía, en general. En cambio, hay otros autores -Vila Matas, Tallón- que despistan de otra manera, abren mil vías alternativas de lectura. Sus textos están llenos de referencias circulares y me resulta complicado terminar uno de sus libros ya que me llevan a otros autores y esos otros autores a otros textos. Son libros iniciáticos, laberínticos, que no se pueden leer de modo clásico. El último de Vila Matas que he leído ha sido ‘Dublinesca’, hace dos meses, aunque he de decir que es uno de los autores que más he disfrutado, quizá hasta una decena de sus obras. Acabé en ‘Los Detectives Salvajes’, abandonando a la mitad ‘Impón tu suerte’. Y en la librería, para hacerme con lo de Bolaño, me encontré con ‘La vida a ratos’, de Juanjo Millás. Y de regalo, Bioy Casares. Decidí hojear a Millás y caí en la cuenta de que es un dietario brillante que devoré, pero a medida que avanzaba, recordé que tenía a medias el ‘Libro de Desasosiego’ de Pessoa, ‘El Cuaderno Gris’, de Pla y otros tantos dietarios, Trapiello, Ruano, etc. Al final todo se amontona y no puedo terminar nada porque todo lo que leo me hace escribir y tengo el móvil lleno de ideas que no sé vertebrar en una obra coherente. Habitualmente, en estos momentos, decido irme de cañas, pero, por motivos obvios, hoy no es el caso.

Decía que tengo una escena recurrente. Sucede en Londres en abril de 2015. He viajado a Londres en trece ocasiones y se puede decir que es una ciudad que conozco, aunque Londres cambia cada mes y cuando vuelves a un lugar que te había encantado, es probable que ya no exista, de modo que siempre es la primera vez. Aquel abril fui a escribir ‘Pathetic‘. No sé cómo aquel día acabé en Whitechapel. O más bien, no quiero recordarlo. Con demasiada cerveza, decidí que era buena idea ir caminando hacia Bloomsbury. Ese trayecto es una hora, no es más -ni menos-, pero hice todo el camino con unas ganas terribles de orinar. Buscaba un bar abierto en esa linea recta infinita, pero Londres no es Madrid y a ciertas horas simplemente no hay lugares abiertos. Recuerdo la sensación amplificada del alcohol en la dosis perfecta, las miradas cómplices, aquellas luces reflejando en el asfalto mojado y esa sensación de vagabundear perdido en una ciudad infinita con Brian Eno a todo volumen. Yo me veía a mi mismo como a un miembro de Radiohead, pero cuanto más avanzaba, más ganas tenía y cuantas más ganas tenía, menos bares abiertos. La cosa comenzaba a ser preocupante, pero yo me sentía dentro de una película, avanzando a un ritmo intenso, esperando todo lo que la tarde oscura tenía preparado para mi, pendiente de cada detalle, absorto por las tipografías, por la moda, por la publicidad, por las chicas que, en Londres, siempre sonríen cuando se cruzan las miradas. Decidí serpentear por calles secundarias, buscando un lugar donde poder poner fin al sufrimiento hasta que llegué a una especie de callejón sin salida ya cerca de la casa de Dickens. Un cartel te avisaba de modo explícito que te estaban grabando por circuito cerrado, pero me dio exactamente igual, ya no podía aguantar, yo era Thom York y me jugué el destierro, la extradición, la multa y lo que fuera. En el fondo conocía perfectamente la zona, no muy lejana ya de King’s Cross y sabía que no pasaría nada, que en esos patios no hay ley. Era más probable que me mataran una panda de negros a que la policía me pillara meando. Cuando terminé seguí caminando como Richard Ashcroft en el clip de Bittersweet Symphony y me perdí en la noche del West End.

IV

En cuanto se pueda volar, voy a volver a Roma. Será la cuarta vez. Fantaseo con un hotel caro, un Negroni en Piazza Barberini, cierta sofisticación en las formas, quiero ver sonrisas y belleza por todos los lados, necesito despertarme tarde, derrochar dinero y pasear como un dandi, despacio, como Jep Gambardella, con los brazos atrás como también caminaba Delibes, mirar mal a los turistas, almorzar fiore di succa, perderme en el Trastevere, sentir la decadencia de la ciudad en cada esquina. Y escribirlo todo. Antes de escribir, se me aceleraba el corazón pensando en todo lo que la vida tenía previsto para mi aquel día: anécdotas, mujeres, aventuras, sorpresas. Desde que comencé a escribir me da exactamente igual lo que pueda suceder; en realidad, ya ha sucedido todo. Lo único que me interesa es poder contarlo.

Jueves, 2 de abril

I

Hoy viene Lucía hasta el lunes. Vuelve la alegría y el pequeño caos que provoca y que me da la vida. Ya tengo claro lo que tengo que comprar para abastecerme estos días y tener una dieta medianamente equilibrada. Voy a comprar lechazo para apoyar a los ganaderos de mi tierra, que lo están pasando mal. No hay más patriotismo que un abrazo. En lo que llevamos de confinamiento, no he hecho un minuto de ejercicio; me temo que la vuelta a la normalidad, si es que sucede, va a ser dura. Si todo fuera normal, mañana comenzarían los traslados y los actos de la Semana Santa de Valladolid, la cumbre del Barroco universal y una manera de entender la fe en silencio, en soledad. No tiene sentido esa supuesta rivalidad con Sevilla puesto que ambas, a su manera, son cumbres. Y en caso de tener que elegir, es mejor Sevilla en todo excepto en la calidad de las tallas, donde no hay ni si quiera discusión posible. Ganamos por goleada y  la mera existencia de una duda es sonrojante. Aquí nos callamos y asentimos cuando quieren competir, pero es tan absurdo como querer compararnos con su intensidad, ambiente, participación y belleza general. No hay tampoco posibilidad de competir ahí, en este caso a su favor. La imagen que tenemos del crucificado, el icono de Cristo en la cruz, la manera de pensar en él que hoy se tiene en mundo es la que decidió en Valladolid Gregorio Fernández. Posteriormente se lleva a América en las misiones, fundamentalmente jesuitas. Es decir, el mundo ve a Cristo como Valladolid decidió. Somos a la escultura lo que El Prado a la pintura. Y este museo sale a la calle cada año. No sé qué pasaría si sacaran Las Meninas cada Jueves Santo, pero estamos hablando de lo mismo. Yo pienso en ese Valladolid de principios del XVII, capital de la corte, residencia de los Austria, centro del universo, con Cervantes, Góngora, Quevedo y Rubens paseando por sus calles absortos ante este museo de un silencio y me siento muy orgulloso de mi tierra.

No tengo ni idea de cómo vamos a vivirlo este año -este domingo ya es Domingo de Ramos- pero desde luego, es Semana Santa y debe notarse. Somos católicos y la niña debe entender que eso tiene consecuencias. Los no creyentes llevan siempre la conversación a la caridad, a que debemos compartir, a nuestra aparente hipocresía. No entienden absolutamente nada y me niego a aceptar lecciones en este sentido. El mensaje fundamental de nuestra religión es la esperanza, la resurrección. No es un sistema de creencias, no es un código ético, no es el juramento scout. Es entender que Dios existe, que te quiere y que te espera a su lado. Tener eso claro cambia la manera de vivir. Yo nunca me he sentido solo.

II

He decidido organizar mi ingesta alcohólica. Al mediodía, después de trabajar y antes de comer, dos vinos. Por la tarde, después de trabajar y antes de cenar, dos cervezas. Fines de semana, antes de comer, un Milano-Torino (es decir, Negroni sin ginebra). Por la tarde, nada. Por la noche, menos. Beber por la noche es una vulgaridad. Esta es la única manera que tengo de partir los días y de no estar en permanente disposición mental de trabajo. Por las mañanas, acompaño con una lata, preferiblemente de mejillones. Podría vivir en esta rutina eternamente sin tener que hacer más cambios que el color del vino y el continente de la lata.

III

Se ha estropeado el fregadero. Está atascado. He comprado un producto desatascador, pero ahora se ha atascado también ese producto. He tenido que poner un balde debajo, en una especie de y griega que se forma en el lugar en el que se juntan ambas pilas -no sé si se llama pila cada uno de los dos receptáculos que forman el fregadero- y que nunca había visto antes. A veces pierde líquido, lo que está estropeando la madera de ese pequeño armario. Joder, no sé como se llaman las cosas de mi cocina. En definitiva, que en cuanto cae agua, se desborda, no traga y además cae por debajo, lo cual es lo mismo que admitir que tengo el fregadero inutilizado. Gracias.

IV

Hoy no hemos salido a aplaudir. No nos hemos acordado y tampoco lo hemos oído. Cuando he mirado el reloj eran ya las 20:04. Me he sentido, de pronto, tremendamente liberado.

(Este diario se irá completando sin orden ni concierto ni aviso previo).