bota

Ahora, cuando uno pasea, lo hace en subjuntivo, en un estado como hipotético. Ya casi no recordaba el horror de caminar por caminar, sin más horizontes que el de las trescientas calorías, pero apenas me han hecho falta cincuenta minutos por la calle junto a una niña de nueve años para meterme de nuevo en el personaje de padre paseante, anticipando delitos y oteando el horizonte como Rodrigo de Triana. Porque así iba yo, como un explorador que se hubiera licenciado en derecho: en una mano el Código Penal y en la otra un mapamundi de un kilómetro a la redonda. Abandono así mi código postal como si fuera a abandonar Berlín este: guantes, gafas, paraguas, DNI, sentencia de divorcio, libro de familia, prueba de paternidad, tacómetro, el genoma secuenciado y una foto de Ábalos. Que nunca se sabe.

Yo estrenaba el permiso de paseo en calidad de progenitor acompañante. Es decir, en puridad, era mi hija la que me paseaba a mi. Así que iba yo como Hernán Cortes remontando el Orinoco, concentrado, midiendo la distancia, el tiempo y la predicción meteorológica, como un zahorí. Nos encontramos con una madre del cole que iba a dejar en casa a uno de los niños para coger a otro y repetir caminata. Tres niños tiene. Eso pone la frontera en las novecientas calorías. Las madres del cole son astutas, aunque espero que el lumbreras que haya pensado que era buena idea dejar a salir a la vez a todos los niños de España esté ya siendo azotado en un cuarto secreto del Palacio de la Moncloa. La realidad es que ayer los chavales parecían Jandillas en la curva de Mercaderes, dándose uno por uno el mismo leñazo en el mismo sitio y levantándose dignísimos para seguir la carrera por Estafeta, con la suerte a favor, el sol en contra y esa indiferencia ante el dolor que trae consigo la sobredosis de adrenalina. Los padres, por detrás, como Rastrojo y Chichipán, sin la vara de fresno en la mano, pero con el periódico enrollado al estilo de Chapu Apaolaza en su foto de whatsapp. Unos con la bici, otros en patinete, otros controlando un balón; todos ellos cumpliendo fielmente los principios generales del movimiento y desatados, como la furia de un dios griego. Yo con la lengua fuera, oliendo la primavera como un pointer en las Galerías Lafayette. Por cierto, en pleno olfateo me encontré con mi vecina, la guapa, que me miró como miran las vecinas guapas a los padres que olfatean primaveras. Mientras ella me hablaba de no sé qué, yo pensaba que un divorciado con hijos es un valor al alza y creo que podría llegar a cobrarla una importante suma para dejarla pasear diariamente con nosotros, para lo cual deberíamos empezar por aprender a discutir cruelmente y sin piedad, como una verdadera familia. No vayan a sospechar que nos queremos.

Hoy mi niña tiene una ampolla y yo agujetas. Estamos, por supuesto, de reposo, que no queremos rompernos en pretemporada y al fin y al cabo somos más de leer. Este sábado, eso sí, podremos ya salir todos a pasear o a correr sin niños y sin perros, lo que es lo mismo que decir que estamos desconfinados de hecho, por lo que creo que estamos a cuarto de hora de que se nos ocurra salir con la bota de vino al hombro y ver cómo pasan unos señores con patines ofreciéndonos torreznos como avituallamiento. Si seguimos así, me temo que antes de verano inventamos la hostelería portátil.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 28 de abril de 2020 con el título de ‘El paseo’. Disponible haciendo click aquí)