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Este diario continua el anterior diario de confinamiento ‘Distancia Social’. Disponible temporalmente haciendo click aquí.

 

Lunes, 11 de mayo

Paso el día mareado, como si un vértigo extraño me despersonalizara. Se parece al mareo de cuando tuve ansiedad, pero no tengo ansiedad. Además, como y duermo bien. Este es un mareo que no es del todo físico, sino más bien ambiental, circunstancial y no quiero escribir mucho sobre ello porque al tratar de analizarlo lo amplifico; al intentar comprenderlo para poder escribirlo, lo intensifico, lo hago mucho más real y deja de ser circunstancial para convertirse en plenamente esencial. Si no lo pienso, se me pasa. Si me sumerjo para encontrar el adjetivo perfecto, lo modifico por convertirse ya en algo literario y, por lo tanto, comienza a ser ilusorio y al final no sé si estoy mareado o no. A pesar de ello, paso el día trabajando y las últimas horas del día vagueando, enredándome en una lista de libros imprescindibles que me pide mi amiga Esperanza Ruiz. Aunque creo mucho más interesante escribir la lista de los mejores libros que no he leído, que son más de los que he leído.

Intento huir de la pedantería de este tipo de listas y le envío sesenta lecturas, que incluyen Historia de España, Arte, Columnismo, Toros, Poesía, Religión y Compañía de Jesús, Dietarios, Libros de viajes, algo de pensamiento conservador, tema medieval castellano -es decir, Reconquista- y, por último, algo de ficción, sobre todo extranjera. Es decir, me ciño a mis temas preferidos, a los temas que me son propios, a los que se debería unir historia de Valladolid, en particular desde el siglo XIII al XVII, es decir, Borgoñas, Trastámaras y Austrias. Este último tema lo he omitido por no aburrir al personal del resto de España, que no supongo no tiene interés por la historia de esta ciudad, a pesar de ser el resumen de su propia historia.

Esto me da una idea acerca de cómo tengo que reestructurar mi biblioteca, quizá esa sea la división lógica. Tengo que ponerme en serio con ello. Quizá mañana comience. Pero esta operación, aparentemente acotada a los libros, conlleva una intervención de mayor calado. Antes de comenzar a ordenar mis estanterías, debo retirar de ellas juguetes, muñecas y todo tipo de restos de los últimos diez años en los que una niña ha tomado la casa como Napoleón tomó Europa. Es decir, debo ordenar primero su habitación para dejar hueco a lo que retire de mis estanterías. Y esto implica hacer una limpieza general de juguetes. A los nueve años (casi diez) una niña es una mezcla entre una de seis y una de doce. Es decir, conviven muñecas con posters, marionetas con coreografías de tik toks, ídolos infantiles con actrices de series adolescentes, casitas infantiles con un maquillaje que no sé de donde ha salido pero que odio con todas mis fuerzas, lo que ha hecho que, de modo subsecuente, también haya en mi casa toallitas desmaquillantes por primera vez en muchos años. A los diez años, es el momento de cambiar la casa entera y aceptar que los juguetes que ha atesorado durante toda la vida ya no tienen sentido ahí. Hay que deshacerse de ellos, lo que implícitamente quiere decir que hay que pensar en deshacerse de la infancia.

Siempre que llego a este punto me entra un poco de miedo, no sé muy bien cuales son los pasos a dar con una niña pre-adolescente y me muevo en la ambivalencia; la mitad de los días me voy a la cama pensando que he sido demasiado duro con ella y la otra mitad pensando que he sido demasiado blando. Nunca pienso “hoy he estado sembrado”. Y pienso que quizá necesitemos cambiar de casa, una más acorde con nuestras necesidades actuales, con dos baños, con armarios más grandes, una habitación más para poner un pequeño gimnasio y, por supuesto, una gran sala con los libros, un piano, un equipo de música, una mesa central de madera antigua y dos cómodas butacas. Quizá un pequeño jardín para desayunar leyendo el periódico o cenar en las noches de verano. Y entonces pienso si será mejor irse a un pueblo, pero no sé conducir e ir con chófer me parece entrar con mal pie en la sociedad rural.

Uno empieza ordenando libros y termina cambiando de vida.

 

Martes, 12 de mayo

 

I

 

Hoy hace once años que nos dejó ese chico y solitario que se llamaba Antonio Vega. Hace cinco, escribí esto y hoy lo traigo a colación porque no tengo una coma que añadir y no tiene sentido repetirme.

Habláis como si no pasara nada, como si el día menos pensado pudiéramos encontrarnos con él por la calle de la Palma. Habláis como si el mundo sin Antonio fuera lo mismo, como si al fin y al cabo aquel chico solitario y triste fuera prescindible y su muerte fueran sólo gajes del oficio, cosas que pasan, el fútbol es así. No, no es así. Antonio era imprescindible porque emocionaba sin gritarte, porque llegaba a tonos imposibles sin garganta, directamente salidos de un corazón a punto de partirse en cada momento. Antonio te paralizaba con miradas profundas, porque era sumamente especial. Antonio no se fue sin más; hay un hueco en Madrid, como una burbuja translúcida de vacío que se mueve a su voluntad y que a veces viene a mi estómago a recordarme que Antonio Vega ni está ni volverá a estar. Que era verdad que se acabó. Y, no me digas por qué-, esa burbuja sonríe.

He estado en varios conciertos de Antonio y nunca he visto más respeto ante un artista, quizá con Camarón. Si ese día el maestro estaba mal, pues a casa y punto, pero nadie lo expresaba en alto, nadie quebraba el silencio ni la magia, nadie contaminaba el aura mágica que creaba su presencia con palabras gastadas. Nadie rompía la enorme tensión que surgía justo antes de que diera la primera nota y constataramos que estaba afinado, que llegaba, que todo OK. Que estaba allí y que ya podíamos respirar aliviados y dar un trago a la cerveza. Nadie molestaba a nadie, era una especie de oración interior, de comunión con tus sentimientos más bonitos, joder. Daban ganas de levantarse y protegerle, de darle un abrazo, de llevártelo a casa, hacerle unas lentejas y taparle con una manta.

Antonio no era sólo un músico. Antonio era un genio que hizo música como podía haber hecho otra cosa. Él habría sido un excelente físico, un gran pintor, un arquitecto de renombre, un bailarín. Sobre todo, habría sido un excelente torero, porque Antonio Vega fue fundamentalmente eso, un torero hierático, más Joselito el Gallo que Juan Belmonte, un torero de culto, el heredero de la estirpe milenaria de los toreros de arte, Antonio fue Rafael de Paula pero en Chamberí, un Paula quebrado en su hondura trágica y honda. Antonio no tiene seguidores, Antonio tiene penitentes y nos uníamos a él en una liturgia de vellos de punta, de pieles de gallina, de nudos de doble lazo en la garganta. De alguna manera seguimos unidos en este corte de digestión, en este suspiro contenido que dura ya seis años de mierda. Joder Antonio, qué pena.

El otro día bebía en El Penta, esperando a su fantasma, que por supuesto no vino. Le busqué por Clamores, por la Galileo, en El Sol, en la Vía Láctea de mis sueños y en el Liceo Francés. Pero tampoco estaba allí. Yo no sé donde está ahora, pero sé que aunque la burbuja sonría, cuando le escucho me siento muy triste, no puedo evitar pensar en su último momento, en el momento el que se pararon los relojes de Madrid, en ese momento que me pilló en un café de La Latina, en el último hálito del ser más frágil que jamás ha dado el mundo diciendo a su familia: «No me quiero morir».

Antonio ha sido la sensibilidad más grande, yo creo que veía cosas que el resto no vemos, pero lo más grande de Antonio es que su sensibilidad no es cursi, es más bien un lamento digno, un dolor sin barroquismos, es un kilo y medio de oro puro, sin matices, sin formas ni adornos, un tipo de sensibilidad nada evidente que yo creía reservada para ciertas élites pero que una vez más me demostró estar equivocado.

Escribo esto hoy porque hoy es un día más, porque no pasa nada, porque no celebramos nada y porque es un día perfecto para echar de menos sin flamenquismos, para dejarnos llevar por ti, como supongo que harías antes de irte y dejarnos huérfanos de arte y de belleza, de dejarnos solos en el medio de esta vulgaridad que huele a trazo grueso. Te echamos de menos, Antonio, medio poeta-medio hippie, medio vivo-medio muerto, medio gigante-medio infante. Medio artista al cuadrado, media verónica, media verdad, media noche de verano con media vida ya vivida. Todo sigue adelante sin ti aunque como tú decías, “Yo nunca me he ido. Siempre he estado aquí y sigo estando”. Pero no te vemos. Y te echamos de menos, cabronazo.

 

II

La columna de El Norte, ‘Peligrosos hombres libres’ funciona bastante mejor de lo que pensaba. Está bien escrita y compagina crítica con humor y cierto aire de ligereza que me gusta. Odio la Gran Literatura. Casi nunca funciona.

 

Miércoles, 13 de mayo

I

Escucho ‘If You Tolerate This Your Children Will Be Next”, de Manic Street Preachers y recuerdo aquel directo del 7 de octubre de 2009 en Webster Hall, cerca de Union Square, en la Tercera con la 11. El concierto fue lo de menos. De hecho es un grupo que, más allá de su media docena de exitazos, que ciertamente lo son, deja un poco frío. No transmiten bien, afrontan el directo como afronto yo el tercer trimestre del IVA. Lo importante fue que hicimos la previa en un bar llamado ‘Village Pour House’ donde tomamos cantidades ingentes de Bud y tres pequeñas hamburguesas de acompañamiento -ternera, cerdo y pollo- mientras veíamos un partido de los Yankees en las pantallas gigantes. Comenzamos como apartados, auto excluyéndonos del sentimiento de comunidad que genera el baseball, pero el ambiente pudo con nosotros, nos elevó a los altares y al final nos abrazábamos a las personas que teníamos al lado como si marcara el Betis y en lugar de Nueva York estuviéramos en el Bar Santa Ana de Triana. Celebrábamos cada carrera como un gol agónico y cada base conquistada como si lo que se hubiera conquistado fuera un país protestante. Luego, en la cola para entrar al concierto, pasó a nuestro lado el bajista Nicky Wire, y le saludamos confundiéndole con Billy Corgan, de Smashing Pumpkins.  Lo de dentro fue lo de menos. Lo de después, una fiesta como de estudiantes en Salamanca, pero con un anfitrión que era VP de Microsoft o de IBM o algo así. Terminamos en un antro de jazz, viviendo la vida como si se nos escapara de los dedos.

Lo contrario nos sucedió una semana después en San Francisco, cuando vimos en dos días a Moby en el Warfield y a Juliette Lewis and The Licks en una sala cuyo nombre no recuerdo pero cuya barra, sí. Fueron dos conciertos memorables, tremendamente diferentes. Uno medio vacío, en sala mediana; otro repleto y en un teatro gigante, nunca he visto algo tan grande en España. Uno, el genio de la electrónica mestiza. Otra una descarga punk de una asesina nata. Ambos fueron conciertos para no olvidar jamás, pero la verdad es que ya se me están olvidando. Lo que nunca podrá borrarse es esa sensación de estar en el centro del mundo y de ser tremendamente feliz.

Habíamos ganado mucho dinero en Las Vegas y lo quemábamos con un aire de herederos de un país inventado. Por el aspecto todos creían que veníamos de Nueva York, como en efecto sucecía. Pero llegábamos de una semana, no de toda una vida, aunque creo que el que llega de Nueva York siempre llegará de toda una vida. Es una ciudad iniciática que lo cambia todo. Mientras nos decían lo del aire neoyorquino, en un bar de san Francisco situado en una antigua parada de postas, puse un tema de Bob Dylan en la gramola una vez tras otra. El camarero, rubio y coletudo, me alabó el gusto y nos confesó que jamás había salido de California. Yo le dije que, sin duda, era la parte de Castilla más canalla. En Silicon Valley vive la gente más brillante de la elite de cada país. Es decir, ganan dinero. Y todo es provisional, nadie está para siempre, lo que confiere a todo un aire de provisionalidad y de golferío terrible. Nos invitó a un festival en una isla en donde tocaba un grupo totalmente desconocido para nosotros y muy famoso en California. No fuimos, preferimos quedarnos en la bohemia de Haight-Ashbury. El grupo posteriormente se hizo muy famoso internacionalmente y no paraba de sonar en España. Cuando nos dimos cuenta de quienes eran, nos quedamos con cara de gilipollas. Su nombre: MGMT.

 

II

 

Sale mi columna cerrando el suplemento especial de patrimonio de ‘El Norte de Castilla’. Soberbio trabajo el del periódico. Mi columna es muy celebrada y me alegra especialmente porque en ella recuerdo a mi abuela Flora. En el anterior suplemento, recordaba a mi abuela Candelas. Las echo de menos profundamente. Profundamente.

 

Jueves, 14 de mayo

 

I

Hojeando ‘Guerra y paz’, en concreto pensando en los personajes de Maria Bolkonsky y Natasha Rostova, caigo en la cuenta de que el amor literario, o mejor dicho, la mujer literaria es una ficción creada por el hombre. En concreto, por el hombre escritor. Estas mujeres no existen, son personajes nacidos de la mente de Leon Tolstoi, son proyecciones suyas, nacidas de sus deseos y sus idealizaciones. Y este es el gran problema del lector precoz, que hemos conocido a la mujer irreal antes que a la real. Que tenemos expectativas literarias y esas no son reales ni pueden serlo. Seguimos viendo a la mujer como constructo idealizado, un ser que no existe más que en la mente del hombre escritor y esto es evidentemente catastrófico. Me pregunto por qué hay muchas menos mujeres que hombres escribiendo. En otros momentos podría ser un tema ligado al machismo, pero en este momento es impensable pensar en esto como causa. Si no escriben -o lo hacen en menor proporción- es porque no quieren hacerlo. Y cuando lo hacen no suelen escribir de hombres. Los hombres piensan en las mujeres. Las mujeres piensan…en otras mujeres. Es extraño pero la mujer es la creación literaria por excelencia. Creo que habría que estudiar a las mujeres en un primer paso y luego ya ponerse a leer. Si se hace al revés sucede como me sucedió a mí, que me enamoré de las mujeres de los libros sin saber que las mujeres de los libros solo existen en las cabezas de los escritores.

 

II

 

Conseguí el email de Sabino Méndez para enviarle mi diario de confinamiento ‘Distancia Social’, en el que aparece citado con mucha frecuencia. Había leído en los dos meses anteriores ‘Hotel Tierra’ y ‘Corre Rocker’ y me parecieron grandes obras. En definitiva, quise hacérselo llegar. A mi me gustaría que alguien que me cita en su diario me lo hiciera llegar y por eso lo hice. A los pocos días, recibo un e-mail del propio Sabino agradeciéndome las citas, diciéndome que se había divertido mucho leyendo tanto el diario como la página en la están recogidos todos mis textos. Habla muy bien de El Norte de Castilla, su ex mujer es de Valladolid. Me produce una gran alegría anterior este e-mail. Le emplazo a un lechazo y un buen Ribera del Duero cuando esté en la ciudad. Un gran tipo este Sabino.

 

Viernes, 15 de mayo

 

I

Tengo una sensación de liberación por haber acabado el diario del confinamiento. Este nuevo diario parece una continuación sin más, y sobre todo cuando no hay ni un día de distancia entre ambos. Pero no lo es. Es para mi importante la coherencia interna de una obra y uno sabe cuando acaba una y empieza otra. Son aires distintos, las sensaciones son diferentes. La predisposición al escribir también lo es. ‘Distancia social’ está escrito en un momento complicado, de alta incertidumbre y caos histórico. Este diario nace de un punto de partida diferente, no mejor, pero al menos sin confinamiento, con una curva descendente de muertos y una ascendente de miseria económica. El anterior es el fin de un proceso. Este es el comienzo de otro. El anterior diario era el ‘crash’ del 29. Este es la Gran Depresión. Y me gusta la idea de dividir los diarios por sensaciones, por intervalos no numéricos -año, lustro- sino conceptuales. No sé cuándo terminará este y espero que el tiempo me lo vaya diciendo.

En ‘Distancia Social’ no había, en principio, ninguna intención de incluir reflexiones sociales o políticas, sino acotarlo a algo totalmente íntimo. Sin embargo, mi amigo Alfredo Fernández me sugirió que lo aderezara con reflexiones que le dieran cierto aire periodístico en segundo plano, que mantuviera el carácter intimista pero que se pudiera consultar en el futuro y verlo en el contexto histórico. Si algún día se edita, me gustaría intercalar en el propio diario las columnas que durante esos dos meses he publicado en El Norte de Castilla, de modo que se pueda poner al autor en su contexto. O quizá sea al revés y se trate de poner el contexto en relación al autor. Creo que es una buena idea, como todas las de Alfredo, una de las personas más brillantes que he conocido en mi vida y con puntos de vista que van siempre tres jugadas por delante de todos, como Xavi jugando al fútbol. Es una mente genial que casi siempre me hace sentir gilipollas. Yo creo que cuando Alfredo habla conmigo me deja hablar como cuando yo dejo a mi hija mover las fichas en el ajedrez: con esa mezcla de piedad y cariño con la que tratas a alguien profundamente equivocado. Debe pensar «Vamos a dejar hablar a Peláez, que está emocionado con su mierda de idea y ya poco a poco le voy enderezando sin hacerle mucho daño al pobre…». Y es que a Alfredo le debo mi felicidad casi al completo: él me ha dado, con sus consejos y en diferentes momentos, las bases para construir la vida de felicidad que hoy tengo: hija, empresa y escritura. Y hasta ahí puedo leer. Es difícil ser buena gente pudiendo ser un ‘killer’, pero él lo consigue. Será cabrón.

 

II

 

Recibo una oferta para colaborar mensualmente en un medio digital. Qué gran ilusión me hacen estas cosas. Hace año y medio nadie me hacia ni puñetero caso. Hoy tampoco mucho, pero la cosa ha cambiado. Pregunto a mi director en El Norte de Castilla, Ángel Ortiz, y no pone pegas de ningún tipo. Comienzo las conversaciones para concretar algunos aspectos, pero mi respuesta es sí, claro. Posteriormente me entero de algunas de las demás firmas que ese medio podría tener y me parecen opciones bien elegidas.

 

III

 

Charlo con Javier Vielba, gran músico y productor, además de amigo. Me habla de su nuevo proyecto en solitario y lo que me cuenta me parece fantástico. El tío tiene una cultura musical gigante, ha escuchado todo, analizado todo y es capaz de crear un sonido propio y un estilo particular con un gran eclecticismo y, aún así, ser único dentro de la heterodoxia. Esto me parece que tiene mucho mérito. Innovar y reventarlo todo es una pretensión adolescente. No soporto ese adanismo de ciertos artistas que creen ser un género nuevo, como diciendo que todo lo anterior no sirve, que a partir de ellos empieza todo. Javier es capaz de avanzar desde el respeto al rock, a la electrónica, a esa oscuridad afterpunk, a las estructuras pop y también al folk. No es fácil. Compartimos un gran amor a Castilla, un compromiso por nuestra tierra y muchas referencias en diferentes ámbitos. Me lo suelo encontrar en una cervecería que hay debajo de mi casa y por ello no me acuerdo nunca de nada de lo que hemos hablado. Empezamos con media pinta, como dos fariseos que fingen que se van a ir en diez minutos, y terminamos triplicando rondas llenas de pintas de stout ale. Y claro, llegamos a casa tambaleándonos como auténticos caballeros. La próxima vez que quede con él me llevo a un notario. Y a dos taquígrafas.

 

Sábado, 16 de mayo

 

I

Hoy ha venido a limpiar y planchar la señora que me ayuda en casa. Esto implica lo que implica: me tengo que ir. Decido que el mejor lugar es mi despacho, en la agencia, y allí leo dos periódicos, respondo correos e intento buscar en internet ropa de verano que me guste, algo que finalmente abandono por imposible. Intento también buscar unas pulseras para mí, pero tampoco me atrevo. Busco un reloj, pero los bonitos cuestan tanto que me niego a pagarlo. También busco una americana de tweed que sea oscura. Y unas gafas de sol nuevas. Abandono todo ello por imposible. No me gusta nada y no sé comprar.

 

II

 

Recibo la llamada de una antigua compañera y amiga. Me reitero en un concepto bastante sencillo pero que, por lo que veo, la gente suele entender mal: en la mayoría de las ocasiones, lo prudente, lo sensato, lo conservador no es quedarse en tu trabajo de mierda sino irte. Cuando el hundimiento es cuestión de tiempo y lo sabes, irte es un acto de supervivencia, aunque aparentemente el hecho de irte de un trabajo parezca arriesgado. No, muchas veces lo arriesgado es quedarse. Lo revolucionario es no hacer nada. Lo conservador es protegerse, andar, avanzar. Este aparente juego de palabras lleva a errores de bulto en todos los aspectos de la vida, como por ejemplo en lo empresarial. Parece que prever un entorno difícil con coronavirus es poco ‘moderado’. Lo sensato parece ser esperar que todo vuelva a su cauce. Es un tremendo error. Lo sensato es adaptarse a la realidad y hacer cambios radicales. Eso es lo prudente. Creer ser prudente muchas veces oculta una personalidad irresponsable y castrada para el análisis. Si sabes lo que va a pasar no entiendo por qué hay medias tintas, si sabes que después del sábado viene el domingo es absurdo e irresponsable actuar como si esa fuera solo una de las posibilidades. Desde el día 1 de marzo cualquier persona (ojo, cualquiera que quisiera, la que sea) era totalmente conocedora de la que se nos venía encima, porque la aritmética es tozuda y no depende de nada. Lo mismo pasa ahora. Actuar prudentemente a ver qué pasa es una grave irresponsabilidad. Ya sabemos lo que pasa. Lo prudente es hacer algo. Así se lo hago saber a mi amiga: si quieres ser prudente, ármate hasta los dientes e inicia la aventura de la sensatez. Tienes una familia y quedarse en el sitio como si no pasara nada es una locura.

 

III

Me llama mi director para ofrecerme una colaboración en El Norte durante los meses de verano, donde tradicionalmente se suspende la sección de opinión para poder hacer periódicos más ligeros y con menos páginas. La colaboración se concreta en una columna con tono de diario, entretenido, poco denso y en días alternos. Esto suman 27 columnas. Gran ilusión. El año pasado firmé cinco o seis contraportadas con gran éxito. Espero estar a la altura.

 

Domingo, 17 de mayo

I

Comienzo el día de mal humor y un pequeño malentendido me hace recordar por qué no tengo pareja. Me siento metafísicamente incapacitado para ser feliz junto a una mujer y este hecho no lo vivo como un lastre o un hándicap sino como una bendición, como una enorme suerte. No soy el tipo de hombre que necesite que alguien venga a completarle, a llenarle. (Pausa de un minuto para pensar si es ‘completarle’ o ‘completarlo’. ‘Llenarle’ o ‘llenarlo’. Incapaz de tomar una decisión y sin ganas de dejar de escribir para buscar en la RAE o llamar a un amigo no castellano que en milésimas de segundo analice la frase, si el verbo es o no transitivo y, por lo tanto, si el complemento es directo o indirecto, decido proseguir). No, yo no quiero una compañera, ni una cómplice ni nada parecido. Tampoco quiero un proyecto común ni una convergencia de intereses, cariño y modo de ver el mundo o de disfrutarlo. Yo no quiero discutir, ni dar mi punto de vista, ni escuchar el suyo, ni llegar a un acuerdo, ni ceder, ni que cedan ni tampoco lo contrario. No quiero ser adorable, encantador, divertido. No quiero la arrogancia de ser yo mismo. Yo solamente quiero seguir mi camino hasta donde me lleve, sin hablar demasiado y sin dar ni pedir explicaciones a nadie. Y a ser posible en silencio. No creo que pida demasiado.

 

II

Desde que escribo, leo como escritor y no disfruto tanto. Estos días, leyendo ‘Historias de Manhattan’ de Auchincloss, me doy cuenta de que corrijo mientras leo, de que coloco las frases del autor otro modo, busco alternativas, cambio signos de puntuación, elimino adverbios, desapasiono adjetivos como si estuviera editando un libro mío. Y hasta que no dejo la frase a mi gusto, no puedo seguir leyendo. Es bastante cansado. Leo para aprender, no para disfrutar. Esto no es sano y espero que se me pase algún día. Paso el resto del día descansando.

 

Lunes, 18 de mayo

 

I

Ayer, mi amiga P. me dio un toque. “Por favor, no te vuelvas un huraño. No tienes 70 años”. Este es el típico consejo que se encaja diferente según quién te lo diga. Conociéndome, si me lo dice otra persona, me habría sentado regular, aunque me habría callado. Y no porque el comentario fuera más o menos acertado, sino por principios, por negar la mayor y mantener mi cuota de libertad e independencia, en plan PNV. Torear por derecho, que diría un torero. Pero creo que tiene toda la razón y, aunque no la tuviera, respeto mucho a P. Lo suficiente como para callarme, escucharla, encajar y dejarme llevar por su visión, que me parece más completa y desde luego más sensata y equilibrada que la que pueda tener yo desde dentro.

Decido hacer esfuerzos para compaginar mi natural tendencia al aislamiento con una mayor actividad social y voy a ensayar la carita de entusiasmo, aunque esto sea difícil en pleno confinamiento y con un tipo de vida dedicado a trabajar, escribir y criar a una niña. Esta tendencia al aislamiento se percibe, por ejemplo, en mi maestría para torpedear cualquier tipo de relación afectiva incipiente. Echo la vista atrás y son decenas las bombas lapas puestas en cada cimiento para joderlo todo desde el principio, desde abajo, con el único objetivo de verlo arder, como un Nerón preventivo. Lo que no consigo entender es con qué objetivo, pero ni esto es un manual de autoayuda ni yo un psicomago argentino. Veremos. De momento, en cuanto pueda ir a Madrid, P. y yo nos vamos de cañas. Hay ganas. Y este acto inaugura la operación antihuraño.

 

II

Hago una primera columna para El Norte que no me llega a enamorar. Así que hago otra. Y esta vez sí, sale redonda. Se titula ‘Se vende recién nacido’. Preveo movimiento mañana. Confirmo que cuanto más escribo, mejor escribo. Es una cuestión de práctica, de naturalidad, de tener las medidas a la extensión, como Nadal con la pista lenta. He hecho dos columnas como podría haber hecho tres o cuatro, tengo temas para una semana. Y, por supuesto, compaginándolo con el trabajo, que es donde realmente dedico el tiempo. Una columna es una hora. El día tiene veinticuatro. Hay mucho patán.

 

III

Recibo el permiso de Sabino Méndez para publicar el contenido de su e-mail de la semana pasada. Es lo que sigue.

Saludos, José. Me sentiría más cómodo si nos tuteáramos. ¿Te parece?

Me lo he pasado estupendo leyendo tu blog.

Gracias por los elogios. “Hotel Tierra” lo escribí con 45 años. Es cierto que reelaboré textos de los 21 y de los 23 pero tendrías que haber visto los textos originales (los guardo en mi caja fuerte bajo siete llaves). Eran afectados, egocéntricos, infantiles. Como deben serlo a esa edad, por otra parte, de lo cual me alegro porque me hace saber que fui un tipo sano y normal (cosa sobre la que con frecuencia me asaltan dudas).

Los textos originales sirvieron de guía para elaborarlos en el recuerdo y producir “Hotel Tierra”. Un libro que se complementa muy bien con “Corre, rocker” y del que estoy muy contento. Me alegro que lo hayas disfrutado.

Seguiré desde ahora tu columna en “El Norte de Castilla”, una cabecera de gran Historia. Para mí, además, es muy especial y me trae muchos recuerdos porque la madre de mi hijo es de Valladolid.

Un saludo desde Sitges.

Sabino.

 

Viva Sitges y viva Sabino.

 

Martes, 19 de mayo

 

I

Comienzo mi desescalada de anacoretismo para hacer caso a P. Soy un hombre de palabra, así que quedo con cuatro amigos y sus respectivas descendencias en una terraza sin bar -solo hay que conocer bien la ciudad- y ocupamos cada uno una mesa, de modo que conseguimos cumplir las normas a la vez que las promesas. Estaban Picón, Tomé, David y mi cuñado Edu. Es curioso cómo cambio de personalidad y me cambian las prioridades en el medio de ese encuentro con el otro, en particular si ese otro son unos sinvergüenzas, como es el caso. De modo instantáneo le quito gravedad a todo, solo quiero tomar cervezas y reirme. El día que abran los bares van a tener que intervenir las fuerzas de seguridad. Aquí va a haber tumultos. Seguramente provocados por nosotros. Echo de menos El Colmao y echo de menos el Farolito, hay que ir quitando el freno de mano a la vida en general y a la vida literaria en particular, aunque va a ser complicado. Viene mucho trabajo en El Norte, comienzo la colaboración en El Debate, sigo con el diario y tengo varios proyectos de libro en la cabeza. Seguramente comiencen en septiembre, no puedo abarcar más escritura en este momento. En la agencia hay muchísimo trabajo y solo escribo en tiempo libre. Entre todo ello y con la prioridad total de la niña, no queda tanto al final del día.

 

II

La colaboración se concreta. ‘El Debate’ es un diario digital de análisis y pensamiento que publica, sobre todo, artículos de opinión y entrevistas. Su nombre sigue la estela del mítico diario fundado por Herrera Oria, que por cierto hizo el bachillerato en mi colegio, el San José (Jesuitas) de Valladolid. Tres hermanos suyos fueron jesuitas y el propio medio, El Debate, originalmente lo fundó también otro Jesuita, el Padre Ayala, así que con estos mimbres cualquiera dice que no. Depende de la Fundación Universitaria San Pablo CEU. Me ha gustado el tono, el tipo de medio, el sesgo, la calidad de los colaboradores, cómo el director, Pablo Velasco, ha creído en mi y en mi tono y lo que no sé es qué coño hago yo entre mentes tan preclaras y tan madrileñas. Como he oído a alguien en alguna ocasión, “yo hablo ignaciano”, que es un idioma en si mismo. Y en momentos como este creo que es importante apostar por este tipo de medios, por la reflexión más sosegada y con más ‘poso’. Que Sánchez es un impresentable y los de VOX unos cafres, ya está dicho. Y apetece alejarse de la jauría, cuanto más mejor. Comienzo el sábado 30 y publicaré el último sábado de cada mes. Por supuesto llevo una semana preparando el primer texto, al menos en mi cabeza. Decía Julio Camba que la primera columna lo es todo y que luego puedes vivir de las rentas. No le falta razón, aunque yo creo que en la primera columna -como en el primer matrimonio- se corre el riesgo de tomarse las cosas demasiado en serio. Algunos pardillos hasta se enamoran.

A Pablo le gustan mucho mis textos ligados a Castilla. Le comento que para mi, es un tema propio. Considero que, al igual que el pintor tiene una paleta de colores, su paleta, el escritor tiene la suya, y esta no es una alacena de adjetivos y locuciones, sino de temas y ángulos. Yo tengo mis temas y Castilla es uno de ellos. Podría escribir una enciclopedia porque mi tierra y su pasado es mi debilidad y he leído un poco sobre ella y su historia. Lo suficiente como para quererla con todas mis fuerzas. Pero intento no abusar porque creo que puedo llegar a cansar, es un tema intenso que no puede tomarse a tragos largos. Y yo además me pongo muy afectado y sí algo persigo es escribir contenido y no como un publicista. Es decir, quiero escribir al contrario de lo que hago cada día. Me acabo de dar cuenta de que los textos que no me gustan, los que triunfan, son los que escribo como si escribiera un anuncio. Afectados, pasaditos de emoción, vulgares, como de redactor podemita intentando ligarse a una becaria feminista. En cuanto me contengo y no saco el truquito de la artillería publicista, esto es, casi siempre, le gusto a otra gente, inferior en número, superior en criterio. Empezando por mi, que es el criterio que más me interesa. No obstante, uno de mis proyectos literarios, es un libro de temática castellana, quizá rural. Para ello necesito una temporada en el campo con mi tío Ramón. Y un editor que confíe en mi y al que hacer rico.

 

III

Yo soy un antimaldito, un buen tipo, un padre, un empresario que antepone el dinero a la literatura y la literatura a la televisión. No hay mucho más. Escribir no es un oficio, o al menos, no es un buen oficio. Solo los grandes ganan dinero con esto, pero dejar de escribir por su escasa remuneración es no haber entendido nada. Se escribe porque Dios te ha dado un talento y hay que cumplir sus dictados como parte del trato. Se escribe como se reza, como se mece a un hijo, como se paga el IBI. Primero hay que tener un oficio: médico, abogado, camarero, puta, cura. Y luego, se escribe. Por mandato, por necesidad, por diversión, por destino. A cambio de dinero en ocasiones. En otras, no. Pero para escribir bien, el primer consejo es no vivir de ello, no necesitar el dinero. Solo de este modo podrás escribir libremente, sin presión de pan o jefe. Con presión uno tiende a escribir lo que la gente quiere leer. Y eso es el camino más corto al descrédito.

No creo en la literatura de desván del siglo XIX, en la bohemia, en los malditos, en el romanticismo del escritor atormentado y pobre. La visión del artista como un ser infantil y caprichoso, con accesos de ira, es erróneo. Un artista es el que sabe más, ha visto más, ha pensado más, ha viajado más y trabaja más que el resto, un artesano. Lo otro es solamente una idea retrógrada heredada del XIX y que hace mucho daño. La escritura como oficio es un engaño. Madrid, para el escritor engañado, es un engaño doble. Madrid es una ciudad cara para ser pobre y, por ello, es tumba de mucho talento. Un escritor que podría escribir genial en Córdoba mientras trabaja en otra cosa fracasa invariablemente en Madrid al malvivir por sostener el disfraz. Y lo peor es que no hay salida, como en la canción aquella: el pecado de ser provincianos en Madrid. No hay nada más paleto que abrazar el madrileñismo a costa de renunciar a tu esencia, a tu tierra, a tu gente, a lo que eres. No hay nada peor que estos provincianos que se vuelven más madrileños que la Cibeles, que su ciudad se les ha quedado pequeña y que viven como anestesiados por las luces y el reflejo cóncavo del espejo del Callejón del Gato. Joder, Madrid sí. Sí rotundo. Desde pequeñitos. Pero con cabeza, sin paletadas y sin vestir a tu hijo de chulapo en San Isidro, por favor. Que no somos charnegos pidiendo permiso a los amos para integrarnos. Madrid no es eso. Es lo contrario a esto. Nuestra identidad, la castellana, es la falta de folklore y jueguecitos identitarios. Lo correcto es ver, desde siempre, Madrid como tu casa. Así de mayor no harás el ridículo persiguiéndola a toda costa.

 

Miércoles, 20 de mayo

 

I

Me he cortado el pelo y la barba donde mi amigo Iván, el asturiano. Tengo una alarma para ir mes y medio después de la última vez. Siempre pienso que no me hace falta. Sin embargo, siempre salgo siendo plenamente consciente de que sí que me hacia falta e intento recordar este razonamiento para la próxima vez. Pero en mes y medio volveré a dudarlo e iré semiobligado. Me quiero dejar la barba más larga, pero es complicado porque se me riza y parezco un profesor marxista de Teoría Económica. Pero no desisto y me sale una mezcla de Gistau con Carlos Tarque. Lo seguiré intentando. En mes y medio, concretamente

 

II

Mi amigo Manu y yo queremos crear el ‘Club católico de ocio ordenado’. Quiero llamar la atención de que lo que es católico es el club, no el ocio. Es decir, no es que vayamos a rezar y a reflexionar sobre encíclicas. Y que lo que es ordenado es el ocio, no el club. Es decir, que es un club familiar donde podemos ver al Madrid, jugar al padel y al golf, leer la prensa sin hablar entre nosotros, dar un paseo entre los árboles, comer en la mesa -comer al aire libre es una cosa de bárbaros-, tener una capilla para nosotros y montar una gran biblioteca, pero vamos, en plan gigantesca, escandalosa, de locos. Es una manera de estar juntos los fines de semana sin tener que pasar por el suplicio de estar todos los días en bares, que no es edificante. El Club tiene un canon de entrada de mucho dinero. Digamos, por ejemplo, 50.000€. Y luego una cuota anual familiar minúscula. Digamos de 100€ al año para toda la familia. El ‘Club católico de ocio ordenado’ -CCOO- tiene camareros, cocineros, gente que limpia, jardineros, un cura, un monitor de golf y otro de pádel. Y luego nosotros y nuestras familias, que en nuestra cabeza están formadas por mujeres muy guapas y por muchos niños que corretean y se crían juntos. Pero que en realidad se reduce a mi hija porque él no tiene hijos y ninguno tenemos pareja. No descarto contratar figurantes, tanto a bellas mujeres que nos aguanten y nos sigan el rollo como a muchos niños de anuncio que le llamen a él Papá. También contemplamos raptar a Morata y a su familia, que es lo mismo, pero más fácil.

El CCOO es un club familiar, no es un club de caballeros. Los clubes de caballeros son algo un poco atrasado y si los ingleses no dejan entrar a sus mujeres es porque el resto, borrachos perdidos, se las intentan ligar. Pero nosotros, al ser el club católico y el ocio ordenado, no contemplamos esas vulgaridades protestantes. Tiene cabida toda la familia y seremos muy felices. Los viernes de Cuaresma no hay carne, hay torrijas en Semana Santa, buñuelos por Todos los Santos y cosas así. Están prohibidas las artes escénicas, las hogueras de San Juan y este tipo de cosas. Se fomenta la caza y en la tele se ponen los toros. Los niños acampan los fines de semana y hay campamentos en verano. Los padres no van a la piscina, está prohibido el pantalón corto y las chanclas. No sabemos lo que son las barbacoas. No sabemos conducir. Y me parece lógico porque no somos pilotos. Tampoco sabemos a cuanto está el gasoil. Invitamos a jugadores del Madrid y a escritores. Los sábados bebemos un poco. Y cenamos ensaladas. Hacemos cosas retrógradas y fascistas como querernos.

Larga vida a nuestro club.

 

Jueves, 21 de mayo

 

I

Tengo una vecina a la que no he visto nunca. De hecho, dudo de si es vecina o vecino, porque jamás hemos coincidido. Vivo pendiente de la mirilla, a ver si en una de estas llego a tiempo cuando la oigo salir de casa por la mañana. Una vez oí que se iba, esprinté y llegué justo para ver cómo una silueta de mujer se perdía en la frialdad de una escalera invernal. Pero nunca sabré si era ella o si era una invitada y mi vecino es en realidad un hombre. La oigo salir a trabajar y la oigo irse a la cama, siempre a la misma hora. La oigo ducharse cada vez que entra en casa. Diría incluso que no se ducha, sino que se baña. Tengo muchísima curiosidad por saber quién es y a quién se dedica. Tengo varias teorías, todas ellas desbaratadas.

 

II

El otro día pensaba acerca de las mujeres de los libros, salidas de las mentes de los hombres. Pero hay algo peor: las mujeres que han leído esos libros, se han creído el rollo e interpretan el papel de mujer enamorada del amor, hipersentimental y con sueños de princesa Disney. Es superior a mis fuerzas. Al amor de verdad se llega fracasado. Escucho demasiado esta semana a Tom Waits. Quizá sea eso. Es interesante recordar que todas las relaciones de la vida de una persona han fracaso excepto la última, que es la que vale. El resto son intentos de llegar hasta ella.

 

III

Estoy enganchado a un video en el que Luis Alberto de Cuenca enseña su biblioteca. Luis Alberto es terriblemente pedante y por eso me tiene totalmente enamorado. Me encantaría conocerlo y escucharle hablar, como hago cada semana en la radio. Soy adicto a Luis Alberto de Cuenca y su manera de estar en el mundo. Tiene 28.000 ejemplares. En este video dice cosas como “tengo una primera edición de Drácula de Bram Stoker, el ejemplar que perteneció a Vincent Starret, novelista norteamericano que escribió ‘La vida privada de Sherlock Holmes’, sobre la que Billie Wilder hizo su película, que por cierto a mi no me gusta”. El tío tiene una biblioteca ingente llena de primeras ediciones y rarezas, junto a figuras extrañas salidas de anticuarios, bronces vieneses del siglo XIX con referencias alegóricas a la mitología que, por supuesto, conoce perfectamente y muñequitos que “acompañan a los libros, pero en segundo plano”. Es un dandy, un afrancesado con aire de lord inglés. En un momento dice, enseñando una contraportada con cierto aire psicodélico… “¿Véis? Los aficionados a los libros buscamos siempre en las buenas encuadernaciones los nombres de los encuadernadores. Aquí -dice señalando algo invisible- tenemos el nombre de Nuyák”. En otro momento, “tú desconfía de un libro que tuvo camisa que te lo den sin camisa”. Pero el final es apoteósico. “Mis libros son flor de cuño, como diría un numismata”.

Quiero conocer a Luis Alberto de Cuenca. Es un objetivo vital. Y a Garci, a Albiac y a Jose María Marco. Esta gente hiperculta, pedante y refinada me hace mucha gracia. Y tienen toda mi admiración.

A colación de lo anterior llevo un tiempo intentando diseñar mi propio “ex libris”, donde quiero meter un diseño chulo con mi nombre pero también con el pseudónimo que me acompañó los años de la oscuridad, Magnífico Margarito. Una cruz, un castillo, una espada. O quizá todo lo contrario y haga algo más alegórico, en ilustración. Una biblioteca es un proyecto vital. Y un “ex libris” propio, una señal de que vas en serio.

 

Viernes, 22 de mayo

 

I

Lucía estaba un poco agobiada, nerviosa, tristona y la he sacado a dar un largo paseo. Como leí a César Antonio Molina, ‘Todo se arregla caminando’. Ante la tristeza, la ira, la preocupación, la pena y la ansiedad, siempre una larga caminata. Cuando estoy atascado y necesito ideas, camino. Cuando estoy preocupado y espero respuestas, a caminar. Se lo he explicado a Lucía. Todo se arregla caminando. Desde un punto de vista físico, el mero hecho de ponerse a caminar activa una serie de hormonas y receptores. La vista se alarga. Los pulmones se llenan, la sangre circula más rápido, el corazón bombea. Las perspectivas se amplían, la mente se libera y llegan mensajes, se encajan las piezas, hasta el punto que yo tengo que caminar grabando notas de audio para no olvidar todas las ideas que me surgen.

Hemos ido hasta La Rosaleda, un jardín exclusivamente de rosas junto al río, lindando con Las Moreras. Es una exquisitez como de jardín privado de un rico loco, inglés y extemporáneo. Allí hemos olfateado las rosas, de todos los colores, nos hemos perdido en el laberinto que forman sus callejuelas y hemos observado a una familia de patos en el río, donde el sol de mayo se reflejaba con una nitidez profunda, ya casi olvidada. Una mujer observaba en un banquito de madera, a la sombra. Miraba a Lucía y recordaba cuando ella era niña y veía los mismos patos junto a su padre. Otra mujer, entre las rosas, leía poesía, seguramente a Jorge Guillén, lo profundo es vivir. Un joven paseaba con una beagel de un mes de vida y todo ha resultado bucólico y reparador. A la vuelta hemos recogido cinco libros que había encargado en la librería ‘Margen’ y ella ha comprado otros tres en ‘Oletvum’. Un helado, el periódico, unos cromos. Hemos entrado a una iglesia que hemos encontrado abierta, San Felipe Neri. No viene mal ese recogimiento y una oración. Luego, en el mercado, hemos comprado ingredientes para hacer hoy su comida favorita. Un abrazo, apoyo incondicional, confianza ciega. Bastante silencio. Si algo he aprendido es que las mujeres, muchas veces, solo necesitan cariño y que estés al lado. No necesitan analizar un problema, encontrar la solución y actuar. A veces, esto solo va de ‘dolerse’. Y después, a seguir con el día, ya totalmente recuperada y sonriendo con su vestido nuevo y la belleza inconmesurable de sus diez años.

 

II

‘Diarios’ de Kafka. ‘Diario de Cabotaje’, de Rafa García Maldonado. ‘Cuadernos’, de Cioran. ‘La noche que llegué al Café Gijón’, de Umbral. ‘Madrid’, de Carlos Aganzo. Problemas para elegir lectura… Quizá comience con Rafa y lo intercale con la guía de Madrid de Aganzo que, por cierto, está editado maravillosamente. Me apetece leer un diario actual y también evadirme un poco en Madrid de manos de la lírica de Carlos. Dejamos Cioran, Kafka y Umbral para después. Empieza otro ciclo de lecturas que se amontonan, novedades editoriales, ganas de leer, de saberlo todo, de vivirlo todo. ¡Qué maravilla!. Lo haré sin anacoretismos y socialmente muy activo para que P. no me riña y no crea que soy un huraño enfadado. Soy muy feliz. Solo que además, eventualmente, leo y escribo.

 

III

Hoy, en una red social, he publicado una foto de nuestro presidente del gobierno visiblemente derrotado y, como pie de dicha foto, he escrito la frase: ‘Sufre, mamón’. No tiene mas interés, excepto que David Summers ha respondido con unas sonoras carcajadas.

 

Sábado, 23 de mayo

Dice Trapiello que los diarios han de publicarse con años de posterioridad. “Cuanto menos se tarda en publicarlo, menos intimidad hay en él. El diario íntimo en el sentido más clásico es póstumo o se publica mucho después de escribirse”. No estoy de acuerdo en absoluto. Yo lo hago no con años de posterioridad, ni con meses, sino en directo, en el acto, es material crudo, sin editar, es raw data. Todo lo que no sea publicar en el acto implica un maquillaje de la realidad para adecuarla a las tramas que solo se podrán conocer con el tiempo. Lo que propone Trapiello, y tantos otros, es escribir desde el futuro repensando el presente para adecuarlo a lo que finalmente sucedió. Si, por ejemplo, yo conozco a una mujer hoy, me enamoro y la historia posteriormente no llega a ninguna parte, en este tipo de diario se verá la realidad, es decir, primero el encuentro, luego el enamoramiento y luego la decepción. Si lo hago al modo Trapiello, el relato empezará con “ambos sabíamos que la historia no podía llegar a ninguna parte, como así sucedió, pero en un momento nos comimos la vida a pedazos”. Y cosas así. Me parece una postura ventajista.

Por otro lado, veo que hay dietaristas que solo muestran su perfil bueno, que puede ser el malo. Construyen el personaje, en cualquier caso, desde el punto de vista que más interesa al hecho literario. Yo hago lo contrario: solo muestro el perfil malo, que es el bueno. Evito hablar de mis problemas reales, de mi empresa, de mis espacios de lucimiento para dar paso a un espacio reflexivo. Mi vida no interesa a nadie. Ni si quiera a mi. Pero quizá sí que lo tenga mi manera de enfrentarme a la cotidianeidad, poniendo negro sobre blanco el desapasionamiento como búsqueda, la contención como base, la anhedonia como ideal libertario, el spleen de Valladolid, este ennui baudelaireiano y zen.

 

 Domingo, 24 de mayo

 

I

Logro terminar la reestructuración de mi biblioteca. Junto en total unos mil libros, sin contar los técnicos, los de empresa, marketing o publicidad, que están en la agencia. He limpiado las estanterías por dentro, he quitado el polvo a los libros y finalmente he recolocado todo en secciones conceptuales. Así, por ejemplo, en la sección ‘Quijote’ tengo varias ediciones de las dos partes junto a uno de mapas y utensilios de la novela y al Quijote de Trapiello, ‘Vida de Don Quijote y Sancho’ de Unamuno y ‘Reflexiones sobre el Quijote’ de Ortega. Es decir, este libro de Unamuno no está con el resto de Unamuno. Y el de Ortega no está con los de Ortega. A su vez, ninguno de ellos está con el 98 sino que tienen sección propia. Y el 98 no contempla la poesía, que esta en su sección propia. Uno de Azorín sobre el alma castellana, está en la sección Castilla y otro que recoge sus artículos sobre Madrid, lo tengo en la sección Madrid, que es una subsección dentro de Viajes. En fin, un orden como otro cualquiera, estructurado según la motivación que me llevó a su adquisición.

Miro mi gran obra con gran alivio y descanso, aunque sigo haciendo pequeñas subsecciones conceptuales y correcciones constantemente. Por ejemplo, no he parado hasta poner juntos a Hemingway, Fitzgerald y todo su universo, correspondencias, estudios, etc. Me produce paz que descansen juntos. Y cerca de Henry Miller, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, etc. O que todo lo de Tallón esté cerca de Vila Matas, de Onetti y de Bioy Casares. Porque sé que le gustaría. Y a su vez, Vila Matas con Bolaño. Secuencias lógicas cuya consecución me hace feliz, esto es un TOC literario. Ahora a hacerla crecer y a por el ex libris. Un biblioteca no acaba nunca. De momento la miro absorto y con miedo de coger ningún libro, no vaya a destrozar el orden estricto de mis procesos. Solo tengo entre manos ‘Diario de Cabotaje’, extraído de la sección ‘Dietarios’. Del libro hablaré cuando lo termine. No quiero precipitarme. De cualquier modo, mi hija me advierte de que esa sección va a seguir creciendo de modo inevitable, por lo que hay que dejarla espacio para que se expanda, como las ramas del árbol. Seguiré haciendo movimientos internos que permitan el desahogo de las secciones estrella. Mi biblioteca es un ser vivo.

 

II

No pienso regalar nunca un libro mío. Los libros que te regala el propio autor están devaluados de base, siente uno la obligación de leerlo y de dar además una buena opinión, como si leyeras sintiendo en la nuca el aliento del escritor. Lees sintiéndote observado, presionado. Además, todo lo regalado parece amateur y no hay nada peor que parecer un escritor aficionado, pasado de intensidad y pretensiones. Me recuerda a los talleres de pintura de los centros cívicos. Como dice Peyró acerca de Auchincloss, se escribe solo si eres muy bueno. No se puede ser mediocre en nada y desde luego no estoy para entretener. No soy un lexatin. Mi diario no es un diario íntimo y evito lo que me da la gana.

 

III

Me llama Jesús Nieto, en uno de sus estados laberínticos del alma. Discutimos de todos los temas a los que nos da tiempo. Soy muy celoso de mi libertad y no me gusta dar explicaciones. Por su parte, me cuenta un par de proyectos que tienen muy buena pinta y en los que no me cabe duda de que triunfará. De paso, me habla de una editorial a la que contactaré la semana que viene. O quizá sea él el que contacte, creo que los conoce y nunca está de más entrar a través de alguien. Agradezco mucho su ayuda y cuelgo. Paso el resto de la tarde en La Pérgola del Campo Grande con los amigos de siempre y sus respectivas criaturas. Parecemos la segunda parte de ‘Los lunes al sol’ o una comedia argentina de los 90. Vuelvo a casa y el día termina con ecos de cambio de ciclo. Mañana ya hay terrazas. El mundo llama a la puerta y tengo ganas de vivir. Se lo tengo que contar a P.

 

(Este diario se actualiza semanalmente. Los domingos por la tarde, por lo general).