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Andan como locos nuestros cafres buscando a un esclavista entre las estatuas de esta ibérica desdicha para llevar a cabo una de esas ‘performance’ chorras que hacen, así como de guionista de Broncano, con sus coreografías, su parafernalia y su batucada. Qué obsesión con las batucadas. En realidad, enfrentarse a estatuas no es muy diferente a cargar contra molinos de viento o a pegar un puñetazo en la pared, de esos que te fracturan el quinto metacarpiano y las complicidades. Descargar tu pulsión contra la sombra del mal en lugar de contra el mal mismo tiene mucho de platoniano, pero poco de efectivo. Si quieren símbolos reales de la lucha contra la esclavitud, deberían comenzar por hacer un homenaje a Castilla y a Isabel la Católica, que lo prohibió ya en 1500. Pero claro, es católica, monárquica y española, es decir, el exacto fenotipo del injusto para esas cabecitas llenas de pájaros. Derruida la estatua del algodonero, se podrán auto percibir como los héroes que acabaron con el esclavismo –la causa–, pero no con su efecto: el blues.

Conviene recordar que la esclavitud se dio en todas las civilizaciones: unos hombres quitando la libertad a otros, sometiéndolos por diferentes motivos, no siempre raciales. Prisioneros de guerra, trabajos forzados, es decir, algo indistinguible del comunismo que sometió a los campesinos y todos los demás en los regímenes criminales anhelados por una parte de nuestro gobierno. En cambio, lo que diferencia a España es que nosotros sí que fuimos los primeros en abolirlo. Por eso, estas revueltas en el mundo anglosajón contra los símbolos de la esclavitud es la gran victoria de España, de nuestra historia y del humanismo castellano frente a la barbarie inglesa, holandesa y belga, entre otros. Es un blanqueamiento definitivo de la leyenda negra, un triunfo cultural con la forma de un boomerang, ese que nos lanzaron en el siglo XVI y que llega ahora a Londres y a Washington cargado de karma y de niebla.

En este punto aparecen los otros cafres ibéricos, los de enfrente, que en lugar de apoyar –aunque sea de lado– esta lucha pueril contra la esclavitud y en vez de comulgar con los fines, pero no con los medios, o algo así, y apropiarse de este triunfo de la historia del catolicismo frente al protestantismo, de esta victoria del humanismo castellano frente a la aparentemente sagrada ilustración inglesa… van y se ponen del otro lado, atacando a los que, sin saberlo, están dando la razón a todo aquello que defienden: España, la religión católica y nuestro protagonismo en el mundo. Los neorrevolucionarios de garrafón les están dando la razón. Solo hay que explicárselo.

A la izquierda actual no se le puede exigir nada, ya es solo el club de fans de un ala-pivot mediocre. Pero a la ‘alt-right’ se le exige que entienda, en un plano intelectual que, si van en serio, su discurso no se puede limitar a asustar progres en twitter. La única parte que vale de su posición es la reivindicación de España entendida como un hecho cultural decisivo. El orgullo del legado, la defensa de una cosmovisión, la conservación de unos valores históricos de progreso (aquí es donde cortocircuitan). Los hechos se lo están poniendo a huevo. La demagogia, la mediocridad y la sobreactuación pueden dar votos, pero el liderazgo implica la audacia de ver lo que otros no ven. Y hacer lo que otros no hacen. Por ejemplo, de vez en cuando, nada.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de junio de 2020. Disponible haciendo click aquí)