bills

Ahora sí que sí. Como decía la canción: «¡Será maravilloso viajar hasta Mayorga!». Madre del amor hermoso, de lo que me acabo de enterar. 144 kilos les han tocado, ni más ni menos, a mis paisanos vallisoletanos. Y yo con estos pelos. Un euromillón de los buenos en el corazón de Tierra de Campos, en la entraña misma de esos Campos Góticos con museos del pan y casinos. Mayorga es ‘La Moraleja’ de los palomares. Yo tenía esperanzas de que le hubiera tocado al cura, pero no ha podido ser. De cualquier modo, se han forrado unos cuantos y yo me alegro. He aprovechado para pensar en lo que haría yo con 144 kilos y lo tengo claro. Ahí va mi plan.

Empecemos diciendo que lo que quiero en realidad es una bici, pero, como no sé conducir y necesito un coche para ir a comprarla, creo que empezaré por comprarme un coche y contratar de modo indefinido a tres chóferes abstemios, cada uno en un turno de ocho horas cuya primera misión será llevarme a comprar la bici. Después, a visitar a la madre de Sergio González y anunciarla como el arcángel Gabriel la creación inminente de una ermita en su nombre, a la que destinaremos una suma equivalente, en millones, al número de puntos que consiga su hijo cada año. Y sufragaré una campaña para cambiar el nombre de Hospitalet por San Sergio del Llobregat. Luego, a la Montaña Palentina para ver con mis ojos el románico y el origen de todo. Y al Peñón de Lara, que es nuestra Meca. Allí construiré el Santuario Nacional ‘Fernán González’, al que los niños de esta tierra irán cada año de modo obligatorio para ver de lo que es capaz un pueblo con talento y valor.

Luego compraré un palco en el Bernabéu para llevar a mi amigo Manu a ver al Madrid, que es lo más grande. Él dice que el Madrid no se elige; el Madrid te elige a ti, y lo hace cuando estás preparado. Mi amigo Manu también opina que el Madrid debería dejar de jugar la Liga y dedicarse solo a partidos de exhibición o a torneos intergalácticos en lo que tardamos en alcanzar el verdadero objetivo, que no es otro que dejar el fútbol y convertir al Real Madrid en un ejército que se dedique a enviar ayuda humanitaria a las zonas en conflicto, con el escudo impreso en las bolsas y el himno de la décima de fondo. La ayuda la llevarían los jugadores en persona, excepto Ramos, que, al ser capitán, tiene rango de ministro. Y trato protocolario de Conde-Duque.

Luego, buscaré un ‘personal shopper’ que conozca mis medidas y vaya a comprarme una colcha y ropa que me quedara bien y me gustara, es decir, blanca, negra, gris o azul. El resto de colores no deben existir en el armario de un hombre que no vaya a salir del mismo. Y así conseguiría no entrar en un probador con este calor, nunca mais. Luego me compraría a Ben Arfa para jugar con él al pádel. Y también una pala de pádel. Y hablaría con el alcalde para poner aire acondicionado en las calles, como en Suecia con la calefacción, pero al revés. Ese y no otro es el verdadero estado de bienestar al que aspiramos, con multas estratosféricas para los hombres con chanclas y tirantes, con agravante si la camiseta es de un equipo de fútbol y viene acompañada de gorra a juego.

Seguiría con un abono perpetuo para seguir a Morante cada tarde, incluida la temporada de América y la matinal de Nimes, que es lo más alto a lo que una persona puede aspirar. Y un libro con las columnas de Gistau para leerlo mientras hago el Camino de Santiago en calesa, parando en los mejores restaurantes, en plan disfrutón, como Carlos Herrera. Y un médico para las resacas. Y una casa castellana con claustro renacentista y una biblioteca exageradamente grande, que se pueda dividir en autonomías, con varios códigos postales. ¡Qué digo! ¡Con varios husos horarios! Y que de la biblioteca saliera una trampilla secreta hacia una bodega con buenos vinos y muchas latas de conservas de esas caras. Y allí montamos un concierto subterráneo de Guns n’ Roses, pero con Steven Adler y con Izzy Stradlin. Y acto seguido un viaje a Tierra Santa para pedir perdón por todo lo anterior y que lo del muro de las lamentaciones tenga aún más sentido.

Lo que quieras menos visitar el sudeste asiático, pasar la noche viendo un musical o ver el atardecer en la playa junto a una brocheta de sandía. Parafraseando a Luis Alberto de Cuenca: «No puedo soportarlo, vida mía. Me horroriza. No puedo soportarlo». Pues eso.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 15 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)