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Este verano nos está enseñando muchas cosas. Por ejemplo, que un ‘botellón’ de cincuenta jóvenes en un parque es un inmenso factor de riesgo de contagio. Sin embargo, si esas cincuenta personas en lugar de ser jóvenes sin un duro bebiendo latas de cerveza sentados en un parque son señores mayores bebiendo cubatas en una terraza, el riesgo de contagio se reduce hasta la mínima expresión, porque, como todos sabemos, el virus respeta perfectamente las ordenanzas municipales y las diferencias intergeneracionales. Este es un virus de orden.

También hemos aprendido que el fútbol contagia más que los toros y las misas más que los conciertos, pero menos que los aviones. Cádiz contagia menos que Cibeles y la playa infinitamente menos que las piscinas. Por eso, mi Instagram está que arde con gente en bañador y sin otra distancia de seguridad que con la elegancia. La misma gente, por cierto, que se lleva las manos a la cabeza cuando ve a una persona sin mascarilla caminando sola por la calle, en el epicentro de la España vacía, con varios kilómetros cuadrados a su entera disposición. Los que llevan mascarilla en el coche, que son los mismos que en abril iban al supermercado a pelo porque el mentiroso Fernando Simón les había engañado como a chinos. Y oye, yo los veo tan tranquilos, encantados de que les tomen el pelo. Por ello, una reunión familiar de quince no contagia, pero una reunión de trabajo de ocho personas es jugar a la ruleta rusa con seis balas en el cargador.

Hacemos colas para comprar el pan y medio melón. Colas perfectas, disciplinadas, comunistas. Pero en la barra del bar ya no hacen falta colas, se ve que el vermú contagia menos que las picotas y no hay problema. Cada vez que entro en una tienda me he de desinfectar las manos, pero cogemos paquetes de Amazon sin problema de ningún tipo, es algo maravilloso. Por supuesto, la pistolita esa de la fiebre como peaje para pedir un café con leche. Pero cuando viene el repartidor con la pizza dominguera, el peligro se ha desvanecido. Nos da igual lo que pase desde que pulsamos al clic hasta que suena el telefonillo. Además, en la única pistola en la que creo los domingos es una con dardos tranquilizantes, porque nos han quitado el tour y no hay quien duerma la siesta.

También contagian mucho los museos. No puedo parar de imaginarme la carcajada que debió escucharse en el Consejo de Ministros cuando decidieron que había que reducir el aforo de los museos al 50%. A ver, la última vez que un museo estuvo a la mitad de capacidad fue el día que lo abrieron. Y también lo dudo. Así que supongo que por eso los museos, las bibliotecas y las salas de exposiciones están vacías, porque son mucho riesgo, sobre todo para esos del Consejo de Ministros y Menestras. Como a la gente nos de por pensar a lo mejor la carcajada va a ser nuestra y lo que se va a quedar al 50% entonces es el número de votos, que, por cierto, también contagian mucho. Por eso en el País Vasco han decidido que los enfermos de covid-19 pierden su derecho al sufragio activo. A ver si tiran por esa línea y también quitan a los enfermos el derecho al sufragio pasivo y nos libramos de la mitad del gobierno en un ‘Deux ex Machina’ del tamaño de la catedral de Burgos.

Por otro lado, aun sigo pensando qué hacer en mis vacaciones. Son todo dudas. Abro las redes sociales y veo a la mitad de España con una prudencia democristiana, en casa, con su mascarilla, su gel para las manos y su distancia social. La otra media, sin embargo, está en pareo en la playa, comiendo centollas en un yate, tipo narco, o su versión gaditana: langostinos de Sanlúcar en una lancha rápida.

Que a mi me parece bien, pero es que ¿tiene que haber dos Españas hasta para esto? Yo quiero una cosa moderada, desapasionada, maricomplejines, un sí pero no, un no pero sí, qué sé yo, digamos que ir a la costa pero no pisar la playa, ir a comer pescado al puerto pero hacerlo ‘indoor’, al cobijo civilizado de un techo amigo y aséptico: ir en el tren sin mascarilla, pero en un vagón vacío, enamorarse pero poco, disfrutar, pero no mucho. Disfrutar mucho en agosto no deja de ser un poco cutre, es como votar con ilusión o casarse por amor: un capricho snob y el camino más seguro hacia la frustración.

Lo que realmente queremos es una vacuna pero para los demás, mascarillas para el resto, un líquido para desinfectarlos a todos. Porque el infierno son los otros, que decía Sartre. Y, en un giro orteguiano, creo que este verano acabaré descubriendo que yo soy yo y mis anticuerpos.

(Esta columna se publicó originalmente el 20 de julio de 2020 en El Norte de Castilla. Disponible haciendo clic aquí)