boda

No todo fue naufragar: si la crisis de 2008 terminó con la moda ‘tunning’, el coronavirus ha puesto pie en pared en esa escalada enfermiza de bodas originales que los españoles hemos sufrido en silencio, como las hemorroides o como a Carmen Calvo. Para los despistados: el ‘tunning’ fue aquella obsesión por customizar los coches, haciendo de ellos naves espaciales horteras con discotecas valencianas en su interior. Surgió directamente del ‘boom’ del ladrillo, como una consecuencia imprevista del enriquecimiento de ciertos perfiles, y era exactamente lo contrario del ‘quiero y no puedo’. Esto era un monumento al ‘puedo y no quiero’, es decir, puedo gastarme 60.000 euros en un coche, pero prefiero gastarme 20.000 y añadir 40.000 en extras, llantas, alerones y equipos de sonido interestelares. El resto ya se lo saben: se pinchó la burbuja, que es el opio del pueblo, todos al paro y los coches tuneados -ya imposibles de mantener-, al garaje, al desguace, al pueblo. Aquellos ‘Hyundai Coupé’ que poblaban sus días y nuestras noches dejaron paso a un silencio motórico, como una gran resaca fin de fiesta.

Lo mismo, con las bodas. Se nos había ido de las manos el tema y esta crisis ha venido a poner un poco de raciocinio en la espiral de ñonería extrema, de contenidos imposibles y actos hiperglucémicos de los enlaces de los infelices diez. De alguna me he tenido que salir con un coma diabético, y eso que yo no como dulce. Pero vamos, que es que yo he visto poemarios, veladas líricas, nombres comedias románticas en las mesas, gymkanas para pedir una caña. Me he vestido de Jimmy Hendrix, con falda escocesa, de templario. He asistido a regalos infinitos para la abuela, fotógrafos de Pulitzer, hielos traídos de un fiordo noruego, helicópteros con focos que ni ‘El Circo del Sol’ desde el cual bajaban bailarines rusos… Fuegos artificiales, calesas, coches de época, majorettes, gigantes y cabezudos, elefantes africanos, orfeones de niños cantores de Viena, ‘dantzaris’ traídos directamente de Rentería, gaiteros irlandeses, salves rocieras. He visto contratar a bandas con algún Grammy -y sobre todo con algún gramo-, y eso por no entrar a fondo en la selección musical, complicada como un western, que si se la piden a Ennio Morricone, lo descarta por demasiado complicado, por no verse capaz. Aquello parecía Broadway: una pieza para entrar en la boda, otra para salir, una canción especial para cuando los novios llegan al coctel -la que sonaba el día que se conocieron físicamente-, una canción especial para cuando los novios entran al comedor -la que sonaba el día que se conocieron, digamos que bíblicamente-, canción para el video homenaje a los padrinos, guiño a las amigas del colegio dentro del monólogo personalizado, el vals de ‘El Padrino’ para abrir el baile, coreografía sorpresa de los amigos del novio ante la cara de pre-infarto de la madre de la novia, intervención de un tío de Madrid cantando la de Julio esa de ‘soy un truhán, soy un señor’, con el movimientos del Tricicle incluido, claro. Todo para luego acabar en una conga de ridículo inmisericorde.

Era ya demasiado complicado: no eras nadie si no tenías despedida de soltero en Las Vegas, luego preboda, boda, postboda, pre-luna de miel, luna de miel, post-luna de miel. Y de ahí, claro, ya la pareja cae en picado, es imposible mantener la tensión y el nivel sentimental tras un carrusel emocional que ni Enrique Ponce. Por cierto, que estos días me imagino al maestro de Chiva intentando hacerse coleguita de las amigas de su nueva novia. ¿Qué hará? ¿Jugarán al ‘Quinito’? ¿Irán de botellón al río? ¿Las irá a visitar al erasmus a Bolonia? ¿Cómo se ganará a los novios de las amigas? ¿Torearán como toreo yo cuando tengo una carpeta en la mano izquierda y un cubata de más en la derecha? ¿Los irá a buscar a la salida del examen de Derecho Romano? ¿Los llevará en el Mercedes a las fiestas de no sé qué pueblo? ¿Los colará a la zona VIP del concierto de Taburete? Vaya marrón tienes, Enrique.

Pues parece que todo esto se va terminando, a Dios gracias. Espero que lleguen de nuevo las bodas de los noventa, una cosa contenida, reprimida, mínima. Es cierto que el melón con jamón ha dado paso al sushi y el cóctel de marisco a la cucharita de sueño de pulpo. Pero hemos de volver a la esencia, a los chavales fumándose a escondidas los cigarros de la tía-abuela, a las niñas bailando con la novia, a los amigos del novio amenazando de muerte a la Tuna… y esperar a las sorpresas que nos traerá la siguiente crisis, que está a la vuelta de la esquina haciéndonos gestos. Si las dos anteriores han acabado con el ‘tunning’ y las súper bodas, apuesto a que la siguiente seremos capaces de terminar con otras atrocidades como el mojito. O, siendo más ambicioso, con las bandas tributo a Queen.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 22 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)