huevos

Leo que existe un boom por criar gallinas, por proveerse de huevos como sustento básico y proteico ante el Armagedón que supondría un posible reconfinamiento en esta temporada otoño-invierno. Y no doy crédito. Se trata de ir a mejor, no de ir a peor. Yo no quiero criar gallinas. Yo quiero ir a un supermercado donde pueda comprar pollos muertos y fileteados, que es de lo que se trata. No quiero vivir en una casa con un corral lleno de gallinas ni tampoco en una casa con huerto ni jardín. Yo quiero vivir cerca de una tienda de huevos, de una floristería y de un vivero, en un lugar en el cual, si me pongo malo, pueda llegar a un hospital en cinco minutos. En un lugar con un número ingente de taxis, de ambulancias, de servicios de paquetería inmediata y de personas que me traigan la comida los domingos mientras aprovecho a escribir. Eso es lo que quiero. Un lugar con salas de cine, atractivas mujeres desconocidas y estaciones de tren. Y periódicos y librerías. Y servicios para mi hija como profesores de inglés, clases de danza o entrenadores de vóley.

«Idealizar una vida mejor fuera de la ciudad es como divorciarse para encontrar el amor o apostatar del catolicismo para encontrar la paz»

Supongo que soy una mala persona, pero no tengo ninguna intención de criar animales y mucho menos de matarlos. No me interesa tener berenjenas, cuidar de mis propias lechugas ni escabechar pollos. Yo quiero salir de casa y ver tráfico rodado, capitalismo, libertad económica, progreso. Bares, restaurantes, hoteles, iglesias, fábricas, personas haciendo cosas, unas contentas y otras tristes. Museos, salas de exposiciones, galerías de arte, conciertos. Porque sí, frente a lo que nos cuenta la ‘cuchipandi’ esta de los cero diputados en Galicia, el arte, la cultura, la sanidad y la educación necesitan dinero, es decir, capitalismo, es decir, ciudades. Sin pasta no hay artistas ni, por supuesto, arte. Ni médicos, ni profesores. Ni nada.

¿O por qué creerán que está vacía la España vacía? ¿Porque somos idiotas? No, porque no hay nada, porque no es posible tener todos los servicios de las ciudades saliendo fuera de las ciudades. Está vacía porque preferimos no estar allí, y esto es algo que deberían saber nuestros comunistas urbanitas de las gallinas y la masa madre. El comunismo es una barbaridad inmoral y criminal, pero se torna ridículo cuando llega a la política local y traviste su violencia endémica en batucadas, en carriles bici, en huertos urbanos, en arte callejero, en aplausos a no sé qué colectivo y en coreografías feministas que avergonzarían al mismo Lenin. El rollito new-age, que no tiene nada de obrero y de campesino y mucho de burguesía pija y blanda como la papada de un premio Planeta.

Ahora resulta que la gente quiere una casita con jardín y gallinas para poder pasar frío este invierno, un frío de pueblo, además, que es un frío diferente, intenso, un frío que sale de dentro hacia fuera, un frío total. A ver, un pueblo o se tiene o no se tiene, pero no se puede ‘comprar’. Se es o no se es de pueblo, pero el acto de irse a un pueblo a criar gallinas y lechugas no es querer tener pueblo ni mucho menos serlo. No se puede ser a la vez animalista y rural. En los pueblos se caza y se utiliza a los animales para lo que están, es decir, para dar un servicio al hombre. Por eso, irse al pueblo para tener un corral con gallinas y pimientos morrones es un acto urbanita, totalmente urbanita y burgués y es un acto de huida hacia el ideal desconocido como modo de olvidarse quizá de la vulgaridad de la realidad que tan bien conocemos.

Idealizar una vida mejor fuera de la ciudad es como divorciarse para encontrar el amor o apostatar del catolicismo para encontrar la paz. El rollo naif de ir al pueblo con tu perro, tu gato, tu bici, tus gallinas ecológicas y tus frutas ‘bio’ con gusano tiene en realidad mucho más que ver con una tontita del barrio de Gracia que con la realidad de un pueblo castellano en el que, por otra parte, van al súper a por pechugas de pollo y a por puerros porque no son idiotas. Por cierto, que no sé dónde pondrán el límite: si quieren gallinas para no comprar huevos, quizá quieran una oveja para no comprar queso o una vaca para hacer su propio yogur griego con muesli y frutas del bosque.

Lo malo de todo esto es cuando venga el zorro a por las gallinas, el lobo a por la oveja o la mastitis a por la vaca. O el aburrimiento a por el niño, claro. O el frío a por todos, o el calor a sus moscas, nada urbanitas, por cierto. Y entonces, todos a la ciudad, claro. A comprar huevos en Mercadona por docenas. Y luego a la batucada de la Uni. Y al yoga. O sea.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)