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Uno empieza a cansarse de la criminalización que se hace a todas horas de los jóvenes y de su actitud ante el coronavirus. Me parece profundamente injusto. No solo no lo están haciendo mal, sino que además lo están haciendo bien, muy bien y salvo raras excepciones están mostrando una responsabilidad que ya me gustaría a mi ver en los demás si la cosa fuera al revés y los que estuvieran en grave peligro fueran ellos y el resto fuéramos inmortales. Porque hay que recordar que son inmortales y lo saben, que esto no los afecta directamente a la salud y que lo único que están haciendo es sacrificar el verano para salvar a sus familiares y proteger al resto de la sociedad en un acto de generosidad enorme. Están en lo mejor de la vida, es el verano de sus diecisiete años. Están enamorados, son guapos y fuertes. Sus vestidos, muy blancos. Llevan un año de mierda, confinados, con graves problemas para ser formados y evaluados. Se enfrentan a un futuro desolador en lo académico, en lo laboral y en todos los aspectos. Y ahora, para rematar, llega el verano, llega el buen tiempo y no solo renuncian a casi todo por el bien de toda la sociedad sino que, además, tienen que escuchar cómo se les trata como terroristas por tomarse una litrona en el parque. Bueno, mucho peor que a terroristas. Aquí a los terroristas les hacen homenajes.

A ver, que lo del botellón es lo mismo que hacemos los demás en las terrazas o en la casa del campo de no sé qué amigo, hombre. No seamos fariseos. Y encima ellos tienen las hormonas haciéndoles un escrache permanente dentro del cuerpo, hormonas con las pinturas de guerra. Hormonas de diecisiete años. Quién las pillara. No entiendo la diferencia entre tomar algo en una terraza o en los bancos de la plaza del pueblo. Tampoco entiendo la diferencia entre tu botellín de cerveza y el suyo, exceptuando el precio, claro. Y tampoco entiendo la diferencia entre sentarse a la una y media de la tarde, con el salvoconducto social del vermú, y hacerlo a la una y media de la noche, con el reproche del mismo señor del vermú de antes llamándole golfo, sinvergüenza, degenerado, etc.

Y es que ya me gustaría veros a todos con esa edad, allá por COU, si os hubiera caído encima una pandemia mundial, de verdad. Por cierto, que decir COU ahora te hace viejo de repente. Es decirlo y te salen unas cuantas arrugas. A los jóvenes les suena como a mi lo de la reválida de cuarto. No se tiene esa edad más que una vez, es lo mejor de la vida y a ellos se la han jodido. Y no va a volver jamás. En mi caso, lo de los diecisiete años fue allá por 1995-1996, con Aznar recién llegado al gobierno y el boom del ladrillo a punto de asomar la patita. Los años buenos, vaya. Los recuerdo perfectamente y también recuerdo a toda mi generación, esos que ahora van de ultra responsables, de perfectos padres de familia con hígados asépticos y palas de pádel desinfectadas recriminando no sé qué a un chaval en un banco del parque que lleva cinco meses aguantando a sus padres en un piso de setenta metros cuadrados.

Yo conozco perfectamente a mi generación y sé de sobra lo que habría pasado si nos hubiera tocado a nosotros, que, por cierto, éramos un número ingente de personas llenando las calles, las plazas, los callejones y lo que hiciera falta. Y sé que no habríamos sido tan responsables, ni por asomo. Seguramente habríamos delinquido de modo más profesional, no nos habrían pillado, pareceríamos pulcros, limpios como enfermeros empezando en un turno. Pero vamos, que nos habríamos bebido hasta el gel hidroalcohólico.

Yo habría matado por aquella chica y si por entonces me tuviera que haber encadenado en la discoteca para haberla visto, lo habría hecho, jugándome la vida y haciendo frente al virus con mis manos y mi corazón enamorado. Los chavales de hoy no han decidido que las discotecas y los bares de copas abran. Eso lo han decidido otros. Lo que ellos han decidido es, una vez que están abiertos y los viejos están -estamos- en casa, ir. Ir, bailar, tomar algo, ligar y lo que surja, que es a lo que vamos, a lo que surja, a lo que tiene que surgir, al fondo de todo esto. Porque no buscan alcohol ni drogas ni reggeaton como no lo buscábamos nosotros. Eso es solo el escenario, gajes del oficio, attrezzo. Lo que están buscando es amor, es empezar a sentirse adultos, estar a la altura de esa chica, demostrarla lo bueno que es. «Abre la cola, cierra la cola y gira el pavo real», que me decía por entonces a mi una chica cuyo nombre iba a decir que no recuerdo, pero recuerdo perfectamente. Porque ese es el tema, que estos recuerdos van a marcar su futuro, su manera de percibirse y de percibir al resto. Lo están haciendo bien, hay que felicitarlos, decirles que por favor extremen el cuidado y aplaudirles como a los sanitarios, pero cuando vuelven a casa escuchando a los pajaritos esos del amanecer.

O cerramos los bares o asumimos que los jóvenes van a ir y que eventualmente se van a quitar la mascarilla para comerse a besos, como por otra parte hacen los mayores. Los que pueden, vamos.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 29 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)