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Reculo. Me desdigo. Aunque afirmé no hacerlo, finalmente me voy unos días de vacaciones y que sea lo que Dios quiera. Prefiero pasar una semana entre mascarillas y distancias de seguridad que sufrir quince días en casa viendo cómo mi hija me mira con esa cara de preadolescente aburrida, con ese ‘spleen’ como de taquillero de la estación de Baltimore y con esa manera de sobre interpretar un fracaso vital prematuro de la que solo una niña aburrida es capaz para torturar emocionalmente a un padre. Me niego. Tiro la toalla. Acepto el chantaje, pago el impuesto revolucionario y dejo, además, propina. Me voy a jugar la vida y a convertirme en Julie Andrews solo para que la redacción del cole este septiembre no comience, como suele, con «a ver, mi padre es autónomo. El resto, bien».

El mero concepto de ‘veranear’ me da náuseas, por eso yo prefiero ‘otoñear’, que es irse en agosto a Guipúzcoa. Si bien tiene el punto negativo de tener muchas playas, al menos te aseguras lluvia. Lo he mirado bien antes de hacer la reserva, hasta he llamado a un pastor de ovejas latxas, esas del queso Idiazábal, y me lo ha confirmado: lluvia, lluvia vasca, lluvia de chuletón y de caracoles trepando obras de Chillida. Tiene otro punto débil: allí todos los hombres van en bermudas, es algo generalizado. Pantalón corto mostrando pierna, pierna vasca, pierna vasca depilada y tatuada, pierna de haber estado a punto de ganar una etapa de la Vuelta a Burgos en el 99.

En fin, nadie es perfecto y además yo ya me estoy viendo en San Sebastián, en Zarauz, en Fuenterrabía y hasta en Biarritz, al cobijo templado de una lluvia fina y antipopulista con un vino de Rueda en una mano –para tocar un poco las narices– y una Gilda en la otra –para compensar, tipo socialista vasco–, mientras leo a Chapu Apaolaza en el ‘Diario Vasco’. Porque he puesto mis condiciones. Sí, yo te llevo a la costa, cariño. Yo me juego la vida por ti, también. Pero yo no piso la playa ni la piscina ni me pongo bermudas ni tatuajes en el tobillo. Te vas con tu tía y con tu prima, que ya os esperamos mi cuñado y yo leyendo a Chapu, con el que, por cierto, voy a empezar a negociar una política matrimonial para nuestros hijos que ni los Habsburgo. De momento voy preparando la dote y un par de viñedos en la Ribera del Duero, a ver si nos ganamos al pequeño. Y mientras tanto, a ver si engaño a alguien para que un año de estos me dejen escribir columna allí para felicitar a mi ahijado, el afamado y sensacional Jon de Lezo, que el domingo cumple tres años como tres soles y que ya come como un levantador de piedras en un domingo de resaca. Así que lo celebraremos con un chuletón, quizá tortilla de bacalao, supongo que unos pimientos de Guernica, mientras veo como una nube se anuncia sin clemencia a lo lejos y justifica moralmente que intente lo de las alubias de Tolosa. Si por fin me sale, lo haré vestido como Dios manda, con pantalón largo, sin chanclas, tirantes ni demás ‘outfit’ bárbaro. Si no, sopa de pescado en Fuenterrabía. Y luego iré a una misa al azar a rezar por todos los hombres de bien que estén pasando calor en esas playas de Dios, para hacer feliz a su mujer, hijas, suegras, cuñadas… Una de ellas que, por cierto, me decía ayer que las playas de Cádiz son kilométricas y no pasa nada Y claro, le tuve que decir que mas grande es el Sahara y no vamos allí con la tartera y la sandía, hombre. Son las mismas que luego te dicen que mucho mejor el calor que el frío porque se gasta menos en calefacción. Sí, señora, puede ser, pero lo que me ahorro en calefacción me lo gasto en antidepresivos. Así que no me compensa.

Y es que yo creo que, en verano, todos los hombres tenemos, de repente, algo de parientes. Somos víctimas colaterales de ese deseo de sol tan femenino. Y eso une. Por eso nos miramos con esa complicidad como de nazarenos el jueves santo y nos convertimos en Cirineos unos de otros, ayudándonos a llevar la cruz en este calvario de sangría, ‘aftersun’ y camisetas hawaianas. Creo que, al menos, Guipúzcoa es una opción sensata, evolucionista, darwinista. Así, mientras mi hija disfruta de la playa, yo presentaré mis respetos en el Dickens, en Bergara, intentaré besar el suelo de Ibai, puede que hasta Elkano, en Getaria.

Así que, si no escribo en los próximos días, no me lo tengan en cuenta. Es probable que esté perdido en Pasajes, o en Orio, o en San Juan de Luz. Con mascarilla, distancia social, chubasquero foral y un par de kilos más. Y, sobre todo, con una preadolescente que, con un poco de suerte, este año comience la redacción del cole con «a ver, mi padre me lleva en vacaciones a Guipúzcoa. Y el resto, da igual».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 31 de julio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)