Compartimento C, coche 293 1938 r

Alguien me dijo que la vida de un militar es un tedio infinito alterado solamente por momentos de terror absoluto. Pasa algo parecido en la vida de cualquier otra persona. No deja de ser una sucesión indefinida de soledades y automatismos por lo civil interrumpidos drásticamente por algunas aventuras diarias que llegan cuando menos te lo esperas. En este sentido, no solo es que crea en el amor a primera vista, sino que, además, creo que es el único que existe. El resto es otra cosa diferente, en el que interviene la lógica, el sentido común o la experiencia. Pero el amor a primera vista es puro instinto, es prerracional, una llamada de tu ángel de la guarda enseñándote cuál es tu lugar en el mundo, como diciéndote «esa es tu casa». Es una cosa extraña, como reconocer antes de conocer, como recordar algo que aún no ha sucedido, como un ‘dejà-vu’ inverso. Una llamada del destino cogiendo por las solapas a tu lóbulo occipital, sacudiéndolo y gritando en silencio: «Nene, despierta y mira. Ya hemos llegado».

Y a mi me pasó algo de eso el otro día en el tren, que es donde suceden siempre este tipo de cosas. Yo venía con la felicidad del que, por fin, termina sus vacaciones y vuelve a casa, al refugio afectivo que a un castellano le supone el olor a tierra mojada. A lo lejos oía cómo una rubia teñida abroncaba a su novio y le increpaba a gritos, preguntándole que quien se creía que era ella, advirtiéndole que así no iba a ninguna parte y que era la última vez. Una conversación que olía, como ella, a macarrones blandos, a sopa sosa y a colaborador de ‘Sálvame’. Pero entonces Dios y el revisor quisieron que a la altura de Alegría, en Álava, se sentara frente a mi un ángel con cara de sueño y una bolsa de El Corte Inglés. Era uno de esos cuatro asientos enfrentados que tienen ciertos vagones para nuestra alegría cuando la que se sienta es ella.

Cada movimiento que sugería tenía clase. Segura de sí misma, veintitantos, media melena oscura, perlitas, gafas de pasta solo para leer, pulsera de uno de 50 en la muñeca que sostenía su cabeza dormida y piernas nerviosas que llevaban el ritmo de la canción que sonaba en mi cabeza. Cuando despertaba, mostraba unos ojazos brillantes y oscuros, como de opositora con sentimiento de culpa, como de actriz secundaria cansada de brillar. Blusa clara, trench beige abierto con botas a juego, botella de agua rosa, fresca, solidaria. Una mezcla entre Cindy Crawford y la Virgen María. Mi cabeza decidió que se parecía a su padre.

Yo me puse las gafas de sol, claro, con el objetivo de que mis miradas furtivas pasaran desapercibidas. Y, junto a ellas, mis intenciones. La frontera entre un enamorado repentino y un ‘stalker’ que baja de Las Landas se puede desdibujar fácilmente sin unas gafas de espejo que, además, sirven para que las chicas guapas y tontas se miren a si mismas mientras fingen mirarte a ti. Así que empate. Durante las tres horas de viaje me dio tiempo a enamorarme, a imaginarme la vida a su lado y a recorrer Manhattan. Le enseñé mis salas preferidas del MOMA, tomamos café en la Terrace 5, prendimos la chimenea en los Pirineos en la nochevieja del año que viene y le pedí que no fuera tan seria mientras pasaba las horas muertas estudiando en mi casa, que ya era suya. Comimos en Mugaritz y tomamos té en Mayfair.

Fuimos a por la nulidad a La Rota y le llevé al altar en los Jerónimos. Luego, criamos cinco chavales en una casona de piedra perdida en el corazón de Asturias -sin escraches-, pintamos juntos en el suelo de la carretera ‘Viva España y Jerez‘ y vi cómo me sonreía cuando le insinué que cantaba fatal mientras caminaba con un vestido blanco al amanecer por los campos recién regados de Texas. Yo caminaba como haciéndole los coros, poniendo la mano en forma de visera para que el sol no la cegara los ojos, que eran una fábrica de colágeno. Y se me metió la escena en el estilo, como una de esas melodías repetitivas.

Y aquellos sueños lo impregnaron todo.

Pero cuando estaba en lo mejor de esta historia, ya entrando en Castilla, llamó su novio. David, creo. La sacudida fue enorme. Escuché la conversación con interés extremo mientras me hacía el dormido, lo que no deja de tener su dificultad, y fue entonces cuando el amor de mi vida, la mujer con la que iba a vivir tantas y tantas cosas, esa compañera dulce y generosa con la que estaba compartiendo sueños y ADN, resultó ser una persona muy diferente, una persona fría, dura, tremendamente pragmática. Hablaba como resolviendo raíces cuadradas, miraba como Ángela Merkel y dudo que hubiera entendido jamás uno solo de mis versos tristes de enamorado. Empecé a dudar que no fuera, incluso, la misma rubia teñida que antes desprecié sin verla. «Se veía venir. Esta chica cada vez se parece más a su padre», pensé. Así que tuve que dejarla allí mismo, a la altura de Briviesca, sin ni siquiera abrir los ojos. Era necesario romper el sueño antes de que fuera demasiado tarde y la primera crisis me pillara cantando la salve.

Creo que se lo tomó bien. En realidad, sospecho que no le importó mucho, parecía que se lo esperaba. Pero la vida es así, las cosas pasan como pasan y he de decir que yo no solo es que crea en las rupturas a primera vista. La mayor parte de las veces son las únicas que existen.