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Uno tiene esa sensación pringosa de fin de ciclo, las uñas en las últimas y el móvil ardiendo. Los párpados pegados de tanto hacer fuerza para no ver a los monstruos. Y, ya se sabe, el corazón que no siente. Pero ni eso funciona. Pese a los rayos ultravioletas y la madre que los parió, esto no es solo un bichito verde con una corona que parece hecha de trompetillas de cuento infantil, sino más bien un pequeño Judas Iscariote que sobrevuela las conversaciones y sus paréntesis, un malo oficial que sirve para que la profecía se cumpla y llegue una catarsis global que nos deje un nuevo mundo en lo que vamos acabando con el hombre nuevo.

Quiero decir que está terminando una etapa en términos globales, comunitarios. Como especie. Y nos avisa el final de este verano, que da señales de agotamiento y decepción, como si el sol se hubiera cansado de previsiones de ocupación, hubiera tirado la toalla y ni calentara igual ni diera las mismas sombras. Es un sol diferente, un sol de niño enfermo en un cielo como de martirio de El Greco. Bajo mi casa no hay tráfico rodado, ni bicis, ni viejas en el mercado y han cerrado todos los bares. Nadie viene de ninguna parte ni se va a ningún lugar. Pareciera como si todo se hubiera esfumado en un golpe seco de bombo que, por cierto, yo no he escuchado. Ya hemos partido, pero no sabemos hacia dónde. Ni patria ni tierra, ni corte ni cortijo.

Muerto agosto, se acabó el verano. Y yo percibo este fin de estación precipitado como la calma que precede a la tempestad, como un rumor vibrante que desprende adrenalina. Quizá por eso los perros ladran. Nunca he visto un verano tan triste y mira que son tristes mis veranos. Pero no es esto, no es esto. Yo quiero un rival a la altura, un Miura que vaya al caballo por tercera vez, a sentir el acero de nuevo, un enemigo que me exija lo peor de mi y no este mansurrón descastado que da más pena que miedo, que pide clemencia a gritos y un estoque con silenciador y untado de veneno ruso. En su lugar, lo que tenemos es un verano que no se va y un otoño que no llega porque sabe de lo que es capaz. Un septiembre que se anuncia a lo lejos, como saludando haciéndote muecas, como mirándote de reojo.

Yo creo que nos faltan estaciones, con cuatro me aburro. Me hago viejo y las cosas se suceden demasiado rápido. Necesitamos más estaciones, yo que sé, doce o catorce y que no se limiten solo a lo fenomenológico, sino que ocupen terrenos conceptuales. Por ejemplo, una estación de lluvias. O una estación donde siempre fueran las ocho de la tarde. Una estación de silencio, otra con el frescor de la mañana y otra de vendavales en la que los animales buscaran refugio en los portales, como aquella corza libre que nos trajo la alegría cuando nos robaron el mes abril. Otra estación para pasarla hibernando, como los osos en Palencia y los guiris en Mallorca. Y otra de apareamiento, que, la verdad, daría un buen empujón a la hostelería y la autoestima.

La época se termina. Huele a rótulo de ‘The End’, a antecedentes de otra cosa que no podemos aún entrever. Termina una temporada sin toros, sin el pánico del albero, sin clarines y sin habanos metadónicos. Ha muerto la fiesta y han muertos las fiestas. Ha muerto también el cine y los conciertos. Y ha muerto la noche y con ella las resacas. Se ven miradas limpias por la mañana, miradas de hombres perdidos en el nuevo horario. Han muerto los amores de verano, los carteros y los coches de choque. El teatro de provincias y las campanas tocando a rebato. Se han ido las suecas y las cigüeñas. Y ‘Paquito el chocolatero’ y la canción del verano. Se nos ha ido una época sin darnos cuenta.

Y llega otra, el confinamiento por voluntad propia, la entrega voluntaria de las armas, las libertades y las ojeras. Llega el otoño Velázquez, que se anuncia ocre y el invierno rojo como un Saturno goyesco que devora a sus propios hijos. Llega el miedo, las sirenas de las ambulancias y las colas del paro. Toca la mala hostia del taxista, las mujeres tristes, los hombres vulgares, el escrache de cada tarde, la manifestación de los sábados, perroflautadamente triste, tristemente lenta. Toca apagar la tele y las redes sociales. Toca leer y aislarse en la burbuja. Toca escribir, como siempre, pero esta vez con el espíritu templado del que se sabe frágil y ha dejado de actuar como si fuera inmortal.

Toca ver el andar de Pedro veraneante, con esa pinta de sota de bastos posando para ‘Telva’. Toca luego noviembre y me da terror este día de Todos los Santos porque faltan cuarenta mil. Y las arrugas de los lunes, la indiferencia de los martes, el silencio de los corazones, los cláxones, los recibos, las rutinas, el frutero de abajo, los níscalos y la lana, la moción de censura, el dolor de muelas, la alergia a las gramíneas, el olor a polvo, a sangre y a jazmines, las sardinas en aceite, los curas, las terrazas gélidas, los perros con bozal y las hienas que ríen por no llorar.

No es tristeza, es nostalgia preventiva. Se nos ha ido una etapa sin darnos cuenta. Se ha escapado el mundo mientras mirábamos al móvil. Nosotros podemos escribir para revivir lo perdido. Muchos no podrán porque no llegarán al próximo verano. Pero ni si quiera la muerte es lo más grave. El problema es la vida, la sonrisa del futuro, esta pausa preventiva que nos ha quitado el olor a forro y a libro nuevo. Y la vergüenza ajena. Recuerdo que hay niños mirando. Y que estamos haciendo un ridículo espantoso. Al primer político que se arranque con ‘Resistiré’, le reventamos el tímpano con ‘Sé lo que hicisteis el último verano’.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aquí)