Ya he escrito que cuando se fue Delibes se nos murió ese abuelo que cada vallisoletano teníamos en Dos de Mayo. Porque Delibes era fundamentalmente eso, un abuelo común, una especie de jefe de estado que vertebraba el sentimiento y lo llenaba de argumentos, hasta convertirlo en destino. El jefe de la tribu al que despedimos en aquellas tremendas colas frente al ayuntamiento, que se convirtió en monumento fúnebre, en un Taj Mahal de adobe y polvo. 

En la vertiente externa, Delibes hizo de nuevo de estas coordenadas olvidadas un lugar en el mundo. Pero en la dimensión interna, hemos de agradecerle eternamente que los castellanos volviéramos a mirarnos al espejo y recuperáramos la identidad y la autoestima que perdimos el día que nos vimos derrotados, destrozados y vilipendiados, como una vieja Sofía Loren frente al espejo, raquítica, arrugada y calva.

Castilla se desangró en el Imperio y aquí nos dejaron a nuestra suerte, moribundos, sordomudos y sin torniquete. Luego nos remató el ‘régimen’, que nos utilizó para hacer creer a cuatro necios que lo normal era ser castellano y que ser catalán o vasco era apenas un exotismo, una ‘boutade’ de niño caprichoso que solo quiere llamar la atención de su padre tomándose el frasco entero de pastillas. No somos sus padres. Somos mucho más que eso. Y tuvo que llegar Delibes para gritarlo todo sin levantar la voz, para mostrar la miseria de Castilla sin perder la dignidad ni la compostura, hasta el punto de que la imagen que hoy se tiene de Castilla no es la de la gloria ni la del imperio que cambió para siempre el destino de la humanidad sino la del frío del cazador, la del campo pobre, la de la humildad de las gentes calladas, utilizadas por todos a cambio de casi nada. Pero con más dignidad en un solo silencio que la que el resto pueda ser capaz de juntar en mil discursos vacíos.

El jueves, Delibes toma Madrid, Valladolid abraza a España, Castilla llega a la Castellana. La exposición que la Biblioteca Nacional dedica a don Miguel se llena de focos y motivos y permitirá que el mundo de la cultura ponga el foco donde lo tiene que poner, que es en Delibes y no en los bares, como acostumbra, con la matraca esa de que nos han cerrado la cultura. No se puede cerrar la cultura, solo se puede cerrar el ocio y mientras haya libros, habrá cultos. Es cierto que la exposición llegará, allá por diciembre, a Valladolid. Pero yo creo que no hay que esperar a que la montaña venga a Mahoma. Yo voy para allá a saludar al abuelo Miguel en Recoletos, a mostrar mi respeto donde hay que mostrarlo y cuando hay que hacerlo. Él hizo de Valladolid una denominación de origen literaria y no nos queda otra que ponernos la boina, las gafas de pasta grandes, cruzar las manos por detrás, bajar la mirada al suelo como buscando codornices por Colón y dar grandes zancadas por esas escaleras a su encuentro, que es el encuentro con todos nuestros abuelos a la vez, con nuestra sangre, con la memoria, con lo que somos y con lo que queremos seguir siendo. Hay una manera castellana de estar en el mundo. Y es esta.

Si usted sale eufórico, cruce al 21 de Recoletos, entre al Gijón y salude en silencio a los fantasmas de Umbral, de Ruano, de Cela, de Camba, de Gerardo Diego o de Fernán Gómez y les cuenta lo de Delibes. Si las musas se lo permiten y tiene lo que hay que tener, siéntese en un diván granate que hay al fondo, bajo el espejo dorado y pida recado de escribir, que no es otra cosa que el refugio portátil en el que algunos intentamos escondernos de la vulgaridad de la actualidad en diferido. De la dureza extrema de una realidad sin Delibes.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 15 de septiembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí)