Cuando terminé de comer noté que me faltaba algo. Era algo concreto, algo físico, nada que ver con la falta lacaniana, la falta del ser propiamente hablando, ni tampoco con una falta entendida como metáfora o como mero capricho. Era más bien un vacío en el futuro inmediato, una gran pompa transparente que se movía frente a mí como si todavía nada hubiera sido escrito y, por lo tanto, todo fuera posible. No sabría definirlo con claridad, pero la sensación existía, era real, estaba ahí delante y era cada vez más fuerte.

En total, había sido una caña en la barra mientras esperaba a los otros dos comensales y media botella de vino ya en la mesa, aunque, en realidad, lo de la mesa fue lo de menos, ya se sabe, lo de siempre, cuatro o cinco platos ejecutados de modo aceptable, correctos, de esos que al principio te hacen soñar con que esta vez sí, pero que al final, como siempre, es que otra vez no; ese tipo de cocina que, si te fijas, deja entrever el programa de gestión para cocineros de la Cámara de Comercio y que cuenta a gritos que el menú ha sido creado partiendo del precio y no del amor, como suele pasarles a estos chefs con cara de llamarse Álex que aún no han decidido si quieren ser vascos o tailandeses.

(Este texto fue publicado el 9 de octubre de 2020 en El Debate de Hoy. Clic aquí para leer el texto entero)