Y ahí estaba Pablo Iglesias en el Palacio Real, con esa pinta de conductor de ALSA que le sale cada vez que le mandan ponerse el traje. Está claro que uno puede salir de Vallecas, pero Vallecas nunca termina de salir de uno. La próxima vez hay que avisar en Moncloa y que alguien del servicio de protocolo le meta un poco los bajos, que con ese ‘outfit’ me recuerda a mi mismo en la nochevieja de 1996, con aquel traje prestado y un chaquetón gigante que le sisé a mi padre y que, la verdad, ahora que me acuerdo parecía Bárcenas yendo a declarar a la Audiencia Nacional. 

Ahora que parece que a Pablo le va a tocar ir a declarar al Supremo, creo que debería aprovechar para cambiar un poco su look e ir vestido como corresponde a un comunista en el poder, como Chávez, como Kim Jong-un, como Stalin, como Castro, es decir, como sus ídolos, como sus referentes morales. Animo a Pablo a abandonar el traje y vestirse de militar comunista, aunque anticipo que el look puede recordar un poco a Gadafi saliendo de una jaima tras una de sus mejores noches. Porque si algo le gusta a un comunista es vestirse de militar y pasar revista a las tropas con las que fantasea someter a su pueblo. No creer en la propiedad privada está muy bien, solo que la historia nos recuerda que cuando vas a quitar a una familia su casa o a un campesino su tierra, tiende a no dejarse, el muy fascista. Y solo lo vas a conseguirlo pasándole por encima. Es decir, los ideales de Pablo necesitan masacrar al pueblo al que promete liberar. Gracias a Dios, podemos estar tranquilos. El ejército español es ejemplar y nunca irá contra la Constitución, se lo mande quien se lo mande. Y, además, Pablo ya está a punto mandar poco. Las encuestas le sitúan cerca del 5% de los votos en Madrid, por lo que pasaría a ser una fuerza extraparlamentaria, marginal. Lo nunca tuvo que dejar de ser en un país con memoria y dignidad.

A un comunista se le pide, al menos, estética, un acercamiento a Radchenko y a Popova, a esa estética rusa, a la elegancia del alfabeto cirílico, a la emoción de sus himnos excesivos. Pero uno le ve delante del Rey con esa pinta de irte a servir unos callos a la madrileña y observa cómo la épica que pretende conseguir se desvanece como el sifón en un vermú de barril. Y en lugar de verle como símbolo de la resistencia, lo que entran es unas ganas terribles de pedirle un ‘Sol y sombra’ y que se lo lleve a Ábalos.

Y es que Pablo Iglesias, vicepresidente del gobierno, representante de los españoles, el que no arde, rompedor de cadenas, azotador de Marilóes, destructor de tarjetas, azote del poder, oráculo de Orcasita y orgullo de clase sin clase, no saludó ayer al Rey. Ahí quedaba toda la lucha. El progreso era ser un macarra. La revolución, apenas un eructo. Retirar el saludo a alguien como modo de protesta es entender la vida como un debate de Telecinco y el ‘fair play’ como lo entiende un mediocentro argentino. Hemos cambiado la reconciliación de Carrillo por un folklore rojo, circense y ridículo. Hay que saludar a todo el mundo, Pablo pero sobre todo, a los rivales, a aquellos que quieres combatir, porque la grandeza lleva a la grandeza, la vulgaridad lleva a la vulgaridad y después de la vulgaridad no hay nada más que lodo, este lodo populista que has traído, que nos embarra y del que saldremos algún día todos chorreando fango como los bajos de un traje que te queda grande. Tanto como el cargo.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de octubre de 2020. Disponible haciendo clic aquí)