El toque de queda tiene algo de Nochebuena, recuerda a esos momentos previos a la cena familiar en los que la ciudad pasa del desparrame al silencio, de la emoción a la soledad, del calor como metáfora al frío en hipérbole, sin discusión y sin matices. Son esos momentos en los que la ciudad se esconde de sí misma y traslada la acción hacia dentro, haciéndose muda y reversible. Estos días sucede lo mismo: una explosión nerviosa, como si quitándonos la noche nos fueran a quitar la vida. Y surge el temblor de labios, los nervios y una felicidad artificial, por decreto, una felicidad preventiva. Alegría en grado de tentativa.

A las diez de la noche –ni un minuto antes– entro en casa esperando el olor de la Navidad, que no es otro que el de ese barro ígneo que sale del horno de mi madre. Distinguiría ese olor entre otros mil, porque es un olor que solo se da a una temperatura determinada, es un punto exacto de un eje imaginario que cruza olor y calor. Pero en mi casa no es Nochebuena, sino finales de octubre, y no encuentro a una madre, a una esposa o a una hija, sino el aroma frío de la verdad, el vacío elevado a categoría artística, la nada sin artificios. El colorido previo era apenas un decorado, un trampantojo falso y superficial, como si el mundo imitara al mundo y la vida se hubiera puesto en pausa. Como si Gabarrón no supiera que conocemos a Niki de Saint Phalle. Como si no nos diéramos cuenta de que se puede soñar con ‘La danza’ de Matisse y acabar tatuándose el logo de Manos Unidas.

Dice Pedro Navaja de Sánchez y todos los Narcisos que no lo llamemos toque de queda, sino ‘leve limitación temporal de la movilidad extradoméstica en horario nocturno’ o algo parecido. El idioma redondil, ya saben. Yo creo que debería expresarse en ‘redondillas’. «¡Qué alegre y antifascista / parece, Sánchez Castejón, / tu toque de queda y amor / con aroma progresista!». O algo así. Aunque del toque de queda a la ley seca hay un paso. Y después Al Capone en Glovo y Al Garzón con depresión. Y una ‘rave’ de 6:00 a 22:00 y, en el salón, la foto con Bergoglio entre la de Largo Caballero y una con Larry Bird.

El toque de queda me lo imaginaba con tanques y focos de luz cegadora, con sirenas prebélicas y pastores alemanes ladrando rabiosos. Pero el llanto es un perro inmenso, que decía Lorca y no hace ni falta. El animal conoce bien el camino al establo. Y estabulados llegaremos a mayo. Si siguen muriendo doscientos al día, por entonces nos faltarán otros cuarenta mil. Sumaremos, así, cien mil. Cien mil personas es la ciudad entera de Cáceres. Estamos ante una tragedia humana sin precedentes, un Hiroshima por goteo, pero no se ve porque no hay un ‘Little Boy’ que lo ilumine todo de golpe. Muy al contrario, lo que hay son luces que se apagan y se apagan sin dar guerra, con la boca cerrada. Como vivieron. 

El invierno va a ser duro. La Navidad va a ser terrible y deberíamos prepararnos mentalmente para lo que se nos viene encima, para honrar a los que falten, para mirarnos a los ojos de seis en seis y brindar por lo que pueda pasar y por los que llegarán a pesar de todo. Espero que en la televisión no haya más especial nochebuena que una cámara recordando a los sanitarios de guardia en esas UCI repletas. Son estos tiempos duros y cuando desde el futuro olvidemos estos días, agradeceremos que, al menos, no hará falta borrar las noches.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 27 de octubre de 2020. Disponible haciendo clic aquí)