Soy plenamente consciente de que al lector habitual de esta columna le importará poco el campo castellano y sus derivadas. Siempre hay cosas más interesantes para un urbanita como, qué se yo, las elecciones norteamericanas, las macarradas de los cafres de turno o la encíclica ‘Fratelli Tutti’ que, por cierto, he comprendido mucho mejor a través de las palabras didácticas y brillantes de nuestro obispo auxiliar, el Monseñor Luis Argüello, y que recomiendo a todo el mundo. Sobre todo, a ciertos católicos con piel de lobo que, si Cristo volviera, no tengo duda, serían expulsados del templo a latigazos. Ya me entienden.

En cualquier caso, hay otras voces para hablar de todo lo anterior y, sin duda, más cualificadas que la mía. Que el arrebato final de humildad tape la más que posible soberbia previa. El hecho es que el columnismo provinciano mira a Madrid como pidiendo paso, sin saber que no hay mayor belleza que la mirada cercana y que no hay nada más cosmopolita que un niño que, como yo, aprendió a amar su tierra. Por eso, hoy venía a hablar de otra cosa.

Y es que ¿de qué vale esta columna si no podemos utilizarla para dar voz al campo castellano cuando lo necesita? ¿Para qué sirve una página en ‘El Norte de Castilla’ si no somos capaces de ponerla al servicio de nuestra tierra y de esas gentes que habitualmente callan? Es este un diario tradicionalmente castellanista y, por ello, no deberíamos dejar pasar hoy la oportunidad para denunciar la campaña contra el azúcar del ministro Alberto Garzón, a la sazón Secretario General del Partido Comunista de España. A ver, entiéndame, que un comunista se dedique a hacer campañitas chorras contra el azúcar porque engorda es, desde luego, lo menos malo que puede hacer. Peor sería que se dedicara a cosas más típicamente comunistas, que no son precisamente engordar a la gente sino más bien matarla de hambre.

La campaña contra el azúcar que ha puesto en marcha el gobierno tiene consecuencias y derivadas graves en el campo castellano y en uno de sus cultivos estrella: la remolacha, de la que viven más de seis mil personas. Castilla y León es la primera productora nacional de remolacha azucarera con casi el 80% del total nacional. Si nos quitan el azúcar, nos quitan la vida, la sangre y el sustento de miles de familias. Se nos llena la boca con la España vacía, pero si está vacía es por actuaciones como esta, que niegan el trabajo a los agricultores y les condenan a la miseria. Podemos luego dar paguitas, podemos poner fibra óptica en el teleclub y podemos llevar una autovía hasta la misma puerta de la casa del alcalde, que dará igual: será una autovía hasta la nada y una fibra óptica para nadie si desde Madrid el Gobierno pone en riesgo el trabajo, el sustento y la capacidad de creación de riqueza del campo que es, en realidad, el tapón del desagüe demográfico.

Sin azúcar no hace falta remolacha y sin remolacha los pueblos, nuestros pueblos, se mueren. Luego gastaremos millonadas en intentar llevar a la gente de vuelta a hacer turismo en la ‘eco-nada’, pero será demasiado tarde. No es el azúcar el que mata sino las políticas irresponsables y ruralofóbicas de estos niñatos jugando con hoces y martillos. Para levantar una hoz, al ministro le falta autoridad, pundonor y, sobre todo, dignidad. Así que sugiero que empiece por retirar la campaña y continúe quitando la hoz y el martillo de la bandera. Puede poner, en su lugar estevia y un iPhone. Le pega mucho más.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 3 de noviembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí).