Ayer toda Europa celebró el 31º aniversario de la caída del Muro de Berlín y en Valladolid quisimos homenajearlo con una línea de seis defensas. A algunos, eso no nos parece bien, es mucho riesgo, un juego demasiado descarado, cercano al fútbol-samba, es prácticamente como estar viendo al Brasil de Garrincha. Yo hubiera preferido jugar con diez centrales -feos, peludos, violentos- o incluso intentarlo con dos porteros. Me siento más seguro. Incluso hubiera visto bien meter en el campo a un cura que se arrodillara en el punto de penalti, como un líbero totémico, para invocar a todos los coros celestiales y que se colgaran del travesaño de Masip. Pero ya no importa porque, pese a todo, se consiguió. Ahora estamos a un solo punto de la salvación y Sergio no se quitará ese plumas negro hasta agosto. Y la barba, sin afeitar hasta que volvamos a perder. 

No toda Europa celebró ayer la caída del Muro –el de Berlín, no el de Zorrilla–. El vicepresidente del gobierno de España no tiene nada que celebrar, lo considera «una mala noticia para todo el mundo porque quitó el miedo a buena parte de las clases política y económicamente dominantes». Él prefería el muro y, en concreto, que todos estuviéramos en Alexanderplatz bajo su mando. A nadie le sorprende ya nada: a Iglesias se le puede echar en cara todo excepto que no hable claro. 

Y he decir que yo pienso lo mismo que Iglesias. Desde que se cayeron los muros, perdimos el miedo a «buena parte de las clases política y económicamente dominantes». En concreto, a ellos. Y observo con terror que, desde hace un tiempo, la libertad ha dejado de ser una aspiración para convertirse en lo estándar. Lo único bueno del muro es que mantenía al mal localizado. Estaba en un punto y jugaba los juegos olímpicos bajo las siglas RDA y CCCP. Los de este lado no sólo estábamos en la parte buena, sino que, sobre todo, éramos conscientes de ello, sabíamos que lo estábamos, lo que le daba a la vida una sensación de privilegio, de orgullo, de saberse en el lado correcto de la historia. De suerte, incluso.

Había que aprovechar, había que crear, como si cada obra fuera un sacrificio a la libertad y cada día un acontecimiento. Había que progresar. Había que vivir. Pero algo sucedió en el camino y todo eso terminó. Con la caída del muro, empezamos a ver la libertad, la paz, la democracia y el progreso económico como lo normal, lo natural, la única opción posible y no una anécdota frágil dentro de la historia de la humanidad. Nos creímos que el fin del comunismo –el fin del muro– era el fin de los comunistas. Y, como consecuencia, el fin de historia. Y algunos empezaron entonces a ver a los Pablos Iglesias de turno como muchachos idealistas, como buenos chavales que simplemente estaban equivocados. Y bajamos la guardia. Y aquí estamos. Con los buenos chavales controlando el CNI para que los chavales tontos veraneen en Doñana. Mientras unos se miran al espejo, otros avanzan en un proceso constituyente hacia la república federal.

El Muro no es un álbum de Pink Floyd ni el sistema de Sergio para las grandes gestas. Es un símbolo del horror y un recuerdo de a dónde nos llevan los malos si los dejamos. Por eso, me permito recordar a alguno que, si quiere de verdad conocer La Paz, es conveniente entender que no es suficiente con ir a Bolivia.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de noviembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí).