EFE/Paco Campos/RSG

El martes 17 de noviembre hizo veintiún años que nos dejó Enrique Urquijo, aquel chico normal con la mirada triste clavada en el suelo y las manos cosidas a los bolsillos, como si estuviera sujetando algo que se le iba a caer por un agujero del forro. Quizá fuera el corazón. Hace ya veintiún años de aquello y hace ya veintiún años de casi todo, que diría Gil de Biedma. Era 1999 y yo aún no era yo. Por su parte, ella aún era ella y, claro, pasó lo que tenía que pasar, es decir, nada. Siempre todo a contratiempo, como si sincopando la vida fuéramos a encontrar el compás de una partitura a dos manos. No teníamos aún euros, pero no nos faltaban mil duros en el bolsillo y un vientre en tabla. Y un Vespino negro, claro, porque, entonces, además de estudiar, trabajábamos, nos enamorábamos y nos emborrachábamos. Y nos daba tiempo para hacerlo todo. Todo mal, claro. Todo a medias. (Clic aquí para leer el texto íntegro en EL DEBATE DE HOY)