Yo tengo amigos como Iglesias, como Casado y como Abascal. Lo que no tengo es ningún amigo como Sánchez y eso es algo por lo que aún no he dado suficientes gracias al cielo. Hay que saber adaptarse a los bajos fondos, pero jamás a los bajos niveles. También tengo alguno como Rufián, que tras ese disfraz de asustador de viejecitas, esconde una gran inteligencia y un dominio absoluto del noble arte de tocar los cojones. Tiene un aire a Mourinho y yo reconozco que me interesan más los malos oficiales que acaban siendo buenos que los buenos oficiales que acaban siendo tontos. 

Rufián no es nacionalista y por ello sabe que el nacionalismo es una paletada que huele a fuet. Pero Rufián es capaz de integrar los deseos de la paletada nacionalista dentro de sus propios intereses, para aumentar la fuerza con la que lograr sus fines. Para él, este lodazal es instrumental. No debemos olvidar aquel tuit en el que advertía a Puigdemont que iba a venderse por «155 monedas de plata». Aquello lo cambio todo y llevó a Convergencia –su enemigo natural– al caos y la marginalidad. Y al otro a hincharse a mejillones en Flandes. Cierto es que, de paso, nos hizo mucho daño al resto, pero hay que reconocer que este Pijoaparte con nostalgia de arrabal acabó por llevar la correa del que, hasta entonces, creía ser su amo.

Lo que Gabriel no sabe es que igual de paleto que el nacionalismo, resultan esos delirios de criptocharnego tardomarxista. Aún así, su actitud tiene sentido con la ley electoral en la mano. La nuestra, no. Rufián utiliza al nacionalismo, a los complejos de la izquierdita boba y a los socialistas mesetarios para conseguir sus verdaderos fines, es decir, la mejora de las condiciones de la gente de su tierra, algo que nos podrá gustar más o menos, pero que es exactamente para lo que le han votado. Quién lo pillara. Quién tuviera una izquierda que luchara por nuestros viejos y nuestros niños en lugar de por los intereses personales de este sanchismo traidor.

Nuestra despoblación y pobreza tienen solución y se llama dinero, parné, pasta, tela. Mucha. 2.000 millones al año, por poner una cifra que suene rotunda. Con 2.000 millones yo podría poner solución prácticamente a todo, incluso a aquello que no lo necesite. Podría hasta componer un himno en lengua vernácula, como aquel canto a Galicia –hey– de Julio, que como todo el mundo sabe es un peligroso rojazo.

Dennos dinero, suelten la ‘guita’, ‘show me the money’. Quiero una inversión como la que el estado hace en Cataluña y quiero un trato fiscal como el del País Vasco. Con esa doble manguera, una para meter y otra para no sacar, atraeremos empresas, que crearán empleo y fijarán población. Ya está. Magia. Pero para eso necesitamos que los cinco diputados por Valladolid sean conscientes de que sus votos son decisivos en la gobernabilidad de España –PNV tiene 6–, se hagan valer y voten en defensa de los intereses de sus representados, extremo hoy impensable por extravagante. O, si prefieren pensar en comunidad, los 31 que mandamos Castilla y León. 

Conviene entender que una comunidad no tiene ideología sino intereses y si los recursos se los llevan otros, no nos los llevamos nosotros, así que puestos a votar a socialistas castellanos que den sus votos a Rufián, prefiero votar a un Rufián de Segovia que utilice a los pijos de Sarriá y a los perroflautas de Lavapiés para luchar contra nuestra miseria. Y no al revés.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 5 de enero de 2021. Disponible haciendo clic aquí)